domingo, 25 de febrero de 2018

La abuela M.


La abuela M. llevaba una vida sencilla y tranquila, vivía en una callejuela retirada a las afueras de Tokio; una casa modesta y pequeña adosada a la de sus vecinos, una casa como cualquier otra del barrio, con una entrada principal y una discreta entrada lateral que daba a la boca de un callejón estrecho por el que no pasaba mas que algún que otro gato. La robusta puerta de madera al frente de la casa casi nunca se abría, solo cuando ella salía al mercado o a hacer alguna diligencia un par de veces por semana.

La entrada lateral daba a un pequeño patio en el que languidecía un viejo cerezo en una esquina; en el centro un aljibe y algunos porrones con flores mal cuidadas a un lado del lavadero. El empedrado del patio estaba siempre húmedo y limpio, la abuela M. era obsesiva con eso, detestaba el polvo en su pequeña morada, por eso se afanaba a diario con un balde a echar agua por todo el recinto barriendo las hojas y cepillando las piedras.

La casa no tenía nada de especial que la distinguiera de las demás casas del barrio, la madera negra de sus paredes contrastaba con el brillante color crema del papel de sus puertas, una pequeña terraza frente a la ancha puerta corrediza y el empinado techo por el que escurría el agua de las torrenciales lluvias estacionales. Adentro, la casa se dividía en dos grandes espacios; frente a la puerta un salón que lo mismo servía de sala, que de comedor o dormitorio, todo dependía de la hora del día. A un costado un pequeño fogón que lo mismo servía para cocinar que para calentar el recinto en invierno y por aquí y por allá un mínimo inventario de muebles y utensilios simples y prácticos.

A la derecha, cerca de la entrada, una hermosa puerta corrediza de intrincada celosía kumiko separaba esta pieza de otra contigua donde la abuela M. tenía su “taller”.

La abuela M. se había mudado a esta casa hacía ya unos cuantos años, había sido viuda por algún tiempo y como tal la conocían sus vecinos; antes había vivido en la isla de Hokkaidō, de donde era natural, donde se había casado y traído al mundo a su única hija que había muerto muy joven de unas fiebres y donde, finalmente, había enviudado.

Su marido había sido un próspero comerciante que había sabido aprovechar la apertura de Japón a los productos y viajeros de occidente y que, gracias a su sagacidad, buenos contactos y escasos escrúpulos había levantado una pequeña fortuna que sirvió para mantener con relativa dignidad la vida sencilla de su viuda.

La Abuela M. no era tonta, no había sido una de esas jóvenes atolondradas a las que se podía engatusar con cuentos e historias; muy pronto había podido calar el alma de su difunto marido y se había dado cuenta de su casi ilimitada ambición, de la tenacidad con que perseguía sus metas y de su ambigua e inescrupulosa moralidad. El pobre era feo como un demonio y algo mayor que ella, aun así no le fue difícil convencer a sus padres que tal espécimen era sin duda el mejor partido al que una joven de campo y sin dotes como ella podría aspirar, en especial siendo evidente que aquel hombre tenía una particular debilidad por aquella pequeña y voluptuosa campesinita…

Pero en la vida nada es tan sencillo como aparenta y la vida de la abuela M. se había extendido mas allá de la vida de su marido e incluso mas de lo que ella misma había pensado que sería posible y pronto fue evidente que la bendición de su longevidad representaba a la vez una real amenaza a su tranquilidad. Aún llevando una vida sosegada y sencilla la fortuna del difunto marido iba mermando un poquito cada día y esa realidad evidente fue durante un tiempo un verdadero problema y fuente de constante preocupación para la abuela M.

Decidida a buscar una solución la buena señora comenzó por deshacerse de todo aquello que le pareció superfluo, de todo lo que había quedado en su casa al morir su marido y que ella en verdad no necesitaba y, por supuesto, de toda la mercancía que había quedado almacenada y que solo le servía para ocupar un espacio cuyo alquiler le resultaba oneroso y absurdo pagar, tanto como la gran casa en la que de pronto se encontró viviendo sola.

