sábado, 19 de abril de 2014

Ev



Es Evelyn, Evelyn McHale…. Es Ev pero no se lo voy a decir a nadie.

Igual tarde o temprano lo van a averiguar. No adelantaría nada dándomelas de enterado, ahí está la cartera, a alguno de estos idiotas se le ocurrirá revisarla y es mejor que me mantenga a un lado, que nadie sepa de mí.

Un carro de la ONU… que puntería.

Evelyn carajo ¿en qué estabas pensando?.

¿Estabas pensando?

Todo esto es estúpido… estúpidamente trágico, inútil. Nadie va a tener compasión de tí Ev, todos los muertos terminan por ser buenos pero tú no, los suicidas no, los suicidas nunca son buenos, siempre son culpables de algo o débiles o alcohólicos o drogadictos… o locos. ¿Creerá alguien que tú solo estabas aburrida?. ¿Quién te va a llorar? ¿quién tendrá compasión de tí y pedirá por la salvación de tu alma? yo no, eso es seguro, aunque me diste miles de razones jamás te insulté mientras vivías y no lo voy a hacer ahora que estás muerta.

Dios como eres bella. Si vieras toda esta histeria que has provocado estarías feliz, estarías entretenida un rato.

Increible… mantienes esa calma indiferente como aquel día en el bar cuando nos conocimos. Si, yo se que estás muerta, ni modo estar más animada pero mírate, la misma expresión relajada y ausente, en verdad parece una de esas siestas que te echabas en cualquier sitio en cualquier momento cuando querías huir del hastío que te provocábamos.

¿Dónde quedaron tus zapatos?; que vicio con los zapatos tenías, seguro quedaron allá arriba... seguro, ni pensar en dañarlos contra el pavimento. Ese destello en tus ojos ante una zapatería era la prueba irrefutable que algo en tu alma aún vivía, zapatos… esos si eran orgasmos… ¿verdad que si?...  yo lo sabía, yo te espiaba cuando te los ponías por primera vez, si…. ¿por qué crees que te regalaba tantos?

Y mataste a un hombre. No se si ya lo sabes... ahí está el pobre…. debajo de tí. Un carro de la ONU… un simple chofer… qué puntería.

Nunca tuviste compasión de nadie ¿por qué ibas a tenerla por este pobre chofer?. Evelyn, ¿qué carajo querías de nosotros?. Veníamos de una guerra, veníamos del hambre, el frío y el miedo; veníamos de ese vacío, de la nada autoinducida de la negación, la culpa y el arrepentimiento; veníamos de vuelta de todos los horrores y todas las vergüenzas y tu… tu nos mirabas como quien mira una piedra...en medio de una cantera.

Que estúpido es todo esto, tan estúpido que me siento avergonzado haber abrigado esperanzas alguna vez, de todos los planes. Cuántas veces Ev, cuántas veces me dejé el alma en tu piel; cuántas veces en el desayuno mientras como un imbécil iba tejiendo sueños tu mirabas sobre mi hombro como si allá atrás estuviese sucediendo algo más interesante, como si la puerta de la nevera pudiera ofrecerte lo que yo no podía, lo que yo soñaba para tí. Por supuesto que tiré la maldita nevera, estuvo dos días ahí atravesada en la escalera, todo un escándalo, me tuve que mudar.

Pobre infeliz... tendrá que esperar que te saquen a tí antes de poder intentar sacarlo a él. Cuando llegue el forense tomarán algunas fotos y luego levantarán tu cuerpo, lo pondrán en una camilla o en la acera, no lo sé, y lo cubrirán con una sábana o algo, te meteran en el furgón y adiós; otra vez Ev, por enésima vez adiós.

Por última vez.

No más “te quieros”, no más noches en vela espiando tu casa, no más zapatos, no más siestas groseras, no más tus cejas... nunca más tus cejas ni tus labios, no más fría indiferencia ni aburrimiento. No más antros ni drogas ni alcohol. No más nada. De nuevo el vacío es mío.

Un vacío a tu medida, el vacío perfecto. Ahora que estás muerta no siento absolutamente nada, ni siquiera sorpresa o asombro, mucho menos tristeza o rabia. Te veo ahí tendida con esa plácida tranquilidad, tan bien puesta que si no te hubiese visto caer me costaría creer lo que estoy viendo y negaría la evidencia.

Si, te ví caer y de todos los gritos ninguno fue tuyo, caiste en silencio y el aire movía tus brazos, parecía que te despedias de todo y de todos pero sé que no es así, no fue así, habría sido impropio de tí despedirte. Como si te importara, como si alguna vez te hubiera importado algo, alguien, al menos una de todas las veces que te dije adios. Creo que lo que más me deprimía era la indiferencia con que me mirabas y encendías tu cigarrillo y dejabas que el humo se escapara por tu nariz sin decir ni media palabra.

¿En que carajo estabas pensando?. Una vez mi padre me dijo que él no tenía la culpa que yo fuese incapaz de sentir pasión por nada; claro, eso fue antes de la guerra, antes de conocerte. Ahora da igual, no está ninguno de los dos. No tiene la menor importancia. Si me viera hoy no me quedaría más remedio que darle la razón… pero ya no importa.

Ahí llegan los de azul, gritando órdenes, empujando a los curiosos. No tardaron tanto… claro, es un carro de la ONU, les habrán metido prisas.

Ay Ev… ¿donde quedaron tus zapatos?, tal vez debería subir a buscarlos o tal vez… mejor... debería ir a tu casa antes que descubran quién eras y por qué te echaste a volar. No quiero que sepan de mí, no podría volver a prisión.

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Nota: La mujer en la foto se llamaba Evelyn McHale y se suicidó saltando de el Empire State Building, aterrizó sobre un carro de la ONU. Solo encontré registro del hecho, no de sus razones. Ocurrió en 1947.

miércoles, 9 de abril de 2014

Niebla



Nadie es inocente. Tal vez algunas personas durante algún periodo de su vida lo sean, tal vez... pero bien sabe Dios que yo no me cuento entre ellas. Me siento viejo y seguramente lo soy. Tal vez sea demasiado viejo ya para cargar con mis memorias, para seguir lidiando con mis recuerdos a la vez que sigo lidiando con la vida pero no hay nada que pueda hacer.

