sábado, 24 de junio de 2017

Lejos



Y pasa tu tiempo y pasa el mío.

El día escurre su miseria de lluvia y se despereza en la luz de la tarde que nace a destiempo.

El sol se desliza discreto por detrás de unas nubes cansadas este sábado cualquiera y el leve peso de tus yemas en mis labios no es para imponerme silencio sino para incitarme a hablar, tu rostro tan cerca, tus ojos fijos en mi boca mientras la acaricias, quieres descubrir las palabras antes de que broten, adivinar la palabra futura antes de pasar la pagina de la vida que registra este momento.


Tus dientes son piedras preciosas al reflejo de algún mediodía perfecto y se asoman entre tus labios que se mueven como recitando sonidos que aun no he producido; mudas muchas veces tu expresión, abriendo los ojos, arqueando las cejas, apenas mueves tu cabeza como la madre que enseña a hablar con la expectativa del éxito gratificante. 


Y yo no puedo hablar.

Y yo solo existo en el hipnótico roce de tus dedos.

En el desvarío de tu perfume que sube a mi desde tu cuello, desde tu pecho, en el fulgor de tus ojos amables, en la pálida eternidad de tu piel.

Afuera los pájaros se desperezan, sacuden las últimas gotas de agua en sus plumas y cantan su reclamo a sus vecinos que responden con la ligera algarabía del sobreviviente.

Tu índice limpia las filigranas que tus besos tatuaron en mi boca, tu cabello negro, liso, brillante, impecable, cae a un costado y acaricia mi mejilla y tu corazón late contra mi pecho como si fuese el último pájaro en sacudirse la lluvia.

Y en silencio me pierdo en tus ojos, en tus labios, en el dulce roce de tu piel, en una caricia larga desde tus hombros hasta tus muslos.

En la ventana los perros ladran, alguien ofende al mundo con su música estridente, un avión anuncia que ha dibujado su estela en el cielo...

Y yo sigo mudo fijando en lo mas profundo de mi alma la levedad de tu cuerpo sobre el mío, el abrazo de tu pierna en mi cadera, la alegre curva de tu cintura y todos sus destinos, el perfumado beso de tus pechos en el mio.

Mis ojos se reflejan en los tuyos, me miras con mi mirada, me integras en ti con un suspiro, tus dedos separan mis labios y tu hermoso rostro se desenfoca cuando lo acercas, desaparece cuando me besas y yo cierro los ojos y solo existo en la húmeda magia de tus besos, en la dulce impertinencia de tu lengua, en la suave presión de tu pelvis.

Y pasa tu tiempo y pasa el mío, en el abrazo perfecto, en el beso justo, anulando el tiempo y las distancias, desterrando al mundo afuera, ajeno a esta fantasía...

...lejos de tu piel y de la mía.

martes, 20 de junio de 2017

Moribundo




Deja que caiga la luna si ya no quieres sostenerla; deja que repose tu aliento en el cuello descarnado de la muerte, como un amante rendido que esconde su desamparo en un tierno pliegue de piel perfumada de tiempo.

Como un eco del vacío trémulo del fondo del mar en un recuerdo alucinado, deja que el silencio insondable desmadeje sus ruinosos rizos de algodón mojado en tu mente, deja que este viaje concluya y que te llene y te complete esta última, esta única certeza y... por lo que mas quieras... deja ya de escarbarte las heridas... que nada bueno saldrá de ellas, sabes que no hay remedio.

Deja que las estrellas rueden por el cielo, que las constelaciones sigan su curso, pues nada va a cambiar sea que las sostengas o las liberes...créeme... nadie está notando tu esfuerzo; el tiempo es ya tu enemigo y no hay manera de vencerlo. Se acaba la vida y sus afanes, sus carreras, sus estruendos. El sol llegará, no puedes evitarlo, y tal vez aun logre sacar algún destello de este charco rojo que tus dedos no pueden contener. Son dos tajos limpios, profundos… mueres, entiéndelo… y estás solo, ahora si es verdad que estás solo. Eres un moribundo.

Carajo...