Todo salió; el almacén quedó vacío, la casa pareció agrandar sus solitarios espacios y la vida de la abuela M. se simplificó significativamente. Todo se vendió, hasta la casa finalmente, bien o mal pero se vendió… bueno, no todo, no era tonta. En una de las habitaciones habían quedado algunas valiosas posesiones de su marido que ella inteligentemente decidió conservar, sabía como sacarles provecho.

Mudarse a las cercanías de Tokio era un plan que abrigaba aún antes de quedar viuda y ya finalmente podía realizarlo. No tardó mucho en encontrar una casa en este barrio tranquilo y discreto donde todos los vecinos le mostraban consideración y respeto en razón de su edad y de la dignidad y honorabilidad con que se relacionaba con todos.

No le fue difícil retomar contacto con algunos de los antiguos proveedores de su marido y conseguir los materiales que necesitaba, no le fue difícil armar con paciencia su taller; telas, pinturas, algunos pequeños muebles y una variedad de utillajes que conseguía a buenos precios en los mercados.

Fondos, paisajes, escenarios simples pero efectivos, alguna ropa, maquillaje esencial… no fueron problema, con trabajo y paciencia fueron sumándose y acumulándose.

Tampoco le fue difícil establecer contactos entre sus discretos vecinos y sus clientes.

Lámparas, trípodes, cables, poleas, tarimas y andamiajes...eso si estuvo un poco mas difícil, una verdadera inversión imposible de evitar pero pronto comenzaron a llegar los trabajos y pudo compensar los gastos.

Recordaba su timidez inicial, recién casada y de pronto objeto de tan minuciosa atención; recordaba la ansiosa mirada del marido justo un instante antes de esconderse bajo la tela negra y escrutarla tras el lente, sus indicaciones, los gestos de sus manos que eran señales que tuvo que aprender a descifrar; recordaba la sonrisa plácida del buen hombre tras el complejo, largo y costoso proceso de revelado mientras admiraba aquellas láminas brillantes, luminosas que él guardaba y cuidaba como auténticos tesoros.

La apertura a occidente también había traído consigo soluciones a antiguas necesidades; su marido, aún siendo tan sagaz para los negocios no lo había comprendido ni mucho menos aprovechado, pero ella no era tonta, desde el otro lado de la cámara podía ver todo el panorama y no solo el precioso pero limitado encuadre que hipnotizaba a su difunto esposo… esos pequeños y luminosos tesoros, debidamente manejados, podían ser un buen negocio.

Los discretos vecinos la visitaban dos o tres veces por semana, entraban por la puerta lateral y se tomaban un té al frescor del patio o al amor de la lumbre mientras las chicas se cambiaban, se maquillaban y posaban para la abuela M.

Muchachas de campo, de pueblo, delicadas e inocentes bellezas de pies anchos y sonrisa exagerada, chicas de mirada triste, de expresión ausente, niñas rabiosas apenas domesticadas que habían llegado a ese barrio a las afueras de Tokio transadas como mercancías o simplemente abandonadas y recogidas. Muchachitas que iniciaban su entrenamiento en el oficio mas viejo del mundo; chicas que, no había razón para engañarse, jamás alcanzarían la respetable posición de una geisha y que, ya marcadas por la vida, por el oficio y por la fatiga del maquillaje jamás serían objeto de pretendientes con nobles intenciones.

La abuela M. las animaba, les contaba historias para distraerlas y relajarlas, les daba indicaciones y las retrataba una y otra vez con diferentes fondos, diferentes atuendos, solas, en parejas, en grupos.

Revelaba y pacientemente tintaba los negativos con clara de huevo y colorantes de cocina logrando imágenes mas impactantes que las de la competencia, puntualmente entregaba los trabajos y escrupulosamente cobraba su dinero…

Las chicas iban y venían, a algunas las traían varias veces, a otras no las volvía a ver; la voz se corría, los clientes aumentaban y pagaban gustosos los costos y honorarios pues aquella era una manera muy eficaz de promocionar sus establecimientos. La abuela M. conservaba los negativos y aquellos que mas le gustaban los copiaba una y otra vez y hacía que unos muchachitos llevaran las coloridas copias a la bahía, al puerto, donde las vendían a los marineros llegados de otras tierras que pagaban gustosos de tener, al menos, esa luminosa compañía en sus largas travesías.

