sábado, 5 de abril de 2014

K.



Como llegó se fué.

Discretamente.

En silencio.

Como si su presencia fuese lo más natural, como si siempre hubiese estado ahí espiando invisible a los que vivíamos tontamente, infantilmente los primeros brotes de una quimérica libertad.

Como si su ausencia fuese tan natural como el silencio que media entre un latido y el siguiente; como esa pequeña pausa de muerte ininterrumpida e imperceptible que es la auténtica prueba de la vida.

Así. Tan natural.

Otros guardan memoria de ella, se que no la inventé. En cualquier caso, sé que no habría sido capaz de inventarla.

Habría que estar delirando para inventar una piel así y desquiciado para dejar en ella la impertinente huella de la impaciencia, la imprudencia. La impericia.

Nunca lo intenté.

Su cuerpo, menudo, frágil, perturbadoramente andrógino a duras penas contenía todo lo salvaje femenino que bullía en ella y que se desbordaba a raudales por sus ojos, ardía en su voz, se derramaba en el suave balanceo de su cabeza, en el intrincado baile de sus caderas al andar.

En su mano, en su mirada. uno se sabía insecto pero uno era el más fascinante de los insectos, era la victoria y ella, la más acuciosa de las investigadoras, habría podido describirme en absoluto detalle.

Dibujarme.

Esculpirme.

K sabía mirar, sabía tocar, aprendiendo enseñaba.

Inventaba, concluía, patentaba.

El beso siempre secreto, oscuro, silencioso, perdido. Una promesa y una condena. Un impuesto a la vida que pagaba cada tarde. Un voto renovado de sacrificio inútil. La agonía del momento perfecto.

El primero, irrepetible, se remedaba a sí mismo día con día sin perder frescura pero creciendo en amenaza, cualquiera habría de ser el último.

Y aquel, sin aviso, fue el último.

Un pasillo estrecho de muerte. Abajo suena el invierno. Arriba bailan telas y cables. La boca abierta, la carcajada en silencio, los ojos enormes como nunca. La oferta: “ahora viene lo mejor”.

Nunca volvió.

La pausa entre latidos se ha hecho eterna, pero sé que estoy vivo.

Y sé que no la inventé. No habría sido capaz.

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