No hay tal cosa,... un hombre “moribundo” … eso no existe, uno está vivo hasta el momento en que muere; un hombre que se ahoga no está muriendo, no es un moribundo, es solo un hombre vivo que se aferra con desesperación a su último aliento y lucha por contener un diafragma convulso que parece querer desprenderse en terroríficas sacudidas que se extienden por el cuerpo, dislocando el último atisbo de cordura, de conciencia, expandiendo inmisericorde la certeza de la muerte inevitable… un hombre que cae al vacío, un hombre que se desangra por dos tajos certeros, aun ahí, aun así, aun en ese momento irrepetible de total espanto ante lo inminente uno todavía está vivo, es tal vez el momento en que uno tiene mayor conciencia de la vida y su fragilidad, de su breve y azarosa temporalidad, de su impertinente banalidad.

Caminabas con prisa entre los caobos, de vez en cuando sonaba un seco chasquido en las alturas y decenas de semillas bajaban girando a tu alrededor como pequeñas galaxias gravitando en tu perfumada estela. No volteaste ni una sola vez, no cambiaste tu paso ni un instante, nada detuvo, ni demoró ni desvió tu decidido avance hacia tu hipotético futuro. Avanzabas como si la estúpida sombrillita blanca te impulsara al girar sobre tu hombro con estudiada y malintencionada coquetería.

Podía verte cada vez mas harta y exasperada por la larga discusión, hasta que aquello que tenías atravesado en la garganta irrumpió feroz y descarnado -No tienes donde caerte muerto- dijiste con evidente desdén justo antes de darte la vuelta y echar a andar, lo escupiste entre dientes, como quien dicta una sentencia incontrovertible e inapelable, pero por todos esperada, como quien destaca una realidad palmaria por lo evidente que surge a la luz del mundo reafirmada por unos ojos opacos y huidizos, tan lejanos de aquellos luminosos luceros que iluminaban mi mundo unos meses atrás; tan lejanos como está este humedal de aquel parque del mal recuerdo; lejanos como tu corazón lo estuvo del mío desde el momento en que empeñé todo lo que poseía en esta aventura que me cuesta la vida.

Mírame ahora mi niña bonita, aquí he caído… que gran tontería... ¿quién lo diría?. Ahora se me hace obvio que todos tenemos donde caernos muertos y puestos a ello, ¿qué diferencia puede haber?, basta con caer y morir; cualquier lugar sirve para el caso y una vez muerto ¿a quién puede importarle el sitio? ya el problema, si acaso, es de otro aunque al final ese “otro” resulte ser una parvada de gaviotas en una costa rota, árida e ingrata como esta.

Maldita sea esta “patria” y sus falsedades, maldita la vanidad y la fantasía, maldito el sueño romántico que nos venden de niños y maldita la voracidad con que nos atracamos con él como si fuese una montaña de pudin, malditas las prisas por crecer tan grandes y fuertes como imaginamos que otros nos imaginarán cuando sepan de nuestra existencia, la prisa por ceñirnos cada día la espada de nuestras opiniones sobre libertad, razón y justicia por la “patria” creyendo como imbéciles en sus luces fatuas y en sus sonoros cornos.

Es una gran diferencia cuando esas luces son disparos a tus espaldas en una interminable noche de espanto, piedras y barrancos; cuando esos cornos idealizados se tornan en los clarines del enemigo que te pisa los talones en tu vergonzosa y desesperada huida. Que pequeños nos volvemos cuando el acero corta la carne y marca un rubicón en nuestro cuero; cuando el estruendo del fin del mundo te abandona entre la niebla y se vuelve tan lejano que bien podrían ser las olas desmenuzando pacientemente las rocas de la costa un grano a la vez; cuando el viento amenaza con hacerte desaparecer de todas las memorias y la arena fría te arropa como una premonición cumplida. Casi aciertas mi niña, aunque el verdadero problema no era dónde podría caer sino que inevitablemente caería.

Las tristes nubes alargadas se pintan de rosado y naranja… amanece y no acierto a recordar en qué momento dejé caer la luna.

Tarda mas la muerte que los cangrejos en encontrarme… no tengo suerte, no tengo remedio.

domingo, 12 de junio de 2016

La rabia.

Hoy me habita la rabia y yo la habito a ella.