La abuela M. no paraba de pensar nuevas maneras de expandir su negocio; tal vez podría convencer al prefecto, sería estupendo poder vender su producto en la cárcel o entre la tropa del recién formado ejército, y la abuela M. caminando despacio y dignamente hacia el mercado se devanaba los sesos intentando recordar a quién conocía en el ejército.

La abuela M. llevaba una vida sencilla y tranquila… y amaba su trabajo.

domingo, 2 de julio de 2017

Vuelvo a empezar


Rescato los clavos de tus cruces para colgar cuadros decentes
que pueblen con pudor la desnudez de los recuerdos que nos separan
porque tú buscaste abrigo

en la distancia 
 

Blindo con arena mi corazón y sus deslices al anuncio de la tormenta;
al asomo de la ola salvaje de la rabia y con

tu perdón

al levantarse inmutable la marea de las certezas.


Tatúo en mi casa mandalas de amor caribe
con el azul tesalónica que sembraste y

aún florece

en la cabeza de la gorgona que renunció a convertirme en piedra.


Pierdo miserable el pulso con la carne y reverdece la mandrágora

en mis universos

y me alzo del ansia para ser hambre
para ser ausencia, para ser dolor.


Es la luz... en el sueño, en la ilusión
es tu casa... en la mía, en la nada

y me voy
 
Huyo de mi y me dejo atrás para encontrarme
sin confusión, sin muletas, sin tiempo ya.


Y vuelvo a empezar.


sábado, 24 de junio de 2017

Lejos



Y pasa tu tiempo y pasa el mío.

El día escurre su miseria de lluvia y se despereza en la luz de la tarde que nace a destiempo.

El sol se desliza discreto por detrás de unas nubes cansadas este sábado cualquiera y el leve peso de tus yemas en mis labios no es para imponerme silencio sino para incitarme a hablar, tu rostro tan cerca, tus ojos fijos en mi boca mientras la acaricias, quieres descubrir las palabras antes de que broten, adivinar la palabra futura antes de pasar la pagina de la vida que registra este momento.


Tus dientes son piedras preciosas al reflejo de algún mediodía perfecto y se asoman entre tus labios que se mueven como recitando sonidos que aun no he producido; mudas muchas veces tu expresión, abriendo los ojos, arqueando las cejas, apenas mueves tu cabeza como la madre que enseña a hablar con la expectativa del éxito gratificante. 


Y yo no puedo hablar.

Y yo solo existo en el hipnótico roce de tus dedos.

En el desvarío de tu perfume que sube a mi desde tu cuello, desde tu pecho, en el fulgor de tus ojos amables, en la pálida eternidad de tu piel.

Afuera los pájaros se desperezan, sacuden las últimas gotas de agua en sus plumas y cantan su reclamo a sus vecinos que responden con la ligera algarabía del sobreviviente.

Tu índice limpia las filigranas que tus besos tatuaron en mi boca, tu cabello negro, liso, brillante, impecable, cae a un costado y acaricia mi mejilla y tu corazón late contra mi pecho como si fuese el último pájaro en sacudirse la lluvia.

Y en silencio me pierdo en tus ojos, en tus labios, en el dulce roce de tu piel, en una caricia larga desde tus hombros hasta tus muslos.

En la ventana los perros ladran, alguien ofende al mundo con su música estridente, un avión anuncia que ha dibujado su estela en el cielo...

Y yo sigo mudo fijando en lo mas profundo de mi alma la levedad de tu cuerpo sobre el mío, el abrazo de tu pierna en mi cadera, la alegre curva de tu cintura y todos sus destinos, el perfumado beso de tus pechos en el mio.

Mis ojos se reflejan en los tuyos, me miras con mi mirada, me integras en ti con un suspiro, tus dedos separan mis labios y tu hermoso rostro se desenfoca cuando lo acercas, desaparece cuando me besas y yo cierro los ojos y solo existo en la húmeda magia de tus besos, en la dulce impertinencia de tu lengua, en la suave presión de tu pelvis.

Y pasa tu tiempo y pasa el mío, en el abrazo perfecto, en el beso justo, anulando el tiempo y las distancias, desterrando al mundo afuera, ajeno a esta fantasía...

