viernes, 4 de abril de 2014

Un hombre afortunado.

Hacía unos tres, no… cuatro meses que conseguí este trabajo. Si, cuatro porque recuerdo que apenas había pasado la navidad cuando me contrataron, imposible pensar en una mejor forma de empezar el año.

Y no es poca cosa este trabajo, en especial tomando en cuenta mi edad y la poca experiencia que podía acreditar en comparación con la competencia, en fin, supongo que todo se reduce a que soy un hombre afortunado y no exagero, soy tan afortunado que no solo obtuve el empleo que tantos otros querían sino que además... la zona que me asignaron... estos tres estados... el corazón industrial del país… se me hace agua la boca pensando en las comisiones. Sin duda soy afortunado.

Pasé lo que quedaba de invierno en la casa matriz, allá en el norte, aprendiendo, conociendo el producto, preparando listas de clientes, rutas e itinerarios, poniendo en orden las cobranzas, las cuentas… en fin, haciendo la parte ingrata de mi trabajo.

Apenas se anunciaba la entrada de la primavera y ya estaba yo dando saltitos por el frío (y la impaciencia) en el andén de la estación. Nada que merezca mencionar de ese largo trayecto hasta el extremo más lejano de mi zona, punto de partida para un viaje de regreso de casi 2 meses zigzagueando entre clientes, o al menos eso suponía.

Al llegar a mi destino y bajarme del tren escuché que alguien voceaba mi nombre, un muchachito venía recorriendo el andén llamándome; traía un telegrama para mi… de parte de la casa matriz… ¡Mierda! … me ordenaban tomar de inmediato el primer tren a X, el dueño de una importante corporación había fallecido, uno de los más apetitosos clientes en mi lista, ¡y yo debía presentar los respetos en nombre de la compañía!... ¡Mierda!... ¡eso estaba al final de mi recorrido!.

Me imagino que, como todo en la vida, también la buena fortuna tiene sus limitaciones.

No solo tenía que desandar todo el trayecto que recién había recorrido, ¡además debía presentarme en un funeral!, con lo que odio los funerales, siempre me siento completamente fuera de lugar, incómodo, torpe… aterrado vaya…. y eso que mi experiencia en funerales se limitaba a los de familiares y conocidos… ¿cómo iba yo a representar a una compañía a la que acabo de entrar ante una gente que ni conozco y además en un funeral donde todos estarán tan sensibles?, clientes importantes, gordas facturas, suculentas comisiones… iban a depender de mi incompetencia social… ¡Mierda!

Y cuando llueve... diluvia… literalmente.

Los últimos coletazos del invierno provocaron su buena cuota de caos, saturando, congestionando y retrasando todos los trenes y conexiones posibles hasta X de manera tal que cuando finalmente llegué a mi destino apenas tenía tiempo de presentarme en el funeral, imposible pensar siquiera en afeitarme, ducharme y cambiarme de ropa; de hacerlo me arriesgaba a llegar cuando ya todo hubiese terminado… había pasado las últimas 24 horas rebotando en trenes arriba y abajo por medio país y estaba francamente impresentable y agotado… pero así habría de presentarme, ni pensar por un instante fallarle a la compañía en la primera emergencia a mi cargo.

El funeral se realizaba en la catedral… en LA catedral… el muerto no era cualquier hijo de vecino; sus apellidos lucían en calles, plazas, bibliotecas, teatros, modernas alas de dos o tres hospitales… en fin, que parecía que solo faltaba ponerle su nombre a la ciudad. Así de importante era el hombre.

Toda la manzana estaba rodeada por un verdadero rosario de limusinas estacionadas en doble y hasta triple fila frente a la puerta, era tal la cantidad de gente elegante en su riguroso negro que más parecía una función benéfica especial o el estreno más esperado de la temporada de ópera. En el interior el ambiente estaba caldeado por la gran cantidad de personas; las altas bóvedas devolvían el murmullo de discretas conversaciones convertido en un zumbido persistente y bastante molesto por cierto; la combinación de cientos de finas colonias y costosos perfumes hacían el aire pesado e irrespirable; la fila de gente que esperaba pacientemente para rendir el último respeto al difunto se alargaba interminable por el pasillo central del templo… por favor…. ¿por qué yo?... bueno… al menos tendría tiempo de identificar a la persona correcta para representar mi papel en nombre de la compañía y salir disparado de allí.

No hay mal que dure cien años,  para mi fortuna la fila se movía con relativa rapidez aunque no lo suficientemente rápido como para evitarme el ser testigo inocente de algunas conversaciones de muy mal gusto dadas las circunstancias.