Aún faltan algunas horas para que termine mi turno ante el timón. El capitán y el resto de la tripulación duermen tranquilos, confiados en mi pericia y en mi conocimiento del río. La poca brisa que corre apenas es suficiente para agitar levemente las velas que cuelgan lacias, chorreando agua por la humedad de la niebla que nos envuelve desde el final de la tarde. Por fortuna en esta parte del río la corriente es suficiente para empujar con suavidad el barco hacia la bahía.

Nunca me ha preocupado la niebla. Allá en mi tierra era una constante, uno se acostumbra desde pequeño a vivir en ella, pronto se hace parte de uno, parte de la vida.

Crecí en una pequeña granja escondida en un alto valle al norte de los Cárpatos, en la lejana Rutenia. Mi padre, mi hermano y yo cultivábamos aquella estrecha tira de tierra y criábamos ovejas. Madre había muerto cuando yo aún era un niño de unas fiebres malignas así que no tengo recuerdos de ella.

Una vez al año, al final del largo invierno, mi padre llevaba la lana y otros productos de la tierra al lejano mercado donde los vendía o cambiaba por lo que fuese necesario para resistir otro año en aquel duro paisaje de montañas azules y afiladas peñas.

Tal vez sea la nostalgia pero creo que vivíamos bien, teníamos lo que necesitabamos, alimentos, una casa pequeña pero cómoda y acogedora, mucho trabajo eso sí, pero valía la pena, al menos yo era feliz.

Al morir padre mi hermano Rolfe quedó encargado de la granja, ahora él decidía que se hacía y cómo y cuándo se hacía; él llevaba la lana al mercado y el escogía y compraba lo que necesitáramos. No lo hacía mal, pero me imagino que si padre lo hubiese llevado con él alguna vez en alguno de sus viajes para enseñarle lo habría hecho mejor.

En una oportunidad se tardó más de lo acostumbrado y tras varios días de retraso lo oí llegar cerca del final del día, el ruido del carromato, los cencerros de los bueyes que tiraban de él y sus gritos me sacaron del sopor de una aburrida tarde de verano. Venía de pié en el pescante y me llamaba a grandes voces para que saliera a ver lo que traía. Traía una esposa.

María no era mucho mayor que yo, era casi una niña, no le calculé más de dieciséis o diecisiete años y aunque la veía un poco intimidada mostraba un gran aplomo mientras miraba todo con sus grandes ojos azules, mientras ayudaba a bajar las cosas del carro y mientras conocía lo poco que había que conocer de la casa y tomaba posesión del fogón y así, sin haberse refrescado ni cambiado, recién llegada, comenzó a preparar la cena.

Fue un gran cambio en nuestra vida, no solo porque hizo que, ahora si, valiese la pena sentarse a la mesa sino porque pronto toda nuestra ropa estuvo limpia y todos los desgarrones y partes gastadas fueron zurcidas y remendadas. Con la lana que conservábamos tejía fajas y cinturones, gorros; las rústicas pellizas de piel de oveja que usábamos para protegernos del frío pronto fueron cambiadas por verdaderos abrigos de lana.

María no paraba, todo el tiempo estaba ocupada con algo; había puesto orden en aquel desorden que era nuestra vida desde que madre había muerto y que se había agudizado desde que padre la había seguido. María había tomado el control, repartía tareas y obligaciones, vigilaba que todo se hiciera y ¡que se hiciera bien!, siempre con una sonrisa y una palabra o un gesto amable pero siempre inflexible. Fue un gran cambio en nuestra vida.

Pronto llegó el primer hijo, Viktor. Rolfe la acosaba cada vez que estaba cerca de ella y ella muchas veces se mostraba reticente. Yo pensaba que se trataba de mí, de estar los tres en aquella pequeña casa en la que no había espacio para la intimidad así que, si el tiempo lo permitía, me iba afuera sin decir palabra; en invierno me hacía el dormido roncando con fuerza e insistencia mientras duraban las urgencias de mi hermano. Nada cambió para María, aún embarazada, aún con el crío colgado del seno ella se afanaba en sus quehaceres siempre con su sonrisa, siempre con ese brillo en sus ojos azules.

Mi hermano seguía yendo al mercado todos los años y yo quedaba con ella y pasaba esas semanas en aquella soledad sin poder quitarle los ojos de encima, oliendo todas las hierbas del campo en su ropa cuando se acercaba tanto a mí al servirme la cena, tan cerca de mí que me mareaba y tenía que sujetarme con fuerza al borde de la mesa para no caer, para no salir corriendo, para no sujetar su brazo…

Un día volvía del potrero, recogía las ovejas para pasar la noche y la vi frente a la casa, doblada sobre un barreño lavándose, el cabello recogido en un alto moño, la camisola de lino sin mangas empapada y sus senos pequeños trazando dibujos contra la tela mojada cada vez que se movía al echarse agua en el cuello o en las axilas… tardé en reaccionar, estaba hipnotizado, cuando me di cuenta ella me miraba divertida, con los brazos en jarras y la tela pegada a su cuerpo; me señalaba las ovejas que habían vuelto a desperdigarse por el campo. Muy poco me importaban ya las benditas ovejas, caminé decidido hacia ella, la levanté en vilo y sobre la paja apilada a un costado de la casa su débil resistencia pronto se convirtió en íntima complicidad.

En los tres años que siguieron María trajo al mundo dos hijos más, Alex y Lukas, no sabría decir si alguno de ellos era mío.

Un año bastante malo, el segundo consecutivo, fue muy poco lo que Rolfe pudo llevar a vender, aún así cuando regresó venía muy excitado, entusiasmado. En la taberna del pueblo donde se realizaba el mercado había escuchado cómo le leían una carta a un parroquiano. No podía dar crédito a lo que escuchaba y durante los días que estuvo allá y durante el largo camino de regreso a nuestro estrecho valle se fue gestando el proyecto, se fue consolidando el sueño. Iríamos a América.

Calado hasta los huesos por la fría mortaja de niebla que me rodea hago sonar la campana de bronce que cuelga sobre la bitácora a intervalos regulares. La perceptible agitación de las aguas y el olor me avisan que nos acercamos a la desembocadura del río; hay que tener cuidado, en esta parte hay más tráfico de botes y barcos; más allá está la barra y al fondo de la bahía la ciudad.