...lejos de tu piel y de la mía.

martes, 20 de junio de 2017

Moribundo




Deja que caiga la luna si ya no quieres sostenerla; deja que repose tu aliento en el cuello descarnado de la muerte, como un amante rendido que esconde su desamparo en un tierno pliegue de piel perfumada de tiempo.

Como un eco del vacío trémulo del fondo del mar en un recuerdo alucinado, deja que el silencio insondable desmadeje sus ruinosos rizos de algodón mojado en tu mente, deja que este viaje concluya y que te llene y te complete esta última, esta única certeza y... por lo que mas quieras... deja ya de escarbarte las heridas... que nada bueno saldrá de ellas, sabes que no hay remedio.

Deja que las estrellas rueden por el cielo, que las constelaciones sigan su curso, pues nada va a cambiar sea que las sostengas o las liberes...créeme... nadie está notando tu esfuerzo; el tiempo es ya tu enemigo y no hay manera de vencerlo. Se acaba la vida y sus afanes, sus carreras, sus estruendos. El sol llegará, no puedes evitarlo, y tal vez aun logre sacar algún destello de este charco rojo que tus dedos no pueden contener. Son dos tajos limpios, profundos… mueres, entiéndelo… y estás solo, ahora si es verdad que estás solo. Eres un moribundo.

Carajo...

No hay tal cosa,... un hombre “moribundo” … eso no existe, uno está vivo hasta el momento en que muere; un hombre que se ahoga no está muriendo, no es un moribundo, es solo un hombre vivo que se aferra con desesperación a su último aliento y lucha por contener un diafragma convulso que parece querer desprenderse en terroríficas sacudidas que se extienden por el cuerpo, dislocando el último atisbo de cordura, de conciencia, expandiendo inmisericorde la certeza de la muerte inevitable… un hombre que cae al vacío, un hombre que se desangra por dos tajos certeros, aun ahí, aun así, aun en ese momento irrepetible de total espanto ante lo inminente uno todavía está vivo, es tal vez el momento en que uno tiene mayor conciencia de la vida y su fragilidad, de su breve y azarosa temporalidad, de su impertinente banalidad.

Caminabas con prisa entre los caobos, de vez en cuando sonaba un seco chasquido en las alturas y decenas de semillas bajaban girando a tu alrededor como pequeñas galaxias gravitando en tu perfumada estela. No volteaste ni una sola vez, no cambiaste tu paso ni un instante, nada detuvo, ni demoró ni desvió tu decidido avance hacia tu hipotético futuro. Avanzabas como si la estúpida sombrillita blanca te impulsara al girar sobre tu hombro con estudiada y malintencionada coquetería.

Podía verte cada vez mas harta y exasperada por la larga discusión, hasta que aquello que tenías atravesado en la garganta irrumpió feroz y descarnado -No tienes donde caerte muerto- dijiste con evidente desdén justo antes de darte la vuelta y echar a andar, lo escupiste entre dientes, como quien dicta una sentencia incontrovertible e inapelable, pero por todos esperada, como quien destaca una realidad palmaria por lo evidente que surge a la luz del mundo reafirmada por unos ojos opacos y huidizos, tan lejanos de aquellos luminosos luceros que iluminaban mi mundo unos meses atrás; tan lejanos como está este humedal de aquel parque del mal recuerdo; lejanos como tu corazón lo estuvo del mío desde el momento en que empeñé todo lo que poseía en esta aventura que me cuesta la vida.

Mírame ahora mi niña bonita, aquí he caído… que gran tontería... ¿quién lo diría?. Ahora se me hace obvio que todos tenemos donde caernos muertos y puestos a ello, ¿qué diferencia puede haber?, basta con caer y morir; cualquier lugar sirve para el caso y una vez muerto ¿a quién puede importarle el sitio? ya el problema, si acaso, es de otro aunque al final ese “otro” resulte ser una parvada de gaviotas en una costa rota, árida e ingrata como esta.

Maldita sea esta “patria” y sus falsedades, maldita la vanidad y la fantasía, maldito el sueño romántico que nos venden de niños y maldita la voracidad con que nos atracamos con él como si fuese una montaña de pudin, malditas las prisas por crecer tan grandes y fuertes como imaginamos que otros nos imaginarán cuando sepan de nuestra existencia, la prisa por ceñirnos cada día la espada de nuestras opiniones sobre libertad, razón y justicia por la “patria” creyendo como imbéciles en sus luces fatuas y en sus sonoros cornos.

