jueves, 3 de abril de 2014

Uno de los Héroes de Cuba

Conocí a Maud pocas semanas después de mi décimo cumpleaños. Hacía menos de un año que mi madre había muerto y mi padre estaba demasiado ocupado buscando y probando posibles sustitutas como para encargarse de mí. Me imagino que un día su búsqueda lo llevó demasiado lejos y ya no regresó. Tras muchas gestiones y averiguaciones el párroco de nuestra congregación logró dar con la dirección de mi abuelo materno y a su cuidado me encomendaron.

Así que ahí estaba yo, en el medio de la nada, más allá del lindero de la granja de mi abuelo en la cima de una de las muy escasas colinas del “gran estado de Kansas” mirando a esa niña desgarbada cabalgando un tronco caído, balanceándose de un lado a otro con los ojos cerrados.

Era el otoño de 1886.

Debo haber hecho algún ruido pues se detuvo repentinamente y girando su cabeza hacia mí abrió los ojos entornándolos un poco pues el sol estaba a mi espalda.

-Niño estúpido, te vas a ahogar- me dijo y me imagino que la cara de extrañeza con que miré alrededor y luego a ella ablandó un poco su corazón porque enseguida me tendió su mano y agregó -¡rápido!, ¡sube!, ¡estamos a punto de caer!- y aún extrañado pero ya francamente preocupado tomé su mano y salté a horcajadas sobre el tronco detrás de ella. Y caímos, vaya que caímos, cientos de veces, durante todo lo que quedaba de tarde. Fuimos los primeros en caer por las cataratas del Niágara, sentados en un barril, que vivieron para contarlo. Fuimos recibidos por una multitud que nos llevó en hombros aclamándonos. Éramos héroes.

Mucho tiempo después ella negó que nos hubiésemos conocido así, cada vez que el tema surgía en una conversación ella contaba una historia distinta, cada vez más elaborada, cada vez más exagerada e inverosímil. Ella era así. Con ella todo era así.

Maud era la insolencia y la desmesura, la imaginación y la brutal franqueza, ella era el ansia de probar, de vivir, de volar.

Crecimos atrapados en la vastedad de las llanuras interminables de Kansas. Es difícil imaginar lo estrecho que nos resultaba todo aquel enorme espacio. Mi primera infancia había transcurrido a una calle del frenético puerto de Boston; lo primero que veía al levantarme eran las grúas bailando de un lado a otro, los barcos entrando a la bahía, carros, mulas, caballos, marinos. Aquí sólo había maíz y esos grandes e impávidos cuervos.

El circo plantó su carpa la primera semana del verano de 1892, Maud estaba fascinada. Llegaba horas antes de comenzar la función y se iba de última y a regañadientes cuando ya todos los artistas habían apagado sus lámparas y se preparaban para dormir agotados después de las funciones. Todas las noches la esperaba en el recodo del camino para que no caminara sola hasta su casa.

Creo que lo esperaba, o tal vez ya la conocía bastante como para no extrañarme. Una noche atravesábamos los campos de camino a su casa y ella se detuvo en seco, agarró con fuerza mi brazo y me miró directo a los ojos con esa mirada intensa de ella, la luna iluminaba su rostro y la determinación enmarcada entre sus gruesas cejas y sus labios apretados hacía innecesaria cualquier palabra. Al cabo de un momento siguió caminando con pasos firmes y tuve que correr para alcanzarla, la sujeté del brazo obligándola a volverse y con lo que me pareció la mayor firmeza de que fui capaz le dije - Ni se te ocurra irte sin mí- . Me miró un momento, largó una sonora carcajada, me pellizcó ambas mejillas y echó a correr el resto del camino hasta su casa.

Un mes más tarde habíamos alcanzado al circo a una distancia segura de nuestras familias. No fue un viaje fácil, como tampoco fue fácil que nos aceptaran como nuevos miembros del grupo; mentir sobre nuestras edades sólo arrancó carcajadas y exagerar nuestras “habilidades” solo nos produjo miradas mordaces y suspicacia; manos tendidas hacia la explanada entre los carros y la orden muda -”Demuéstralo”-.

Maud, larga y desgarbada, ensayó con cierta habilidad y no poca impudicia algunas poses, saltos y maromas que hacían de ella, a criterio de la concurrencia, una contorsionista aceptable y con potencial, material en bruto que habría que pulir. Yo, a mis 16 años ya era alto como un pino y bastante robusto por el trabajo en la granja pero, sin habilidades conocidas, sólo era bueno para echar una mano con las cuerdas y los postes, levantando y recogiendo la carpa y atendiendo a los animales.