- Mirala, es una zorra… ¿cómo se atreve?- Cuchicheaba una gruesa señora a mi derecha.- Qué asco me dá, ¿en que estaba pensando F?, ¿de dónde la sacó?-  Le respondía la vecina. Yo giraba los ojos de un lado al otro tratando de ubicar a quién se referían; caminó la fila un poco más adelante y escuché a mi izquierda - Y ahora ¿que vamos a hacer? ¡tú eras su abogado!- Preguntaba ansioso uno y el otro elevando los ojos al cielo respondía - No lo sé, ¡no lo se!, déjame en paz, el testamento es legal, ¡se lo dejó todo a ella!, ya déjenme en paz por favor-... pero... ¿de quién hablan?.

La fila se movía rápido porque la gente apenas subía la breve escalera y casi sin detenerse ante el ataúd daban media vuelta y se retiraban, y yo aún no tenía claro ante quién debía presentar mis respetos en nombre de la compañía, y tenía que hacerlo, de alguna manera debía quedar constancia, al menos en la memoria de la persona indicada, que yo había cumplido, que la compañía había cumplido y... entonces la vi.

A mano derecha, cerca del ataúd y en ángulo con la primera fila, se había dispuesto un grupo de sillas, solo una estaba ocupada. Era una mujer joven, impecable en su fino pero sencillo vestido negro; el cabello corto, cuidadosamente peinado a la moda; sin más joyas o adornos que un sencillo crucifijo de plata atado a su cuello con una cinta negra que solo servía para destacar la tersa blancura de su piel.

Permanecía sentada en su silla muy derechita con una expresión seria pero relajada, las piernas cruzadas con garbo y sobre sus rodillas sujetaba con ambas manos un pequeño bolso de mano a juego con sus zapatos, por la forma en que estaba sentada la línea de sus hombros estaba ligeramente desfasada de la línea de sus caderas lo que la obligaba a mantener la cabeza un poco girada para poder mirar hacia la gente congregada en el templo, a quienes, por cierto, miraba con cierta altivez, o así me lo parecía. Definitivamente alguien a quien valía la pena ver.

No había dudas, a ella era a quién debía presentar mis respetos y la muy sentida condolencia de la compañía y viendo que ya había muy pocas personas entre el ataúd y yo decidí confirmarlo y de la manera más torpe toqué el hombro del que tenía delante y le pregunté - Usted perdone caballero, aquella joven, será…¿la hija del difunto… tal vez?- El hombre levantó una ceja, me miró de arriba abajo y con una última mirada, como si estuviese en presencia de alguien con alguna ignota forma de retraso mental me dió la espalda sin decir palabra… qué torpe soy Dios, ¿la hija?, ella es la heredera necio… ¡la zorra asquerosa!... ¡la viuda!...(Mierda)...

Ya era mi turno y lo que ví al acercarme al ataúd terminó de descolocarme. Ese hombre más bien parecía haber muerto hacía varios años y no el día anterior. Solo huesos y pellejo, la piel cubierta de unas manchas escamosas bastante repugnantes que asomaban sobre el cuello de la camisa, la calva brillaba con el reflejo de los cirios cercanos mostrando pequeñas motas de ralo pelo blanco y la cara… Dios Bendito qué cara… la nariz tan gruesa como afilada estaba surcada de finas líneas oscuras por donde, sin duda, en tiempos mejores había circulado la sangre, los labios cruzados de profundas arrugas, que parecían los rastros de un pésimo trabajo de zurcido, no estaban completamente cerrados dejando entrever una oquedad cavernosa y reseca y el maquillaje… por favor… el intento de dar una mínima apariencia de vida a aquello había resultado en algo más parecido a una burla grotesca que a un gesto piadoso por suavizar la crudeza de la muerte a los ojos de los deudos. En conjunto algo que habría preferido no ver.

Pasmado por la bizarra visión había roto el protocolo, me había demorado ante el ataúd y al levantar la vista noté que todos me miraban; el maestro de ceremonias ya ocupaba su lugar a la izquierda, listo para dar inicio a los panegíricos, detrás de mí la gente se había desbandado, me imagino que aliviados, y nadie mas se disponía a acercarse al ataúd y yo no encontraba por donde hacer mutis con discreción. De manera instintiva giré a la derecha, ella también me miraba, sus ojos azules me escrutaban y recorrían cada detalle de mi desaliñado aspecto. Decidí que era ahora o nunca, me acercaría con rapidez, murmuraría las frases rituales pronunciando con claridad el nombre de la compañía y saldría corriendo de allí; pero en ese momento el orador comenzó su discurso y ella desvió la mirada y yo, que ya empezaba a extender la mano seguí de largo, caminando algo agachado hasta las columnas lamentando mi torpeza.

Más tranquilo y reafirmado en la voluntad de cumplir mi misión decidí quedarme cerca, a un lado de la columna, desde donde podía verla para aprovechar la primera oportunidad que se me presentase de terminar con esta pesadilla de una vez.