Es una gran diferencia cuando esas luces son disparos a tus espaldas en una interminable noche de espanto, piedras y barrancos; cuando esos cornos idealizados se tornan en los clarines del enemigo que te pisa los talones en tu vergonzosa y desesperada huida. Que pequeños nos volvemos cuando el acero corta la carne y marca un rubicón en nuestro cuero; cuando el estruendo del fin del mundo te abandona entre la niebla y se vuelve tan lejano que bien podrían ser las olas desmenuzando pacientemente las rocas de la costa un grano a la vez; cuando el viento amenaza con hacerte desaparecer de todas las memorias y la arena fría te arropa como una premonición cumplida. Casi aciertas mi niña, aunque el verdadero problema no era dónde podría caer sino que inevitablemente caería.

Las tristes nubes alargadas se pintan de rosado y naranja… amanece y no acierto a recordar en qué momento dejé caer la luna.

Tarda mas la muerte que los cangrejos en encontrarme… no tengo suerte, no tengo remedio.

domingo, 12 de junio de 2016

La rabia.

Hoy me habita la rabia y yo la habito a ella.

Hoy ya no soy y es definitivo, hace tiempo que dejé de ser; con lentitud, inadvertidamente, mi yo descascarillado, oxidado y salitroso se descompuso de manera irremediable y se mezcló con la hiel, con la bilis, con el fétido fango que cubre hoy mi universo.

Ya no me conozco y ya no me importa; cuando estoy desprevenido me agreden memorias que me resultan ajenas, inventadas, manifestaciones de un subconsciente imposible. Recuerdos acusadores, burlones, insidiosos y vergonzosos...ridículos en su levedad, en su banalidad.

Hoy soy la rabia carajo atrapada en el pantano interior de un sujeto universal que, maldita sea la hora, se descompone en lentos siglos, en los pozos negros donde no se atreven las alimañas, los sentimientos, las emociones, solo el nuevo-viejo yo dando vueltas y vueltas en la oscuridad y el silencio buscando esa línea de negros fundidos que haga la semblanza de un horizonte.

La rabia de no poder gritar, la rabia de no poder golpear, la rabia de no poder soñar.

La rabia del final, del poco tiempo, del cansancio. La rabia del cómo carajo se empieza de nuevo.

La..."cállate la boca", la ... "aguanta y sigue", la ... "vuelve a levantarte", la ... "paciencia hijo, paciencia".

¡La rabia carajo! llenando todos los espacios; tiñendo el pensamiento de sombras y dolores. Convertido en el grito roto e incontrolado del testigo inútil, del trabajo inútil, de la esperanza inútil.

La rabia de la hecatombe y el holocausto, la de la llave perdida, la del no va mas cabrones hasta aquí nos trajo el puto rio.

Quiera esta tierra que me vaya y nunca regrese a ella porque si lo hago ya no habrá dique que me contenga... a mi... a la rabia.


martes, 26 de mayo de 2015

Biografía

Nació en la agonía de enero; cuando apenas se sospechaba el amanecer en la ciudad del crepúsculo.

Su existencia hizo brillar la inocencia y la virtud ajena  

Murió al nacer enero. Al asomo de un amanecer ya viejo murió de muerte triste la noche de los gritos cuando decidió callar. 

Actualmente vive en el mismo pasillo, en el ruido que lo atormenta, en el asombro de sus manos, a resguardo de la memoria. 

Se le ha visto reunido, en discreto conciliábulo, con sus tonterías aunque ninguna fuente seria ha podido confirmarlo.

Los sueños perdieron su pista… otra vez… 

Cierra los ojos, afila el bigote, contiene la barba, respira profundo.

La memoria siempre encuentra el camino, incluso en su caso.

viernes, 16 de enero de 2015

Naufragios

El mesón largo de taberna, con el borde gastado y pulido por años de codos y mangas de tela cruda, tatuado de marcas de vasos, golpes de platos y botellas, raspaduras de cubiertos, tallado de cuchillos ociosos, con una costra oscura e indefinible que bien puede ser de salpicaduras de caldo grueso o de sangre de peleas sin memorias, sin cuentos y sin dolientes; puede ser una costra de cualquier cosa como bien puede que solo sea el testimonio de unas tablas con demasiados años al costado de una ventana por la que el sol se pone desde que el mundo es mundo y que nadie ha limpiado jamás.