Cuatro años recorrimos pueblos y caminos con ese circo y al cabo de ese tiempo ya Maud, literalmente, volaba. No sólo había sabido perfeccionar su acto de contorsionismo interpretando a “La Asombrosa Mujer de Goma” en la feria que se montaba alrededor de la gran carpa antes de las funciones sino que además había sabido ganarse su lugar en uno de los principales actos de cada función; era parte esencial de “Los Intrépidos Barsinni”... los trapecistas.

En la primavera de 1896 llegamos a St. Louis, a ganarnos nuestra tajada de la Gran Feria Mundial. No fuimos la única troupe que tuvo la misma idea. Una tarde recorríamos la inmensa explanada llena de maravillas cuando algo llamó la atención de Maud. Un hombre se retorcía y se esforzaba por contener las lágrimas mientras otro, inclinado sobre él grababa líneas y dibujos con una curiosa maquinita en su piel.

¡Pero por supuesto que ya habíamos visto tatuajes!, en los circos era cosa bastante común encontrar personas cubiertas de pies a cabeza con ellos pero… nunca habíamos visto como se hacían. No pasó mucho antes que Maud estuviese inclinada viendo de cerca el trabajo que iba trazando aquel hombre sobre la piel del otro. Ahí la dejé, no hubo manera de apartarla.

Más tarde me crucé con ella mientras nos preparábamos para dar la función; acicalándose apresurada me puso al tanto. El “artista” se llamaba Gus, Gus Wagner, era parte de la troupe de otro circo; ella le había pedido que le enseñara a tatuar pero él se había negado, ella insistió e insistió hasta que el hombre -Hasta que Gus- dijo ella, finalmente aceptó pero a condición de darle la lección después de una cita, -Por cada cita una lección- dijo, mientras durase la Feria Mundial. Y esa loca había aceptado…

Cada día desde entonces “Gus” tuvo su cita y Maud su lección. El cuarto día la vi regresar corriendo radiante, llegó hasta mí y saltando y palmeándome el pecho como una colegiala descubrió su hombro derecho y me mostró orgullosa una colorida mariposa, el primer tatuaje que había hecho Gus en su piel.

En octubre de ese año se casaron y a lo largo del año que siguió Gus fue explorando los mundos que Maud había creado en su imaginación y los fue plasmando sobre su piel, otro tanto hizo ella con la piel de él dibujándose mutuamente el vínculo que les unía.

Yo veía desaparecer a Maud bajo capas y capas de tinta y el día que ví que los tatuajes comenzaron a subir por su cuello no me pude contener y se lo dije, le recordé aquel lejano día en que me salvó de morir ahogado en las cataratas del Niágara, y ella sonrió, le hable de quien había sido mi compañera de aventuras desde entonces y cómo poco a poco se iba convirtiendo en una extraña y sin dejar de sonreír me dijo que eso no lo olvidaría jamás, que estaba equivocado.- Fuimos heroes Maud… y ahora solo somos gente, de circo, si… pero solo gente-. La sonrisa poco a poco se fue apagando en su rostro mientras yo daba media vuelta y me alejaba.

Ese mismo día abandoné el circo y en el primer tren que pude tomar bajé hasta Galveston donde me enrolé en la marina.

Una noche calurosa de marzo, 1898, Gus trabaja en silencio y con extrema delicadeza sobre el brazo derecho de Maud, de vez en cuando levanta la vista y escudriña en su rostro buscando alguna emoción, alguna señal, algo… pero no encuentra nada, solo el ceño fruncido y la expresión adusta, el brillo de una lágrima rebelde aun bailando en sus ojos, nada más…

Maud yace medio sentada medio acostada en el sillón de la sala mirando al vacío, cerca de ella una mesita baja donde reposa la botella de ginebra y el vaso que se sirvió más temprano, en la mañana, y que aún no ha tocado. Gus está preocupado pero no dice nada, solo trabaja, el tatuaje está casi listo, solo falta terminar las letras.

A media mañana tocaron a la puerta, al principio ninguno de los dos quiso moverse de la cama, cada uno haciéndose el dormido con la esperanza que fuese el otro a ver quién venía a molestar una mañana de sábado. Finalmente Maud se cansó de la insistencia del ruido y con desgana se cubrió con su bata y fue arrastrando los pies hasta la puerta. Gus escuchó un breve intercambio de palabras en tono quedo y la puerta cerrarse suavemente y… ¿qué fué eso?, le pareció escuchar un sollozo, sólo por eso se levantó.