Los discursos se fueron sucediendo, uno tras otro con mecánica sincronía, cada uno cubría una parte de la vida del prohombre y destacaba alguna de sus virtudes, cuando se ensalzó su carácter pacífico y bondadoso ella arqueó las cejas sin disimulo, al hablar de su estatura moral ella torció los labios desviando la mirada, cuando el viejo amigo alabó su valor a toda prueba  ella apenas logró contener la carcajada, cuando se relató el especial cuidado que había puesto en el hospicio de niñas huérfanas podría jurar que su pálida piel se había tornado aún más blanca y que la mano con que aferró el crucifijo temblaba ligeramente.

Finalmente tomó la palabra el sacerdote, el Señor Obispo nada menos, y antes de empezar a hablar, calzándose bien los dorados anteojos, le dirigió una mirada fulminante a la joven viuda que se mantenía hierática en su silla. Ella no se quedó atrás y le devolvió una mirada que habría podido congelar el infierno y cuando el hombre inspiraba profundamente para comenzar su discurso ella, con un gesto desdeñoso y de profundo fastidio, se levantó, se sacudió unas motitas inexistentes de su vestido y sujetando su pequeño bolso debajo del brazo echó a andar hacia la salida.

No, no, no, ¿qué es esto?, no se puede ir, tengo que hablar con ella, transmitirle el sincero mensaje de la compañía… Tengo que hablar con ella.  A empujones me fuí abriendo paso entre la gente por el ala lateral del templo mientras ella con largos y elásticos pasos recorría el ancho pasillo central, el bolso bien sujeto, la mirada fija al frente y la mano libre volando acompasada al movimiento de sus caderas.

Yo ya corría, apartando sin miramientos a quien se me atravesara, tenía que llegar antes que ella a la puerta… y afortunadamente lo logré, por muy poco, pero lo logre. En mi carrera no había prestado la más mínima atención a lo que decía el sacerdote pero por lo visto ella si. Justo cuando llegó a mi lado se detuvo en seco, giró su cabeza con lentitud mirando sobre su hombro con expresión furibunda y con un solo gesto, en un brusco movimiento estampó su pequeño bolso contra mi pecho y sin esperar a que yo lo sujetara dió media vuelta y recorrió de regreso el camino hacia el altar.

Como si fuese un poderoso buque de guerra que va empujando el mar en su singladura la gente se iba levantando y apartando a su paso formando una ola que amenazaba con estrellarse contra la costa del altar y podría decirse que así mismo sucedió pues ella continuó caminando, subió de un salto los escalones y sin detenerse empujó con ambas manos el ataúd tirándolo al suelo, haciendo añicos todo lo podía romperse, quebrando, descolocando y sumiendo en el caos toda la parafernalia funeraria que tan primorosamente se había dispuesto.

El grito colectivo que apenas comenzaba a surgir murió en seco cuando ella se volteó rápidamente y encaró a la multitud. Una visión terrible en verdad, que afortunado fui de estar lejos de ella en ese momento. El Obispo miraba con la boca abierta el destrozo, aún sostenía en una mano temblorosa las cuartillas y ella de una zancada se acercó y de un certero zarpazo se las arrancó de la mano; la reacción del pobre fue dar dos prudentes pasos hacia atrás.

Ella apretó la mandíbula, endureció aún más la mirada y recorrió con ella toda la multitud boquiabierta; acto seguido y con la misma elástica elegancia que antes recorrió de nuevo la nave central rumbo a la puerta.

Yo la veía acercarse a mí a paso vivo, no parecía tener intención de detenerse, a unos metros de mí extendió la mano en un gesto imperioso reclamando su bolsito que tomó al vuelo cuando se lo tendí y con el mismo paso, el mismo compás de caderas, el mismo vuelo de su mano, acentuado por las cuartillas que sostenía, traspuso las puertas de la catedral hacia la calle.

Yo la seguí indeciso, (y francamente temeroso), hasta afuera, ella bajó los escalones y al llegar a la calle se detuvo, alzó su rostro al cielo y respiró profundamente, varias veces… entonces pareció percatarse de las cuartillas que llevaba en la mano y con un gesto desdeñoso las arrojó lejos de sí. Se giró hacia la catedral y me vió ahí, todavía en lo alto de la escalinata; entornó ligeramente los ojos y al cabo de un momento me preguntó - ¿Le apetece un café?- y sin esperar mi respuesta sonrió con picardía y ofreciéndome el brazo dijo - Venga conmigo, seguramente en “MI” ciudad encontraremos donde tomarnos uno-.

Para consternación de la compañía nunca llegué a cumplír el encargo y de la casa matriz no tardaron en emitir serios y contundentes telegramas reprendiéndome por mi falta y usándola como justificación para despedirme sin miramientos. Afortunadamente, pocos meses después de lo que acabo de relatarles ya no necesitaba aquel trabajo, de hecho, ya no necesitaba ningún trabajo.

Si señor, soy un hombre afortunado.

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