Hoy ya no soy y es definitivo, hace tiempo que dejé de ser; con lentitud, inadvertidamente, mi yo descascarillado, oxidado y salitroso se descompuso de manera irremediable y se mezcló con la hiel, con la bilis, con el fétido fango que cubre hoy mi universo.

Ya no me conozco y ya no me importa; cuando estoy desprevenido me agreden memorias que me resultan ajenas, inventadas, manifestaciones de un subconsciente imposible. Recuerdos acusadores, burlones, insidiosos y vergonzosos...ridículos en su levedad, en su banalidad.

Hoy soy la rabia carajo atrapada en el pantano interior de un sujeto universal que, maldita sea la hora, se descompone en lentos siglos, en los pozos negros donde no se atreven las alimañas, los sentimientos, las emociones, solo el nuevo-viejo yo dando vueltas y vueltas en la oscuridad y el silencio buscando esa línea de negros fundidos que haga la semblanza de un horizonte.

La rabia de no poder gritar, la rabia de no poder golpear, la rabia de no poder soñar.

La rabia del final, del poco tiempo, del cansancio. La rabia del cómo carajo se empieza de nuevo.

La..."cállate la boca", la ... "aguanta y sigue", la ... "vuelve a levantarte", la ... "paciencia hijo, paciencia".

¡La rabia carajo! llenando todos los espacios; tiñendo el pensamiento de sombras y dolores. Convertido en el grito roto e incontrolado del testigo inútil, del trabajo inútil, de la esperanza inútil.

La rabia de la hecatombe y el holocausto, la de la llave perdida, la del no va mas cabrones hasta aquí nos trajo el puto rio.

Quiera esta tierra que me vaya y nunca regrese a ella porque si lo hago ya no habrá dique que me contenga... a mi... a la rabia.


martes, 26 de mayo de 2015

Biografía

Nació en la agonía de enero; cuando apenas se sospechaba el amanecer en la ciudad del crepúsculo.

Su existencia hizo brillar la inocencia y la virtud ajena  

Murió al nacer enero. Al asomo de un amanecer ya viejo murió de muerte triste la noche de los gritos cuando decidió callar. 

Actualmente vive en el mismo pasillo, en el ruido que lo atormenta, en el asombro de sus manos, a resguardo de la memoria. 

Se le ha visto reunido, en discreto conciliábulo, con sus tonterías aunque ninguna fuente seria ha podido confirmarlo.

Los sueños perdieron su pista… otra vez… 

Cierra los ojos, afila el bigote, contiene la barba, respira profundo.

La memoria siempre encuentra el camino, incluso en su caso.

viernes, 16 de enero de 2015

Naufragios

El mesón largo de taberna, con el borde gastado y pulido por años de codos y mangas de tela cruda, tatuado de marcas de vasos, golpes de platos y botellas, raspaduras de cubiertos, tallado de cuchillos ociosos, con una costra oscura e indefinible que bien puede ser de salpicaduras de caldo grueso o de sangre de peleas sin memorias, sin cuentos y sin dolientes; puede ser una costra de cualquier cosa como bien puede que solo sea el testimonio de unas tablas con demasiados años al costado de una ventana por la que el sol se pone desde que el mundo es mundo y que nadie ha limpiado jamás.

Mesón alto de taberna, con vista al puerto y taburetes criminales, alto tan alto que al sorber el potaje se ha de tener cuidado de no mojar las barbas en el plato; mesón de taberna donde cada quien esta en su mundo mirando al plato, mirando al mar, aferrado al vaso, colgado de una jarra; lagrimeando guiños al sol en su caida.

Mi vecino suspira a cada bocado, a cada trago y me tiene harto ya, está tan sumido en su desdicha que no parece notar mis miradas ni oir mis gruñidos. Nada puedo hacer. Lo que me trae aquí es impostergable, no puede torcerse por un arrebato; mi vecino puede suspirar hasta reventar si quiere y yo a callar, aguantar y a esperar...