La ciudad.

No ha cambiado mucho desde que llegamos, sin duda ha crecido, hoy hay puentes y edificios que entonces no existían, la ciudad ha crecido a lo ancho y a lo alto. Millones de personas siguen llegando a ella de todas partes del mundo; muchos se van buscando horizontes más lejanos pero son más los que se quedan en ella y de estos son muchos los que mueren sin que nadie note su falta. Esta ciudad se levanta hacia el cielo sobre la miseria de la tierra. De los sórdidos callejones y nauseabundos pozos de oscuridad y violencia ocultos a los ojos de Dios nació; de ahí surgió la fuerza que la levantó.

Rolfe había aprendido algo de húngaro y de polaco en sus viajes al mercado negociando los animales, la lana y todo lo que llevaba y lo que necesitábamos a hombres venidos de otras tierras. Gracias a ello pudo entenderse y medio entablar amistad con un polaco que también viajaba con toda su familia mientras estuvimos retenidos en aquella pequeña islita a la vista de la ciudad.

Con ellos fuimos a dar al barrio polaco, un verdadero ghetto, uno entre cientos que componían la ciudad, donde finalmente y al borde del pánico y pagando el precio de un palacio conseguimos alojamiento en el segundo piso de un anexo de tablas mal levantado, al fondo de un estrecho callejón sobre un patio de fétidas aguas estancadas, basura, barro y ratas del tamaño de un perro.

El espacio era mayor que el que teníamos en casa pero María, Rolfe, los tres niños y yo tendríamos que ingeniárnoslas para acomodarnos en él, lo compartíamos con otra familia.

Al cabo de unas semanas mi hermano y yo logramos encontrar trabajo en los muelles como estibadores, el puerto tenía una actividad frenética, los barcos entraban y salían, cargaban y descargaban uno tras otro sin parar. María en casa cuidaba de los niños y sentados en el colchón que era la cama familiar hacían collares de abalorios y flores de papel que después salían a vender.

Pasaban los meses y nuestra situación no mejoraba, el invierno fue crudísimo ¡y nosotros sabíamos de inviernos y de frío! pero aquello era diferente, la humedad reinante y permanente lo hacían insoportable, además nuestros abrigos ya solo eran un recuerdo de lo que fueron y no podíamos encender un fuego decente para calentarnos por temor a provocar un incendio, teníamos que conformarnos con una hornilla de carbón y la estufa común para intentar caldear aquella habitación.

La amargura de Rolfe crecía día con día, trabajábamos como verdaderos animales por un jornal miserable y por más que María se esforzaba con sus collares, bordados y flores estábamos siempre rayando en la frontera del hambre; no fueron pocas las veces que nosotros tuvimos que dejar de comer para que los niños pudiesen llevarse algo a la boca. Rolfe estaba todo el tiempo de mal humor y sus visitas a las tabernas eran cada vez más frecuentes.

Viktor, mi sobrino mayor, logró hacerse un lugar entre los niños que repartían el periódico. Me partía el alma. Prácticamente tenía que dormir en la calle, acurrucado en los portales del edificio del periódico para ser de los primeros en recibir un pesado bulto de papeles impresos; era la única forma, de otro modo no tendría oportunidad de llevar aquellos magros pero necesarios centavos a la casa cada día.

Yo estaba cansado ya de doblar el lomo bajo pesados paquetes, sacos, cajas. Todo el tiempo tenía la piel de las manos en carne viva por tirar de las cuerdas de las grúas y cabrestantes y ya estaba harto, francamente harto de recibir regaños por las ausencias de Rolfe y de los problemas y peleas causadas por su mal carácter. Después de muchos intentos conseguí una plaza en una de las pequeñas goletas mercantes que hacían la ruta de los ríos; el salario era mucho mejor y aunque eso significaba estar ausente por semanas la paga la recibía al final del viaje por lo que podía ayudar mejor a María a solventar los gastos de la familia entre viaje y viaje.

La niebla se deshace en fantasmagóricos jirones mientras el barco se acerca a la barra, a duras penas se distinguen los destellos del faro, fogonazos de un amarillo sanguinolento velados por esta pared movediza que apenas permite ver unas brazas más allá de la proa, a veces el destello llega en un momento en que la niebla se ha abierto un poco y es tan breve que da la impresión de haberse detenido el tiempo y el movimiento de las olas por un instante y así me parecía que transcurría mi vida y la de mi familia en aquellos primeros viajes. Como destellos de angustia que cortaban la monotonía de mis ausencias.

Un día llegue a la casa y me encontré a María sentada con la labor en el regazo y la mirada opaca, sus ojos azules velados por la niebla de la tristeza, Alex y Lukas dormían acurrucados en un rincón; llorando desconsolada me contó que a Viktor lo había golpeado un cabriolé al cruzar una avenida, el conductor no se detuvo, ni siquiera volteó; azotó con las riendas el lomo del caballo y se perdió de vista. Había sido muy grave. Pocas horas después Viktor había muerto y como ella no tenía dinero lo habían llevado al campo de misericordia y lo habían enterrado en una de esas fosas comunes. Rolfe se había enterado dos días después de lo ocurrido cuando llegó a casa, la había culpado a ella y la había golpeado.

En otra ocasión al llegar encontré a los niños solos, al cuidado de una pareja de ancianos que acababa de mudarse a aquel antro que llamaba “casa”. María había estado enferma, los vecinos creyeron que era el tifus y las autoridades se la llevaron al sanatorio. No, no sabían donde estaba Rolfe, no lo conocían. Tardé mucho en encontrarla y me costó casi toda mi paga lograr que me dejaran llevármela a casa. A mi hermano no pareció importarle nada de aquello, iba y venía cuando y como le venía en gana sin preocuparse de nada, ni por los niños ni por su mujer ni por nada.

Un día al abrir la puerta me encontré toda la habitación invadida por desconocidos, todos me miraban y no parecían entender nada de lo que yo les decía, evidentemente hacía muy poco que habían llegado a estas tierras, la única respuesta que obtuve cuando ya me desesperaba preguntando por María y los niños fue la amenaza de unos cuchillos rápidamente desenfundados de sus cintos y blandidos con cautela pero con determinación. Tuve que retirarme.