Mesón alto de taberna, con vista al puerto y taburetes criminales, alto tan alto que al sorber el potaje se ha de tener cuidado de no mojar las barbas en el plato; mesón de taberna donde cada quien esta en su mundo mirando al plato, mirando al mar, aferrado al vaso, colgado de una jarra; lagrimeando guiños al sol en su caida.

Mi vecino suspira a cada bocado, a cada trago y me tiene harto ya, está tan sumido en su desdicha que no parece notar mis miradas ni oir mis gruñidos. Nada puedo hacer. Lo que me trae aquí es impostergable, no puede torcerse por un arrebato; mi vecino puede suspirar hasta reventar si quiere y yo a callar, aguantar y a esperar...

Muchas tardes ya en este mesón, indeciso, temeroso, con el vaso chato en las manos viendo bailar los posos en el fondo de este vino peleón que cierra el gañote y reseca las encías a cada trago, sumando asperezas a la hiel amarga del odio que me regresó a la vida cuando ya mordía la tierra; de vuelta a este puerto donde ya no queda nadie que me recuerde mas que aquel a quien vine a buscar.

No voy a tener mucho tiempo, el muro oculta los trapos de las barcas que se acercan a la rada, unos pocos minutos para prepararme a lo sumo desde que vea al "Virgen Santísima" entrar al puerto y lo poco que les pueda llevar recostarse al muelle y atracar.

Suspira mi vecino...la madre que lo parió; a ver si termina de una buena vez...

Dos palos se recortan contra el último fulgor del sol en la ventana, el casco ancho del "Virgen Santísima" asoma la proa entre el muro y el malecón. Caen las velas y se ordena la bordada que lo acerca con ese último impulso al costado del muelle; mientras tiro un par de monedas sobre los tablones ya los hombres alargan los bicheros y se aprestan al amarre.

Camino despacio pegado a los muros, con el sombrero bajo y sin perder de vista la actividad desplegada sobre cubierta y ahí está, dando voces y gritando órdenes como todo un patrón pero como siempre el primero en saltar a tierra, con esa sonrisa infantíl y estúpida de toda la vida saludando a todos como un torero...

El mar aquí es violento, el muro que protege el puerto se prolonga por el costado de una calleja que lleva a la parte alta de la ciudad, al barrio de los pescadores y justo a la vuelta de la esquina hay una arcada sobre la que estaba hace años el viejo faro; en esa parte del muro unos ventanucos estrechos por donde se cuela el mar en las noches de tormenta, cuando golpea su furia como queriendo desmigajar las piedras y al lado de cada abertura las gruesas columnas del viejo faro, ofreciendo la necesaria oscuridad y protección a quien, como yo, decide llegar a lo mas profundo de su propio infierno. Bajo esa arcada tendrá que pasar y ahí lo voy a esperar.

Y no es mucho lo que espero, apenas lo justo para reafirmarme en mi propósito y en calmar el temblor de la mano que ya aprieta el mango de hueso de mi cuchillo de negro acero.

Mas que verlo lo oigo llegar, con ese caminar a saltitos y silbando el estribillo de vaya uno a saber qué cancioncita de moda. Desde mi escondite tras la columna veo su sombra alargarse y acercarse; me acuerdo del gitano aquel y cambio el cuchillo de mano y respiro profundo. Conteniendo el aire salto adelante y en dos zancadas estoy sobre él, sujetándolo del cuello y apoyando la afilada punta del cuchillo bajo su pecho, empujándolo contra el muro al otro lado del pasaje.

- ¡Mírame!, ¡MÍRAME!- y los ojos se abren de par en par y las pupilas se contraen mientras se pone pálido y frío, lo siento en la mano y siento también como le cuesta tragarse el miedo que le da la cara que está mirando.

- Si, estoy vivo desgraciado, mírame bien - Abre la boca para decir algo pero las palabras mueren cuando siente como la punta del cuchillo comienza a entrar en su cuerpo.