Muchas tardes ya en este mesón, indeciso, temeroso, con el vaso chato en las manos viendo bailar los posos en el fondo de este vino peleón que cierra el gañote y reseca las encías a cada trago, sumando asperezas a la hiel amarga del odio que me regresó a la vida cuando ya mordía la tierra; de vuelta a este puerto donde ya no queda nadie que me recuerde mas que aquel a quien vine a buscar.

No voy a tener mucho tiempo, el muro oculta los trapos de las barcas que se acercan a la rada, unos pocos minutos para prepararme a lo sumo desde que vea al "Virgen Santísima" entrar al puerto y lo poco que les pueda llevar recostarse al muelle y atracar.

Suspira mi vecino...la madre que lo parió; a ver si termina de una buena vez...

Dos palos se recortan contra el último fulgor del sol en la ventana, el casco ancho del "Virgen Santísima" asoma la proa entre el muro y el malecón. Caen las velas y se ordena la bordada que lo acerca con ese último impulso al costado del muelle; mientras tiro un par de monedas sobre los tablones ya los hombres alargan los bicheros y se aprestan al amarre.

Camino despacio pegado a los muros, con el sombrero bajo y sin perder de vista la actividad desplegada sobre cubierta y ahí está, dando voces y gritando órdenes como todo un patrón pero como siempre el primero en saltar a tierra, con esa sonrisa infantíl y estúpida de toda la vida saludando a todos como un torero...

El mar aquí es violento, el muro que protege el puerto se prolonga por el costado de una calleja que lleva a la parte alta de la ciudad, al barrio de los pescadores y justo a la vuelta de la esquina hay una arcada sobre la que estaba hace años el viejo faro; en esa parte del muro unos ventanucos estrechos por donde se cuela el mar en las noches de tormenta, cuando golpea su furia como queriendo desmigajar las piedras y al lado de cada abertura las gruesas columnas del viejo faro, ofreciendo la necesaria oscuridad y protección a quien, como yo, decide llegar a lo mas profundo de su propio infierno. Bajo esa arcada tendrá que pasar y ahí lo voy a esperar.

Y no es mucho lo que espero, apenas lo justo para reafirmarme en mi propósito y en calmar el temblor de la mano que ya aprieta el mango de hueso de mi cuchillo de negro acero.

Mas que verlo lo oigo llegar, con ese caminar a saltitos y silbando el estribillo de vaya uno a saber qué cancioncita de moda. Desde mi escondite tras la columna veo su sombra alargarse y acercarse; me acuerdo del gitano aquel y cambio el cuchillo de mano y respiro profundo. Conteniendo el aire salto adelante y en dos zancadas estoy sobre él, sujetándolo del cuello y apoyando la afilada punta del cuchillo bajo su pecho, empujándolo contra el muro al otro lado del pasaje.

- ¡Mírame!, ¡MÍRAME!- y los ojos se abren de par en par y las pupilas se contraen mientras se pone pálido y frío, lo siento en la mano y siento también como le cuesta tragarse el miedo que le da la cara que está mirando.

- Si, estoy vivo desgraciado, mírame bien - Abre la boca para decir algo pero las palabras mueren cuando siente como la punta del cuchillo comienza a entrar en su cuerpo.

Y me acuerdo del giitano aquel y de como me enseñó a girar y empinar la hoja para que la cuchillada al corazón fuese certera.

- ¿Cómo me dijiste aquel día?, ¿lo recuerdas?... ¿no?... me dijiste "avísame cuando te empiece a doler" y te reiste desgraciado, te reiste mientras me encajabas aquel palmo de metal en las tripas - La boca se abre de par en par y los ojos se desorbitan, sus manos aferran mis muñecas y su mirada no se despega de mis ojos.

- Pues eso... avísame cuando te duela...- y empujo despacio el cuchillo hasta la guarda del mango viendo en lo profundo de sus ojos como se diluye la luz y sintiendo en mis brazos la breve convulsión justo antes de que se le doblen las rodillas y de nuevo me acuerdo del gitano aquel y dando un paso atrás saco el cuchillo de un tirón mientras giro otra vez la hoja para terminar de desgarrarle la vida.

