martes, 8 de abril de 2014

El Fin.


No hay placer.

No hay dolor.

No es fácil romper el ciclo.

Muchos respetan, adoran, temen, pero pocos comprenden lo que significa ser un Sadhu. Algunos nos desprecian, nos ven por los caminos y en los ojos que nos siguen se ve claramente su desdén aunque se inclinen en respetuoso saludo. Ellos son prisioneros. Esto no es un atajo, esto es comprensión; el camino a la liberación. La vida de un Sadhu es compromiso, sacrificio, renuncia. El propósito es la liberación definitiva del ciclo del karma.

Shiva marca el camino, Shiva es el camino, el modelo. De los tres aspectos del Trimurti; Brahma y Vishnu crean y perpetúan el ciclo pero Shiva es la puerta, la ruptura, la destrucción, el fin del egoísmo, del interés, el fin de Maya.

En algún momento fuí joven, tuve familia, mi propósito era el propósito de mi padre, mi vida habría de ser una repetición de la suya pero un día cruzó la aldea un hombre santo, un Sadhu completamente desnudo, cubierto de pies a cabeza con cenizas sagradas, arrastrando el cabello por el polvoriento camino. Una larga rama de Banyan le servía de apoyo.

Los pocos que no estaban en los campos y lo vieron pasar lo saludaron con respeto. El continuó su lento caminar sin dar muestras de haber notado a quienes se cruzaban y se apartaban inclinándose con las manos unidas. Seguía un camino antiguo y solo por él conocido; estas personas no existían, la aldea no existía.

¿Por qué recuerdo esto?, ¿cuál es el mensaje?...

La oscuridad y el silencio han signado esta ilusión que otros llamarían vida desde las orillas de su ignorancia, tras los barrotes de su prisión de carne no son capaces de ver la verdad; las tres líneas cenicientas en mi frente son  la señal, la promesa. Una vida de meditación profunda, de castigo y subyugación de la materia, de esta carne que me ata al ciclo inefable del karma. Aprender para olvidar. Olvidar para aprender. Esa es la clave. La mortificación el camino.

Y ya conozco los caminos, muchos. Los de esta tierra y los de el espíritu. Aquel fue el primer verdadero camino que recorrí, en pos del hombre santo subiendo la montaña. Empujado por la curiosidad di mi primer paso hacia la iluminación.

No me importó dejar atrás a mi familia, las veleidades egoístas de mi padre, la corrupta decadencia de mi madre, trayendo niños al mundo sin cesar; repitiendo y multiplicando los ciclos del karma, dándoles continuidad y mi padre acentuándolos pues, cada vez que mi madre le daba una hija, él llevaba el bebé al torrente cercano a…”bañarla”... y volvía con las manos vacías.

Todas las aguas alimentan el Ganges, en eso mi padre no estaba equivocado, un ciclo interminable de vida y muerte viejo como el mundo, infinito como la verdad. Todos transitamos este río que es la vida pero solo el Ganges nos limpia de ella.

La primera vez que ví el Ganges ya llevaba con mi maestro varios años, caminando, viajando. Siempre hay que estar en movimiento, uno no puede permitirle a la carne que se acostumbre al descanso y la molicie. El único momento en que el cuerpo no se mueve es durante la meditación pero eso no significa olvidarse de él. El cuerpo debe ser sometido, aleccionado, dominado, hasta que el dolor deje de existir. El trabajo es constante.

¿Se trata de esto?, ¿me he desviado y debo recordar?. En el vacío absoluto de esta larga meditación la luz pugna por abrirse paso.

La luz.

Uno de esos días luminosos en que ya los campos echan de menos el monzón tomé mi primer discípulo. Fueron tantos, todos eran uno solo. Todos eran el mismo. Tomábamos las ofrendas de alimento que nos dejaba la gente. Caminábamos, meditábamos, recorríamos la orilla del gran río recogiendo la ceniza de las piras funerarias para marcar nuestro cuerpo. Ellos aprendían a cantar los Vedas, a meditar, a retorcer su cuerpo con el yoga, a controlar sus apetitos. Yo aprendía a ir más lejos, más profundo dentro de mí. Aprendía a no ser para poder ser.

Un maestro no enseña a su discípulo, éste aprende de aquel, viendo, escuchando, sintiendo, imitando. Si no conoce las respuestas no tiene sentido que haga preguntas porque esas preguntas serían vanidad, serían preguntas del ego y si conoce las respuestas no tiene sentido que haga las preguntas pues estas serían desperdicio y no puede haber desperdicios. El maestro aprende a caminar por el mundo sin dejar huellas en el tejido del Maya; el discípulo debe aprender a seguir esos caminos con la única guía de su dedicación y compromiso.

Algunos discípulos siguieron su camino al cabo de grandes esfuerzos y de mucho tiempo, otros se borraron a sí mismos mientras yo estaba sumido en alguna meditación. Nada de lo que suceda en este mundo de ilusión nos llega. En el silencio interior no hay tiempo, no hay distancias, no hay sonidos. No hay nada.

En la nada se sumerge el que busca la verdad sin garantías de encontrarla, sin garantías de no perderse... sin garantías de regresar. A veces las meditaciones duran tanto tiempo que cuando uno regresa a esta ilusión no es capaz de reconocerla, hay que hacer un esfuerzo por aceptarla de nuevo, por comprenderla, por asumir el castigo de seguir atado a ella.

Se que estoy volviendo lentamente, eso deben significar todos estos recuerdos, estos deshechos de Maya que aún no he logrado desterrar. Es la materia tendiendo los lazos que buscan amarrarme, sujetarme a ella. Siento la luz, me rodea, me calienta. Siento que estoy tan cerca y sin embargo sé que esta sucesión de imágenes y recuerdos parecen indicar lo contrario. Vuelvo a mi cuerpo. ¿Vuelvo a mi prisión?.

El calor es demasiado intenso, abrir los párpados me obliga a un esfuerzo tremendo; aunque el silencio es absoluto sé que mi viaje ha terminado, la luz seca es cegadora, demasiado cruda violenta; esta no es la luz que busco. Mis brazos y mis piernas están cubiertos de llagas que no soy capaz de recordar.

La ilusión ha cambiado y no soy capaz de reconocerla.

Apenas puedo reconocer este gran bloque sobre el que estoy sentado y lo conozco, cada año me he sentado aquí a meditar tras purificarme en las aguas sagradas del Ganges… El Ganges. El gran río no está; allá abajo, a varios metros de donde estoy sentado se extiende una costra de tierra oscura y reseca, cuarteada como mi piel de la que asciende un olor putrefacto de muerte vieja.

Y no le temo a la muerte, hace mucho tiempo morí yo también. Mi maestro me guió por los campos del silencio, me develó sus misterios, condujo los ritos funerarios que marcaron el fin de mi vida. El ritual era necesario para dejar de ser quien era pero esto es diferente; no es la muerte del yo, es la muerte de Maya, el fin de la ilusión y yo estoy atrapado en ella.

Todo está cubierto por un fino polvillo grisáceo y nada se mueve; ni siquiera hay viento, ni aves en el cielo que lo remonten. Allá en la otra orilla, en lugar de aquel océano verde que me recibía en cada regreso se extiende una llanura de tierra donde baila la luz una fantasmagórica danza, ilusiones dentro de la ilusión.

El mundo de la vanidad y la miseria, el mundo del egoísmo, el deseo... está vacío, muerto; solo estoy yo y por primera vez en mucho tiempo siento hambre…

… y sed, mucha sed...

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