De regreso en la oscura escalera una vieja roñosa y desdentada, esa vieja roñosa que había estado ahí toda la vida sentada en un cajón, tanto tiempo que ya parecía parte de la edificación sujetó la manga de mi camisa, yo retiré el brazo con repugnancia y alce la mano dispuesto a darle una bofetada y ella echándose hacia atrás movió la boca como si intentara recordar como hablar. Finalmente con su voz rota y en un polaco que me costó mucho trabajo entender me dijo - Está muerta - y me lo repitió varias veces como si esa horrible frase le sirviera para retomar la capacidad de comunicarse.

Me contó cómo un día había visto a Rolfe esforzarse por subir la escalera, completamente borracho, resbaló y se cayó varias veces, finalmente había llegado al rellano, había abierto la puerta empujándola con todo el peso de su cuerpo y sin molestarse en cerrarla y dando traspiés había llegado a donde estaba María y halándola por el cabello había intentado besarla mientras con mano torpe intentaba quitarle el vestido. Ella se negó y lo rechazó. La vieja me contó cómo la había golpeado enfurecido mi hermano, la vieja había visto todo lo que sucedió después, los golpes, los gritos, el horror… me contó como llegó la policía horas después, demasiadas horas después y lo encontraron a él aún tendido durmiendo la borrachera y a ella con la falda levantada, rota, desmañada en un rincón como una muñeca de trapo olvidada… muerta.

A él se lo llevó la policía, no sabía qué estaba pasando, no entendía quién o por qué se lo estaban llevando. A ella también se la llevaron, cubierta con una sábana sucia. Y la vieja me contaba todo esto y de súbito se me detuvo el corazón y me faltó el aire, se me hizo un nudo en el estómago y agarrándola y sacudiéndola por los huesudos brazos le pregunté desesperado - ¿Y los niños?, ¿dónde están los niños? - ella me miró un momento y lentamente levantó los hombros en un gesto elocuente.

Pasé muchos días buscándolos, por los rincones, los callejones y portales; por los sucios patios y por las quebradas, preguntando a todo el que se me cruzaba. Nunca los encontré. Si hubiesen sido niñas tal vez habría sido mucho más fácil; las niñas abandonadas no duran mucho en la calle, siempre hay un alma caritativa que las recoge y las atiende siempre y cuando ellas atiendan bien a los clientes, pero los niños no. Con los niños es diferente.

La niebla cubre la bahía ocultando la ciudad, no va a durar mucho más, en este espacio más amplio sopla el viento del océano que pronto la barrerá y no falta mucho para el amanecer.

- Buenos días Maestre, ¿alguna novedad? -.
- Buenos días Capitán, no señor ninguna, todo en orden -.
- Bien -.

La goleta poco a poco toma velocidad, atravesamos la bahía y a estribor veo la baja silueta de aquella pequeña isla donde llegamos hace tantos años cargados de esperanzas, contagiados por el sueño de Rolfe.

Todavía están ahí aquellas largas barracas donde tuvimos que quedarnos mientras se arreglaban los papeles, donde un día el jefe de estación convenció a María de vestir sus mejores galas y posar para él, quería tomarle una fotografía y ella se sentó muy quieta con su chaleco y su blusa bordada, su faja tejida a mano y su pañuelo de lino… y sus collares, todos sus collares; nerviosa, seria, con su piel quemada por el sol y el salado viento marino no se atrevía a mover ni siquiera sus ojos, sus hermosos ojos azules

martes, 8 de abril de 2014

El Fin.


No hay placer.

No hay dolor.

No es fácil romper el ciclo.

Muchos respetan, adoran, temen, pero pocos comprenden lo que significa ser un Sadhu. Algunos nos desprecian, nos ven por los caminos y en los ojos que nos siguen se ve claramente su desdén aunque se inclinen en respetuoso saludo. Ellos son prisioneros. Esto no es un atajo, esto es comprensión; el camino a la liberación. La vida de un Sadhu es compromiso, sacrificio, renuncia. El propósito es la liberación definitiva del ciclo del karma.

Shiva marca el camino, Shiva es el camino, el modelo. De los tres aspectos del Trimurti; Brahma y Vishnu crean y perpetúan el ciclo pero Shiva es la puerta, la ruptura, la destrucción, el fin del egoísmo, del interés, el fin de Maya.

En algún momento fuí joven, tuve familia, mi propósito era el propósito de mi padre, mi vida habría de ser una repetición de la suya pero un día cruzó la aldea un hombre santo, un Sadhu completamente desnudo, cubierto de pies a cabeza con cenizas sagradas, arrastrando el cabello por el polvoriento camino. Una larga rama de Banyan le servía de apoyo.

Los pocos que no estaban en los campos y lo vieron pasar lo saludaron con respeto. El continuó su lento caminar sin dar muestras de haber notado a quienes se cruzaban y se apartaban inclinándose con las manos unidas. Seguía un camino antiguo y solo por él conocido; estas personas no existían, la aldea no existía.

¿Por qué recuerdo esto?, ¿cuál es el mensaje?...

La oscuridad y el silencio han signado esta ilusión que otros llamarían vida desde las orillas de su ignorancia, tras los barrotes de su prisión de carne no son capaces de ver la verdad; las tres líneas cenicientas en mi frente son  la señal, la promesa. Una vida de meditación profunda, de castigo y subyugación de la materia, de esta carne que me ata al ciclo inefable del karma. Aprender para olvidar. Olvidar para aprender. Esa es la clave. La mortificación el camino.

Y ya conozco los caminos, muchos. Los de esta tierra y los de el espíritu. Aquel fue el primer verdadero camino que recorrí, en pos del hombre santo subiendo la montaña. Empujado por la curiosidad di mi primer paso hacia la iluminación.

No me importó dejar atrás a mi familia, las veleidades egoístas de mi padre, la corrupta decadencia de mi madre, trayendo niños al mundo sin cesar; repitiendo y multiplicando los ciclos del karma, dándoles continuidad y mi padre acentuándolos pues, cada vez que mi madre le daba una hija, él llevaba el bebé al torrente cercano a…”bañarla”... y volvía con las manos vacías.