Cae como un pescado, como un fardo de trapos mojados y queda tendido de bruces en medio del pasaje ya a oscuras. La sangre negra rueda por entre el empedrado hacia el muro y siguiendo su camino con la vista miro el mar por las estrechas aberturas sintiendo a mi propio corazón luchando por salir de mi cuerpo; algunas barcas se acercan al puerto, pronto por aquí pasará mucha gente. Doy la media vuelta y echo a andar obligándome a no pensar, tengo que darme prisa, ya habrá tiempo para lamentos.

Al salir de la arcada del viejo faro tomo a la derecha; subiendo la cuesta dejo atrás la casa del práctico del puerto y me adentro en el barrio de pescadores, al otro lado está la playa, al final el río y mas allá las pequeñas caletas donde me están esperando, que en estas costas naciendo pescador se crece contrabandista y no faltan compadres y colegas dispuestos a hacer favores a cambio de que a uno no le tiemble el pulso a la hora de disparar cuando haga falta.

Bajo hacia la pequeña iglesia, las calles inalteradas en el tiempo, fijas, sin cambios a pesar de los años dan fé de cuánto cambia el hombre a lo largo de su vida; de cuanto cambié yo al morir y volver a nacer y mas aun ahora que, en este mismo instante en que apenas tomo conciencia del naufragio de mi alma; no podría ser mas extraño a este paisaje familiar e inmutable. En alguna de estas calles nació mi madre... Ay madre, aquí voy haciéndole guiños entre lágrimas, menos mal que no está por aquí para no tener que ver qué fue de nosotros, qué hicimos de nuestras vidas. Los hermanos matándose por una mala mujer... que maldita sea su estampa, si supiese donde está ahora también la buscaba y le hendía las entrañas... si es que alguien mas no lo ha hecho ya.

Me falta el aire para correr y para gritar, me falta el aire para llorar, el aire si y el amor, para llorar por ella, por él y por mí.

Aun no hay gritos ni campanas; aprieto el paso, la playa ya casi desaparece bajo las aguas de la marea que sube en largas y gruesas ondas, mas allá del río todo es oscuridad.

Llego cuando los últimos bultos están siendo embarcados, un breve sobresalto de manos al cinto y miradas expectantes; nos conocemos bien, el saludo silencioso y a empujar para liberar el bote de la arena, remar en silencio y un poco mas allá embarcar en la dorna que cabecea paciente al resguardo de las piedras.

El viento sopla de través, será un viaje rápido y antes del amanecer estaremos descargando en alguna ría de las muchas que arañan la costa gallega y ahí me despediré yo. Pasando el viejo faro doy la espalda a mis pecados y miro mar adentro controlando esa nausea del recuerdo de mi hermano doblando las rodillas. Tal vez deba irme aun mas lejos, embarcar en un barco portugués y cruzar el océano. Tal vez mi destino sea no llegar a mi destino... tal vez para mi la vida solo sea encallar una y otra vez en el agudo horror de mis errores y mis faltas, tal vez.

Total, ya que mas dá...cuando uno hace de su vida un naufragio qué puede importar ya nada... ese navajazo terciado, como una ola que barre la cubierta, terminó con dos vidas a la vez, la que él tenía y la que yo soñaba.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Te busco...

"Al cielo una mirada larga
buscando un poco de mi vida
..."


Se abren las nubes por fin.

La noche se templa dejando de lado los velos y vuelve a ser caribe, ese primer aliento cálido, ese viento árido que cruza el océano desde África envía un adelanto anunciando que pronto barrerá estas costas y sin miramientos empuja y disuelve las nubes como si fuesen de espuma. El cielo ahora gotea estrellas que se van abriendo como ojos que nos miran desde el pasado pulsando luces que tal vez ya no estén mas. Son pequeñas velas que noche a noche se mantienen tercamente encendidas para que podamos hallar el camino de regreso a la memoria sin perdernos, para que podamos recogernos en nosotros mismos mientras nuestra alma hace el recuento de sus rasguños y sus heridas. Reconozco a Orión, furtivo tras los últimos jirones rebeldes de las nubes ya en desbandada, siempre al acecho, cazando rebaños de sueños, los míos y los de otros. En mi pie su huella delatora, en mis ojos su camino; a él elevo mi pregunta pero esta noche no responde distraido tras los pasos de esa luna enorme que sin rubor llena ya el cielo y que por fin muestra su rostro dibujando en las olas una senda imposible de luz hasta la arena de la orilla.

