miércoles, 2 de abril de 2014

Diana

Aquí todos nos conocemos. No hay lugar para engaños... no… aquí no... aquí cada quien sabe qué lugar ocupa en el grupo; todos sabemos, o al menos intuimos, cómo llegó cada uno, no hay que contar la historia, no hace falta. Entre nosotros no hay necesidad de códigos, normas, ni títulos ni etiquetas...no, aquí no.

No cualquiera puede estar aquí, la barrera de entrada es tan alta como larga puede ser una vida y la puerta tan estrecha como esquiva puede ser la fortuna. Los que estamos aquí estamos en la cúspide, si estamos aquí es porque nuestros enemigos son historia, porque nuestros adversarios fueron finamente molidos y arrastrados por el viento y la lluvia a los albañales, a las cunetas, a los oscuros bajos de algún puente… de eso se trata la vida, nuestra vida… a eso la dedicamos y este es el premio.

Pero aquí, a cientos de metros sobre los demás mortales, muy por encima del ganado del que nos servimos para satisfacer nuestros apetitos, inaccesibles para aquellos que usamos a placer para cumplir nuestros caprichos. Aquí en la acolchada atmósfera que nos hemos hecho, en este espeso silencio de espejos velados, tabaco y whisky no estamos solos, no estamos exentos de peligro.

No hay lugar para engaños… no.

Se llama Diana. Ninguno de nosotros podría afirmar que ese sea en verdad su nombre pero, en honor a la verdad, cuando entra aquí esa es la menor de nuestras preocupaciones.

Se siente en la piel, como una descarga que salta de uno al otro transmitiéndose como una ola, imponiendo silencio, imponiendo temblores. A veces, no siempre, igual que sucede en las tormentas eléctricas en las que uno puede oler el ozono antes que caiga el rayo, a veces, al abrirse la puerta ese impreciso pero inconfundible aroma a dulces cítricos y exóticas especias se desliza sinuoso imponiendo su presencia, disparando la adrenalina.

Siempre llega sin aviso, siempre provoca esa conmoción mal disimulada, esa agitación agónica de quienes se saben mal ubicados, entre aquellos que preferirían estar en otro lugar, al centro del grupo tal vez y no en la periferia; entre aquellos que ya se sienten demasiado viejos, débiles o enfermos como para emprender la lucha por su supervivencia, la vital resistencia; entre los que se saben demasiado jóvenes e inexpertos como para enfrentarse a ella y salir airosos.

Ella sabe, mejor que cualquiera de nosotros, qué lugar ocupamos en el grupo.

Y lo disfruta.

Diana no tiene prisa, nunca tiene prisa, ella es dueña de su tiempo y mientras baja la breve escalinata de la entrada va recorriendo la sala con esos ojos de insólito color dorado, esa mirada serena y el gesto displicente de sus dedos deslizándose, acariciando la delgada barandilla. Sus elegantes zapatos no hacen ruido sobre la gruesa alfombra, su delicado vestido parece inmóvil, suspendido, seda muda que se confunde, se pierde de vista, resbalando contra su piel como una ola que comienza a retirarse. Se está adueñando del espacio, de nuestro tiempo. Está escogiendo su presa.

No necesito verla, hace mucho tiempo que me gané mi lugar aquí y ya lo he visto suceder muchas veces. En el centro de la sala se elevan las voces, seguro también se gesticula con vehemencia. Si, es todo un despliegue de autoritaria virilidad, la seguridad que da el grupo, la fuerza colectiva en un frente común de exagerada, y fingida, indiferencia.

Seguro ella sonríe con sus dientes perfectos apenas asomados entre sus labios, sonríe con ese hoyuelo cínico mientras mira en dirección contraria a la bravata, Diana sabe que es cuestión de tiempo. Aún no están en su punto. Ella nunca tiene prisa.

Nunca nadie ha escuchado la voz de Diana, ella no la necesita aquí, ella solo camina lentamente entre las mesas y mientras lo hace los que pueden se van apartando de su camino, algunos con más discreción que otros, algunos con más fortuna que otros. Ella solo camina, acechando, buscando con más sentidos de los que uno pueda imaginar aquel que cometa un error, aquel que no sea lo suficientemente rápido, lo suficientemente listo, lo suficientemente fuerte... y siempre encuentra alguno.

Hoy he sido yo.

Me he quedado colgado de los hielos en mi vaso, me distraje, le dí la espalda a la puerta y me dejé llevar repitiendo en mi memoria esa escena que he visto tantas veces desde lugares más seguros de la sala. Sin darme cuenta la barra se ha ido quedando sola mientras ella venía caminando, me he quedado embriagado en el ensueño de su perfume que ya me rodea y me sujeta. Un aroma irrepetible, nadie en el mundo huele como ella, bien lo sé yo.

Y ahí me he quedado, solo en la barra y ya ella está a mi lado con una sonrisa que en otra mujer podría tenerse por dulce, su mirada imperturbable y serena, su cuello elegante y su piel perfecta. En este punto nada más existe en el mundo, solo ella. Solo Diana y mi destino. Una sola y misma cosa.

Cierro los ojos y me aferro al vaso como si eso pudiese salvarme. Ella posa suavemente su mano en la mía para que suelte ese inútil pedazo de cristal, acerca su cuerpo al mío rozando el más íntimo de sus huesos contra mi pierna, explora mi cuello con sus labios buscando el punto exacto donde podrá aferrarme y llevarme de aquí.

Diana tiene secretos. Ese misterio es parte de su poder y no seré yo quien los desvele, ya no tendría sentido, ya no me importa. Nada les debo a los que quedaron allá en la cúspide de su falso poder. Diana es discreta, no le gusta que otros vean lo que hace con sus presas. Nadie ha regresado jamás para contarlo y así debe ser.

La dulce firmeza de sus dientes en mi cuerpo, los rápidos y certeros arabescos que dibujaron en mi sus uñas, el imperceptible peso de su cuerpo oscilando en decididas embestidas, la mirada salvaje…

Para alguien como yo, con la vida que he llevado… ¡a mi edad!... puedo entender que la muerte con Diana es la única muerte que merece la pena ser vivida. Ya no hay miedo. Pero no me permito equivocarme, otra vez no. Para Diana no soy nada, no soy más que un entremés, un abreboca para el festín del fin de semana.


No hay lugar para engaños... no… aquí no... yo soy la presa y Diana la cazadora.

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