Todas las aguas alimentan el Ganges, en eso mi padre no estaba equivocado, un ciclo interminable de vida y muerte viejo como el mundo, infinito como la verdad. Todos transitamos este río que es la vida pero solo el Ganges nos limpia de ella.

La primera vez que ví el Ganges ya llevaba con mi maestro varios años, caminando, viajando. Siempre hay que estar en movimiento, uno no puede permitirle a la carne que se acostumbre al descanso y la molicie. El único momento en que el cuerpo no se mueve es durante la meditación pero eso no significa olvidarse de él. El cuerpo debe ser sometido, aleccionado, dominado, hasta que el dolor deje de existir. El trabajo es constante.

¿Se trata de esto?, ¿me he desviado y debo recordar?. En el vacío absoluto de esta larga meditación la luz pugna por abrirse paso.

La luz.

Uno de esos días luminosos en que ya los campos echan de menos el monzón tomé mi primer discípulo. Fueron tantos, todos eran uno solo. Todos eran el mismo. Tomábamos las ofrendas de alimento que nos dejaba la gente. Caminábamos, meditábamos, recorríamos la orilla del gran río recogiendo la ceniza de las piras funerarias para marcar nuestro cuerpo. Ellos aprendían a cantar los Vedas, a meditar, a retorcer su cuerpo con el yoga, a controlar sus apetitos. Yo aprendía a ir más lejos, más profundo dentro de mí. Aprendía a no ser para poder ser.

Un maestro no enseña a su discípulo, éste aprende de aquel, viendo, escuchando, sintiendo, imitando. Si no conoce las respuestas no tiene sentido que haga preguntas porque esas preguntas serían vanidad, serían preguntas del ego y si conoce las respuestas no tiene sentido que haga las preguntas pues estas serían desperdicio y no puede haber desperdicios. El maestro aprende a caminar por el mundo sin dejar huellas en el tejido del Maya; el discípulo debe aprender a seguir esos caminos con la única guía de su dedicación y compromiso.

Algunos discípulos siguieron su camino al cabo de grandes esfuerzos y de mucho tiempo, otros se borraron a sí mismos mientras yo estaba sumido en alguna meditación. Nada de lo que suceda en este mundo de ilusión nos llega. En el silencio interior no hay tiempo, no hay distancias, no hay sonidos. No hay nada.

En la nada se sumerge el que busca la verdad sin garantías de encontrarla, sin garantías de no perderse... sin garantías de regresar. A veces las meditaciones duran tanto tiempo que cuando uno regresa a esta ilusión no es capaz de reconocerla, hay que hacer un esfuerzo por aceptarla de nuevo, por comprenderla, por asumir el castigo de seguir atado a ella.

Se que estoy volviendo lentamente, eso deben significar todos estos recuerdos, estos deshechos de Maya que aún no he logrado desterrar. Es la materia tendiendo los lazos que buscan amarrarme, sujetarme a ella. Siento la luz, me rodea, me calienta. Siento que estoy tan cerca y sin embargo sé que esta sucesión de imágenes y recuerdos parecen indicar lo contrario. Vuelvo a mi cuerpo. ¿Vuelvo a mi prisión?.

El calor es demasiado intenso, abrir los párpados me obliga a un esfuerzo tremendo; aunque el silencio es absoluto sé que mi viaje ha terminado, la luz seca es cegadora, demasiado cruda violenta; esta no es la luz que busco. Mis brazos y mis piernas están cubiertos de llagas que no soy capaz de recordar.

La ilusión ha cambiado y no soy capaz de reconocerla.

Apenas puedo reconocer este gran bloque sobre el que estoy sentado y lo conozco, cada año me he sentado aquí a meditar tras purificarme en las aguas sagradas del Ganges… El Ganges. El gran río no está; allá abajo, a varios metros de donde estoy sentado se extiende una costra de tierra oscura y reseca, cuarteada como mi piel de la que asciende un olor putrefacto de muerte vieja.

Y no le temo a la muerte, hace mucho tiempo morí yo también. Mi maestro me guió por los campos del silencio, me develó sus misterios, condujo los ritos funerarios que marcaron el fin de mi vida. El ritual era necesario para dejar de ser quien era pero esto es diferente; no es la muerte del yo, es la muerte de Maya, el fin de la ilusión y yo estoy atrapado en ella.

Todo está cubierto por un fino polvillo grisáceo y nada se mueve; ni siquiera hay viento, ni aves en el cielo que lo remonten. Allá en la otra orilla, en lugar de aquel océano verde que me recibía en cada regreso se extiende una llanura de tierra donde baila la luz una fantasmagórica danza, ilusiones dentro de la ilusión.

El mundo de la vanidad y la miseria, el mundo del egoísmo, el deseo... está vacío, muerto; solo estoy yo y por primera vez en mucho tiempo siento hambre…

… y sed, mucha sed...

domingo, 6 de abril de 2014

Cosas, viajes, palabras.


Voy embarcado en un viaje sin retorno a un destino que desconozco. He estado ahí muchas veces ya, pero cada vez que he rozado sus fronteras todo ha cambiado, cada vez es otro lugar. Cada vez ha vuelto a ser una zona en blanco en el mapa de la experiencia.

El tiempo carece de lugar en esta historia y la geografía tiene el mismo valor que aquella canción que nunca aprendí porque nunca tuve la intención de escucharla completa. Da igual dónde esté ella o donde esté yo; nunca hemos compartido el mismo espacio y el tiempo es un foso insalvable, así que… ¿para qué mortificarse con esas precisiones?.

Las cosas nunca son como uno quiere que sean y uno pronto aprende a conformarse con ello porque la opción es aterradora. La vida, esta cosa extraña que es tan fácil de medir y de contar, está llena de falacias que se van aprendiendo y se van adoptando como propias en el perverso esfuerzo de preservar la cordura... como si una vida de cordura fuese la única opción. La vida de muchos se limita a eso, al falaz esquema de la natural insanía.