El murmullo pertinaz de la suave lluvia contra las grandes hojas del patio enmudece poco a poco dejando paso al croar de las pequeñas ranas y al reclamo de los grillos, a la caricia áspera de las palmas en la playa y al rumor de las pequeñas ondas del mar resbalando por entre los guijarros de la orilla poblada de conchas y cangrejos. Algunas gotas caen aun del tejado sobre el riqui-riqui haciendo el contrapunto, toc-toc-toc, a los golpes que se dan pequeños insectos testarudos contra la única lámpara de la pequeña terraza.

Suaves ráfagas de viento traen hasta mi retazos de música; reconozco la canción, tú la cantabas muy bajito aquí mismo, mientras nos mecíamos lentamente en el chinchorro viendo al sol ambarino disolverse en naranjas, rojos y rosados en su tránsito hacia el abismo del horizonte; embarcados en el suspiro diario de piernas, manos y pieles ocupando su lugar exacto en la historia de los días registrada en esta trama de nudos que cada tarde encontraba la manera de amoldarse a nuestro abrazo.

"...te busco volando en el cielo
el viento te ha llevado
como un pañuelo viejo
..."


Miro el chinchorro aquí atrás, recogido, anudado a las cabuyas, descolorido de sol y sudor, lacio y desamparado en el olvido que dejó tu ausencia. Sobre los tablones de esta mesa las marcas de mil años de sal y mil vasos de whisky, las quemaduras de cigarrillos mal puestos y los infinitos agujeritos de la carcoma; granos de arena en las juntas y las grietas y la pintura que parece otro recuerdo que rabioso se resiste a desaparecer del todo aferrándose a la reseca fibra como tu perfume se aferró a mi nariz y tu voz al fondo de mis caracolas.

Quise recordar como bailar esa canción mientras aun llovía, despacio, como me enseñaste pero no tenía nada a que asirme y me dió vértigo, ahora sentado y escurriendo aun las últimas lágrimas del cielo cierro los ojos y lo vuelvo a intentar desde mi banqueta con los pies en la baranda, la botella apoyada en la cadera y el vaso en el pecho... de lado a lado muy despacio y ... ni siquiera así, ni siquiera ese amago... sin tu risa y tu paciencia no es lo mismo. Bajo los pies al suelo y alzo los ojos al cielo; recorro sus rincones y te busco en los destellos. Por enésima vez miro la playa y sus sombras de punta a punta; allá lejos, por detrás del morro el fulgor irreverente de la ciudad por donde tal vez te marchaste un día, al otro extremo comienza a anunciarse para mí otro día.

"...y no hago mas que rebuscar
paisajes conocidos
..."


Las estrellas se van haciendo mas pálidas; la luna hace tiempo se lavó la luz en las olas dejando tras de si la postrera oscuridad de una noche que ya va en retirada, pronto los pájaros tomarán el relevo a los grillos y las ranas y la botella estará vacía otra vez. Amanecerá el Caribe de nuevo con sus fulgores y sus miserias y yo volveré a la faena pendiente de no borrar tus huellas...

"...huellas y sombras que se pierden
la suerte no vino conmigo
..."
 


Porque aun te busco...

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El texto en cursiva corresponde a fragmentos de la canción "Te Busco" de Victor Victor, pueden oirla en este enlace cantada por Celia Cruz.
https://www.youtube.com/watch?v=DuYqAPIN88I 

martes, 23 de diciembre de 2014

Mar Menor

- Buntaro... ¿cuánto falta?...

Y me mira con ese par de cuchillos, harto ya de verme, harto de escucharme una y otra vez con la misma pregunta, lejano del mundo dentro de si y apartado, en la proa, lejos de mí y de mi insistencia.

- Ya viene... - Masculla su respuesta, su misma e invariable respuesta sin soltar la boquilla de su pipa, atrapada hace meses entre sus dientes como nosotros en esta pequeña barca de vieja madera de la que ya no hay mas, con su única vela y sus gruesos cabos serpenteando por la cubierta al descuido de los dos únicos habitantes de esta falsa isla.