Y me acuerdo del giitano aquel y de como me enseñó a girar y empinar la hoja para que la cuchillada al corazón fuese certera.

- ¿Cómo me dijiste aquel día?, ¿lo recuerdas?... ¿no?... me dijiste "avísame cuando te empiece a doler" y te reiste desgraciado, te reiste mientras me encajabas aquel palmo de metal en las tripas - La boca se abre de par en par y los ojos se desorbitan, sus manos aferran mis muñecas y su mirada no se despega de mis ojos.

- Pues eso... avísame cuando te duela...- y empujo despacio el cuchillo hasta la guarda del mango viendo en lo profundo de sus ojos como se diluye la luz y sintiendo en mis brazos la breve convulsión justo antes de que se le doblen las rodillas y de nuevo me acuerdo del gitano aquel y dando un paso atrás saco el cuchillo de un tirón mientras giro otra vez la hoja para terminar de desgarrarle la vida.

Cae como un pescado, como un fardo de trapos mojados y queda tendido de bruces en medio del pasaje ya a oscuras. La sangre negra rueda por entre el empedrado hacia el muro y siguiendo su camino con la vista miro el mar por las estrechas aberturas sintiendo a mi propio corazón luchando por salir de mi cuerpo; algunas barcas se acercan al puerto, pronto por aquí pasará mucha gente. Doy la media vuelta y echo a andar obligándome a no pensar, tengo que darme prisa, ya habrá tiempo para lamentos.

Al salir de la arcada del viejo faro tomo a la derecha; subiendo la cuesta dejo atrás la casa del práctico del puerto y me adentro en el barrio de pescadores, al otro lado está la playa, al final el río y mas allá las pequeñas caletas donde me están esperando, que en estas costas naciendo pescador se crece contrabandista y no faltan compadres y colegas dispuestos a hacer favores a cambio de que a uno no le tiemble el pulso a la hora de disparar cuando haga falta.

Bajo hacia la pequeña iglesia, las calles inalteradas en el tiempo, fijas, sin cambios a pesar de los años dan fé de cuánto cambia el hombre a lo largo de su vida; de cuanto cambié yo al morir y volver a nacer y mas aun ahora que, en este mismo instante en que apenas tomo conciencia del naufragio de mi alma; no podría ser mas extraño a este paisaje familiar e inmutable. En alguna de estas calles nació mi madre... Ay madre, aquí voy haciéndole guiños entre lágrimas, menos mal que no está por aquí para no tener que ver qué fue de nosotros, qué hicimos de nuestras vidas. Los hermanos matándose por una mala mujer... que maldita sea su estampa, si supiese donde está ahora también la buscaba y le hendía las entrañas... si es que alguien mas no lo ha hecho ya.

Me falta el aire para correr y para gritar, me falta el aire para llorar, el aire si y el amor, para llorar por ella, por él y por mí.

Aun no hay gritos ni campanas; aprieto el paso, la playa ya casi desaparece bajo las aguas de la marea que sube en largas y gruesas ondas, mas allá del río todo es oscuridad.

Llego cuando los últimos bultos están siendo embarcados, un breve sobresalto de manos al cinto y miradas expectantes; nos conocemos bien, el saludo silencioso y a empujar para liberar el bote de la arena, remar en silencio y un poco mas allá embarcar en la dorna que cabecea paciente al resguardo de las piedras.

El viento sopla de través, será un viaje rápido y antes del amanecer estaremos descargando en alguna ría de las muchas que arañan la costa gallega y ahí me despediré yo. Pasando el viejo faro doy la espalda a mis pecados y miro mar adentro controlando esa nausea del recuerdo de mi hermano doblando las rodillas. Tal vez deba irme aun mas lejos, embarcar en un barco portugués y cruzar el océano. Tal vez mi destino sea no llegar a mi destino... tal vez para mi la vida solo sea encallar una y otra vez en el agudo horror de mis errores y mis faltas, tal vez.

Total, ya que mas dá...cuando uno hace de su vida un naufragio qué puede importar ya nada... ese navajazo terciado, como una ola que barre la cubierta, terminó con dos vidas a la vez, la que él tenía y la que yo soñaba.