A veces uno descubre que el buen camino no es el camino correcto y hace falta mucho valor, mucha locura para cambiar de rumbo pero más aún para no cambiarlo. Es necesaria una fuerza extraordinaria para renunciar, para desviar la mirada, mantener la deriva. Para algunos esto se convierte en bandera de orgullo y brillo, para otros en la roca que tuvo que empujar Sísifo como castigo. Mi roca es enorme.

Era inevitable que supiera de su existencia; alguien va contando nuestra historia antes que esta suceda y nosotro nos limitamos a poner los acentos, los puntos y las comas mientras bajamos por el torrente que otro pensó para nosotros. Esas cosas hay que tenerlas claras. Los hilos se cruzan de acuerdo al capricho de otro. Era inevitable saber de ella. Era inevitable el lazo, el nudo que enriqueciera nuestras tramas.

Decir cómo sucedió sería extenderme en la parte fútil, en lo banal cotidiano, un rebote a tres bandas de principiante. Aquí también en el principio fue el verbo. Ella solo era unas palabras; una imagen diminuta de quien es en realidad, el sospechoso fulgor de un universo lejano y digo universo porque decir galaxia sería desmerecerla, disminuirla en brillo y omnipresencia.

Una breve frase cazada al vuelo en un cielo de palabras. La más esquiva, la más alejada, la menos esperada despegó mis pies del suelo. Una pregunta, un saludo, un comentario. Palabras, palabras. Son cosas que apilamos en almacenes sin orden ni concierto. Hoy nos sobran muchas; de verdad no necesitamos tantas, hoy necesitamos silencio. No tenemos respeto tenemos intenciones y las palabras son alas al mismo tiempo que escudos. Con ellas escalamos, sobre ellas nos desplomamos. Palabras, que cosas tan curiosas son. Tan comunes que olvidamos su valor, su poder.

Ella no, ella sabe, ella maneja las palabras y le bastaron tres o cuatro en el momento justo para sacarme de mi derrota y magnetizar mi brújula. Para proponerme un nuevo viaje, el camino correcto de la locura. Un viaje sin destino que realizo en solitario pues así deben ser estos viajes. Tal vez en algún punto la marea nos una, tal vez no; tal vez ella emprendió el mismo viaje, tal vez no. ¿Qué importancia puede tener?.

El viaje es lento pero inexorable, sin más equipaje que un sueño y una fantasía. Puras sustancias de la esperanza que derraman su color en la larga noche del hastío constelando el paisaje de memorias imborrables.

Solo hay palabras entre ella y yo, las que invitan, las que enseñan, las que atan. Las palabras que desnudan las cosas de sus infames disfraces, las que señalan los defectos, los propios que son los únicos importantes. Las palabras que derrotan las vergüenzas, los misterios y los secretos. Las que hablan solas del pasado y sus tristezas sin necesidad de boca que las pronuncie. Las que dibujan futuros rodando por sonrisas. Las que muestran las cumbres coronadas de carcajadas. Palabras, miles y miles desgranadas con paciencia en largas conversaciones. Así deben ser las cosas. Así son, muchas veces, estos viajes.

Ayer finalmente me reconocí cartografiando pacientemente su piel; señalando en cada poro una isla salvadora; nombrando continentes en sus lunares; esos lunares que ella no menciona pero que yo conozco bien por haber volado tantas veces sobre ellos. Ayer conocí de sus puertas y sus pilares; ayer supe de su arte y acepté sumiso mi papel de alumno; admitiendo la necesidad de guía ante semejante laberinto.

Palabras, que cosas tan poderosas, que vigorosas imágenes crean, que portentosas ataduras para marcar el alma.

Aún me faltan tantas cosas: el refugio de su cuello, el ansia de su abrazo, la vida de sus labios, el caudal inagotable de su voz. ¿Cuántas palabras serán necesarias?. La piel no escucha, la piel no quiere más palabras pero eso es lo que hay, de entre todas las cosas sólo las palabras..

Una de las pocas cosas que he aprendido es a tener paciencia. Los viajes duran lo que deben durar, ni más ni menos; tarde o temprano llegaré a destino sea lo que este sea, sea con ella o sin ella; este viaje, algún día terminará. 

Tal vez entonces mi roca aumente en peso, o tal vez no; tal vez se aligere y desaparezca. Tal vez logre reconocer ese lugar desde sus fronteras y logre saltar el foso del tiempo aunque ya no sea mucho el que me quede. Tal vez al final sean muy pocas cosas las que me queden pendientes.

Al final tal vez olvidemos las palabras, las cosas y los viajes y solo seamos silencio y piel. No lo sé.

Mientras tanto… yo sigo viajando.

sábado, 5 de abril de 2014

K.



Como llegó se fué.

Discretamente.

En silencio.

Como si su presencia fuese lo más natural, como si siempre hubiese estado ahí espiando invisible a los que vivíamos tontamente, infantilmente los primeros brotes de una quimérica libertad.

Como si su ausencia fuese tan natural como el silencio que media entre un latido y el siguiente; como esa pequeña pausa de muerte ininterrumpida e imperceptible que es la auténtica prueba de la vida.

Así. Tan natural.

Otros guardan memoria de ella, se que no la inventé. En cualquier caso, sé que no habría sido capaz de inventarla.

Habría que estar delirando para inventar una piel así y desquiciado para dejar en ella la impertinente huella de la impaciencia, la imprudencia. La impericia.

Nunca lo intenté.

Su cuerpo, menudo, frágil, perturbadoramente andrógino a duras penas contenía todo lo salvaje femenino que bullía en ella y que se desbordaba a raudales por sus ojos, ardía en su voz, se derramaba en el suave balanceo de su cabeza, en el intrincado baile de sus caderas al andar.

En su mano, en su mirada. uno se sabía insecto pero uno era el más fascinante de los insectos, era la victoria y ella, la más acuciosa de las investigadoras, habría podido describirme en absoluto detalle.

Dibujarme.

Esculpirme.

K sabía mirar, sabía tocar, aprendiendo enseñaba.

Inventaba, concluía, patentaba.

El beso siempre secreto, oscuro, silencioso, perdido. Una promesa y una condena. Un impuesto a la vida que pagaba cada tarde. Un voto renovado de sacrificio inútil. La agonía del momento perfecto.

El primero, irrepetible, se remedaba a sí mismo día con día sin perder frescura pero creciendo en amenaza, cualquiera habría de ser el último.