"Ya viene", "ya viene"... ¿qué clase de viaje es este en el que no es uno quien va a su destino sino aquel el que viene al encuentro del viajero?, ¿qué clase de respuesta es esa?

No recuerdo cuantas veces habré hecho este viaje, siempre en esta barca, siempre con él, y no recuerdo haberlo visto sonreir jamás ni haberle escuchado pronunciar otra palabra fuera de su lacónica respuesta.

A Buntaro se le paga con tabaco y cerillos; no quiere nada mas y no parece necesitar nada mas salvo, tal vez, absoluto silencio. Nunca saluda, nunca se despide...¿lo hará esta vez?; me lo pregunto desde que salimos porque este es mi último viaje, o al menos eso me dijeron, y no lo volveré a ver, no mas resbalar por el filo de su mirada, no mas meses de hosco silencio, nunca mas este viaje ingrato y eterno. ¿Debería decírselo?, ¿se despedirá esta vez?.

He tenido la impresión que él lo sabe o que al menos lo intuye; a veces envaina sus ojos unos instantes y estos se hacen indistinguibles contra el horizonte difuso de este cielo sanguíneo y nunca antes lo había visto hacer tal cosa, nunca antes le había visto cerrar sus ojos; a veces su mirada planea entre la sombra de la botavara y la superficie de este mar plácido y grueso como aceite y ensimismado deja escapar murmullos de silencioso humo para después mirarme con disimulo por encima del hombro; a veces lo descubro observándome con evidente curiosidad y desparpajo entablando conmigo un duelo de miradas que siempre pierdo. ¿Debería decírselo?.

- Buntaro...

Gira la peligrosa obsidiana de sus ojos hacia mí sin mover ni un solo músculo y el humo escapa a raudales por su nariz... la pregunta muere por inútil en su advertencia muda... la pipa descansa en sus labios y sujeta con delicadeza por sus dedos al otro extremo, el silencio se impone, es el retrato de un hombre sin tiempo y sin prisa, harto de todo y en especial de mi pregunta, la estampa inmutable de todo lo irreconciliable que media entre él y yo, entre su papel y el mío...

El sopor de meses y la fatiga de la espera borra toda memoria, toda intención y todo conocimiento; uno queda en blanco, vacío, como nuevo y sintiéndose cada vez mas viejo, débil, frágil, indefenso.

Cuando la barca comienza a cabecear, cuando las pequeñas ondulaciones comienzan a golpear esta madera rítmicamente a uno en verdad le da igual, uno está en otro mundo. Absorto en el silencio y la monotonía de los días cuesta darse cuenta del movimiento, de los sonidos, de esa brisa fría que resbala por la piel; el cielo teñido de imposibles palpitando sobre nuestras cabezas sus espasmos nos parece tan ajeno y lejano que uno tarda en reaccionar.

Incorporarse es un trabajo inhumano, asomarse por la borda es un regreso costoso para el alma, percatarse que el viaje está por culminar es una sorpresa y una angustia inesperada.

Buntaro huele el aire, mira el cielo contraerse sobre nuestras cabezas, toca las crestas de las pequeñas olas que agitan la paz de la barca y me mira con esos ojos que los días parecían haber mellado pero que ahora recobran el mortal brillo que anuncia una última estocada. Él, que casi no se ha movido en todo el viaje, parece finalmente impulsado por los resortes de la vida, por fin retira la pipa de su boca y con firmes golpecitos sobre la borda la vacía sin apartar sus ojos de mi y lentamente se inclina hacia mi miedo, con una media sonrisa que apenas comienza a dibujarse en su rostro. No, no se va a despedir...

- Ya viene... - Me dice con deliberada claridad... y sonríe... pero solo sonríen sus labios y eso es lo que mas me llena de espanto. Miro mas allá de la proa hacia lo que queda de este mar que se precipita en la nada.

Hay que morir aquí para poder nacer al otro lado, lo sé... y no va a ser fácil nacer otra vez... nunca lo es, los dos lo sabemos y solo él va a disfrutarlo.

Pero esta es la última vez Buntaro, la última vez...