Maud estaba sentada en el sillón, apretaba un papel en su mano, cuando lo vió acercarse parpadeó varias veces y le pidió una pluma y tinta. Gus se las trajo y ella le dió la vuelta al papel, lo estiró contra su muslo y comenzó a dibujar. Cuando terminó sus labios temblaban y con la voz quebrada le dijo -Quiero esto...aquí- señalando un espacio vacío en su brazo derecho.

Mientras Gus preparaba todo Maud se levantó y se sirvió un vaso de ginebra y a medio camino regresó, tomó la botella y se la llevó con ella, dejó ambas cosas sobre la mesita donde Gus iba preparando los colores.

No fué fácil, Maud no soltó el papel y Gus tenía que doblar el cuello en un ángulo bastante incómodo para captar los detalles y después transferirlos a mano alzada sobre la piel. Le llevó muchas horas pero el resultado era más que satisfactorio, Gus sabía que había hecho un buen trabajo pero no le correspondía a él decidirlo.

Apagó la máquina y poniendo una mano sobre la rodilla de Maud le dijo - Está listo- ella giró lentamente la cabeza hacia él como si en ese momento se diese cuenta que estaba ahí, luego miró su brazo y buscando en las paredes dónde estaba el espejo se levantó para ir a mirar el tatuaje, solo entonces soltó el papel que cayó junto a la pata del sillón.

Gus lo tomó y lo leyó, era un telegrama del Departamento de Marina. En tres líneas decía que el marino de primera clase Alexander V. Stevens, parte de la dotación del USS Maine, se encontraba a bordo cuando el barco había estallado y se había hundido en el puerto de La Habana, Cuba. Su cuerpo no había sido recuperado. Dejó el telegrama sobre la mesita y levantó la vista hacia Maud que aún estaba frente el espejo.

Aun miraba su tatuaje. pero no veía el águila y la bandera, veía la cara de aquel niño tonto sobre una colina en Kansas, de aquel muchacho loco que corrió con ella por los maizales tratando de alcanzar un tren que los llevara lejos, tan lejos como estuviese el circo, del hombre que la siguió y la cuidó y se aseguró que todos los arneses, escalas y trapecios estuviesen bien montados y fuesen seguros para ella. 

El nombre era para los demás, para que los demás, “la gente”, supiera quién era uno de los primeros héroes de Cuba.

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NOTA: Como escribo este cuento basado en una historia real me veo obligado a incluir esta nota. Tengo esta fotografía desde hace tiempo, desde que la ví quedé enganchado a ella y no es común que lo logre pero finalmente pude descubrir quién era esta mujer; me pareció que había que contar su historia, (aunque sin duda merecía algo mejor que esto), forzosamente me tuve que tomar un par de "libertades".

La mujer en la fotografía se llamaba Maud Stevens, nació en Kansas en 1877 y muy joven abandonó su casa y se unió a un circo ambulante donde trabajó como contorsionista y trapecista.   Efectivamente en la Feria Mundial de St. Louis conoció a Gus Wagner con quien hizo el trato descrito para que la enseñara a tatuar y con quien se casó pocos meses después. Maud es considerada la primera mujer tatuadora en los Estados Unidos. Murió el 30 de enero de 1961 en Oklahoma. Esta foto fue tomada cerca de 1911.

En el ambiente circense de finales del siglo XIX y comienzos del XX eran muy comunes los cuerpos tatuados, tanto de hombres como de mujeres y abundan fotografías que lo prueban. Esos cuerpos, en especial los femeninos eran exhibidos como "Maravillas" en las ferias ambulantes. De aquella época no se tienen registros de mujeres dedicadas a tatuar antes que Maud se iniciara de la mano de su esposo.

Una de las "libertades" anotadas es que la Feria Mundial de St. Louis se llevó a cabo en 1904 y no en 1896; la razón de "adelantar" la feria 8 años es que bajo el tatuaje del águila y la bandera parece leerse la palabra "Cuba". El águila y la bandera es el símbolo que adoptaron los Marines cuyo germen son los Rough Riders que lucharon en la guerra entre España y USA y que comenzó con el hundimiento del USS. Maine el 15 de febrero de 1898 donde murieron 256 miembros de la tripulación, (muchos de esos cuerpos nunca fueron recuperados), en el puerto de La Habana y terminó con el tratado llamado "Acuerdos de París" firmado en diciembre de ese mismo año.

El nombre "Stevens" sobre ese tatuaje obviamente es el apellido de soltera de Maud pero como no se ve el nombre lo tomé prestado para mi personaje.

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