Y aquel, sin aviso, fue el último.

Un pasillo estrecho de muerte. Abajo suena el invierno. Arriba bailan telas y cables. La boca abierta, la carcajada en silencio, los ojos enormes como nunca. La oferta: “ahora viene lo mejor”.

Nunca volvió.

La pausa entre latidos se ha hecho eterna, pero sé que estoy vivo.

Y sé que no la inventé. No habría sido capaz.

viernes, 4 de abril de 2014

Un hombre afortunado.

Hacía unos tres, no… cuatro meses que conseguí este trabajo. Si, cuatro porque recuerdo que apenas había pasado la navidad cuando me contrataron, imposible pensar en una mejor forma de empezar el año.

Y no es poca cosa este trabajo, en especial tomando en cuenta mi edad y la poca experiencia que podía acreditar en comparación con la competencia, en fin, supongo que todo se reduce a que soy un hombre afortunado y no exagero, soy tan afortunado que no solo obtuve el empleo que tantos otros querían sino que además... la zona que me asignaron... estos tres estados... el corazón industrial del país… se me hace agua la boca pensando en las comisiones. Sin duda soy afortunado.

Pasé lo que quedaba de invierno en la casa matriz, allá en el norte, aprendiendo, conociendo el producto, preparando listas de clientes, rutas e itinerarios, poniendo en orden las cobranzas, las cuentas… en fin, haciendo la parte ingrata de mi trabajo.

Apenas se anunciaba la entrada de la primavera y ya estaba yo dando saltitos por el frío (y la impaciencia) en el andén de la estación. Nada que merezca mencionar de ese largo trayecto hasta el extremo más lejano de mi zona, punto de partida para un viaje de regreso de casi 2 meses zigzagueando entre clientes, o al menos eso suponía.

Al llegar a mi destino y bajarme del tren escuché que alguien voceaba mi nombre, un muchachito venía recorriendo el andén llamándome; traía un telegrama para mi… de parte de la casa matriz… ¡Mierda! … me ordenaban tomar de inmediato el primer tren a X, el dueño de una importante corporación había fallecido, uno de los más apetitosos clientes en mi lista, ¡y yo debía presentar los respetos en nombre de la compañía!... ¡Mierda!... ¡eso estaba al final de mi recorrido!.

Me imagino que, como todo en la vida, también la buena fortuna tiene sus limitaciones.

No solo tenía que desandar todo el trayecto que recién había recorrido, ¡además debía presentarme en un funeral!, con lo que odio los funerales, siempre me siento completamente fuera de lugar, incómodo, torpe… aterrado vaya…. y eso que mi experiencia en funerales se limitaba a los de familiares y conocidos… ¿cómo iba yo a representar a una compañía a la que acabo de entrar ante una gente que ni conozco y además en un funeral donde todos estarán tan sensibles?, clientes importantes, gordas facturas, suculentas comisiones… iban a depender de mi incompetencia social… ¡Mierda!

Y cuando llueve... diluvia… literalmente.

Los últimos coletazos del invierno provocaron su buena cuota de caos, saturando, congestionando y retrasando todos los trenes y conexiones posibles hasta X de manera tal que cuando finalmente llegué a mi destino apenas tenía tiempo de presentarme en el funeral, imposible pensar siquiera en afeitarme, ducharme y cambiarme de ropa; de hacerlo me arriesgaba a llegar cuando ya todo hubiese terminado… había pasado las últimas 24 horas rebotando en trenes arriba y abajo por medio país y estaba francamente impresentable y agotado… pero así habría de presentarme, ni pensar por un instante fallarle a la compañía en la primera emergencia a mi cargo.

El funeral se realizaba en la catedral… en LA catedral… el muerto no era cualquier hijo de vecino; sus apellidos lucían en calles, plazas, bibliotecas, teatros, modernas alas de dos o tres hospitales… en fin, que parecía que solo faltaba ponerle su nombre a la ciudad. Así de importante era el hombre.

Toda la manzana estaba rodeada por un verdadero rosario de limusinas estacionadas en doble y hasta triple fila frente a la puerta, era tal la cantidad de gente elegante en su riguroso negro que más parecía una función benéfica especial o el estreno más esperado de la temporada de ópera. En el interior el ambiente estaba caldeado por la gran cantidad de personas; las altas bóvedas devolvían el murmullo de discretas conversaciones convertido en un zumbido persistente y bastante molesto por cierto; la combinación de cientos de finas colonias y costosos perfumes hacían el aire pesado e irrespirable; la fila de gente que esperaba pacientemente para rendir el último respeto al difunto se alargaba interminable por el pasillo central del templo… por favor…. ¿por qué yo?... bueno… al menos tendría tiempo de identificar a la persona correcta para representar mi papel en nombre de la compañía y salir disparado de allí.

No hay mal que dure cien años,  para mi fortuna la fila se movía con relativa rapidez aunque no lo suficientemente rápido como para evitarme el ser testigo inocente de algunas conversaciones de muy mal gusto dadas las circunstancias.

- Mirala, es una zorra… ¿cómo se atreve?- Cuchicheaba una gruesa señora a mi derecha.- Qué asco me dá, ¿en que estaba pensando F?, ¿de dónde la sacó?-  Le respondía la vecina. Yo giraba los ojos de un lado al otro tratando de ubicar a quién se referían; caminó la fila un poco más adelante y escuché a mi izquierda - Y ahora ¿que vamos a hacer? ¡tú eras su abogado!- Preguntaba ansioso uno y el otro elevando los ojos al cielo respondía - No lo sé, ¡no lo se!, déjame en paz, el testamento es legal, ¡se lo dejó todo a ella!, ya déjenme en paz por favor-... pero... ¿de quién hablan?.

La fila se movía rápido porque la gente apenas subía la breve escalera y casi sin detenerse ante el ataúd daban media vuelta y se retiraban, y yo aún no tenía claro ante quién debía presentar mis respetos en nombre de la compañía, y tenía que hacerlo, de alguna manera debía quedar constancia, al menos en la memoria de la persona indicada, que yo había cumplido, que la compañía había cumplido y... entonces la vi.

A mano derecha, cerca del ataúd y en ángulo con la primera fila, se había dispuesto un grupo de sillas, solo una estaba ocupada. Era una mujer joven, impecable en su fino pero sencillo vestido negro; el cabello corto, cuidadosamente peinado a la moda; sin más joyas o adornos que un sencillo crucifijo de plata atado a su cuello con una cinta negra que solo servía para destacar la tersa blancura de su piel.

Permanecía sentada en su silla muy derechita con una expresión seria pero relajada, las piernas cruzadas con garbo y sobre sus rodillas sujetaba con ambas manos un pequeño bolso de mano a juego con sus zapatos, por la forma en que estaba sentada la línea de sus hombros estaba ligeramente desfasada de la línea de sus caderas lo que la obligaba a mantener la cabeza un poco girada para poder mirar hacia la gente congregada en el templo, a quienes, por cierto, miraba con cierta altivez, o así me lo parecía. Definitivamente alguien a quien valía la pena ver.

No había dudas, a ella era a quién debía presentar mis respetos y la muy sentida condolencia de la compañía y viendo que ya había muy pocas personas entre el ataúd y yo decidí confirmarlo y de la manera más torpe toqué el hombro del que tenía delante y le pregunté - Usted perdone caballero, aquella joven, será…¿la hija del difunto… tal vez?- El hombre levantó una ceja, me miró de arriba abajo y con una última mirada, como si estuviese en presencia de alguien con alguna ignota forma de retraso mental me dió la espalda sin decir palabra… qué torpe soy Dios, ¿la hija?, ella es la heredera necio… ¡la zorra asquerosa!... ¡la viuda!...(Mierda)...

Ya era mi turno y lo que ví al acercarme al ataúd terminó de descolocarme. Ese hombre más bien parecía haber muerto hacía varios años y no el día anterior. Solo huesos y pellejo, la piel cubierta de unas manchas escamosas bastante repugnantes que asomaban sobre el cuello de la camisa, la calva brillaba con el reflejo de los cirios cercanos mostrando pequeñas motas de ralo pelo blanco y la cara… Dios Bendito qué cara… la nariz tan gruesa como afilada estaba surcada de finas líneas oscuras por donde, sin duda, en tiempos mejores había circulado la sangre, los labios cruzados de profundas arrugas, que parecían los rastros de un pésimo trabajo de zurcido, no estaban completamente cerrados dejando entrever una oquedad cavernosa y reseca y el maquillaje… por favor… el intento de dar una mínima apariencia de vida a aquello había resultado en algo más parecido a una burla grotesca que a un gesto piadoso por suavizar la crudeza de la muerte a los ojos de los deudos. En conjunto algo que habría preferido no ver.

Pasmado por la bizarra visión había roto el protocolo, me había demorado ante el ataúd y al levantar la vista noté que todos me miraban; el maestro de ceremonias ya ocupaba su lugar a la izquierda, listo para dar inicio a los panegíricos, detrás de mí la gente se había desbandado, me imagino que aliviados, y nadie mas se disponía a acercarse al ataúd y yo no encontraba por donde hacer mutis con discreción. De manera instintiva giré a la derecha, ella también me miraba, sus ojos azules me escrutaban y recorrían cada detalle de mi desaliñado aspecto. Decidí que era ahora o nunca, me acercaría con rapidez, murmuraría las frases rituales pronunciando con claridad el nombre de la compañía y saldría corriendo de allí; pero en ese momento el orador comenzó su discurso y ella desvió la mirada y yo, que ya empezaba a extender la mano seguí de largo, caminando algo agachado hasta las columnas lamentando mi torpeza.

Más tranquilo y reafirmado en la voluntad de cumplir mi misión decidí quedarme cerca, a un lado de la columna, desde donde podía verla para aprovechar la primera oportunidad que se me presentase de terminar con esta pesadilla de una vez.

Los discursos se fueron sucediendo, uno tras otro con mecánica sincronía, cada uno cubría una parte de la vida del prohombre y destacaba alguna de sus virtudes, cuando se ensalzó su carácter pacífico y bondadoso ella arqueó las cejas sin disimulo, al hablar de su estatura moral ella torció los labios desviando la mirada, cuando el viejo amigo alabó su valor a toda prueba  ella apenas logró contener la carcajada, cuando se relató el especial cuidado que había puesto en el hospicio de niñas huérfanas podría jurar que su pálida piel se había tornado aún más blanca y que la mano con que aferró el crucifijo temblaba ligeramente.

Finalmente tomó la palabra el sacerdote, el Señor Obispo nada menos, y antes de empezar a hablar, calzándose bien los dorados anteojos, le dirigió una mirada fulminante a la joven viuda que se mantenía hierática en su silla. Ella no se quedó atrás y le devolvió una mirada que habría podido congelar el infierno y cuando el hombre inspiraba profundamente para comenzar su discurso ella, con un gesto desdeñoso y de profundo fastidio, se levantó, se sacudió unas motitas inexistentes de su vestido y sujetando su pequeño bolso debajo del brazo echó a andar hacia la salida.

No, no, no, ¿qué es esto?, no se puede ir, tengo que hablar con ella, transmitirle el sincero mensaje de la compañía… Tengo que hablar con ella.  A empujones me fuí abriendo paso entre la gente por el ala lateral del templo mientras ella con largos y elásticos pasos recorría el ancho pasillo central, el bolso bien sujeto, la mirada fija al frente y la mano libre volando acompasada al movimiento de sus caderas.

Yo ya corría, apartando sin miramientos a quien se me atravesara, tenía que llegar antes que ella a la puerta… y afortunadamente lo logré, por muy poco, pero lo logre. En mi carrera no había prestado la más mínima atención a lo que decía el sacerdote pero por lo visto ella si. Justo cuando llegó a mi lado se detuvo en seco, giró su cabeza con lentitud mirando sobre su hombro con expresión furibunda y con un solo gesto, en un brusco movimiento estampó su pequeño bolso contra mi pecho y sin esperar a que yo lo sujetara dió media vuelta y recorrió de regreso el camino hacia el altar.

Como si fuese un poderoso buque de guerra que va empujando el mar en su singladura la gente se iba levantando y apartando a su paso formando una ola que amenazaba con estrellarse contra la costa del altar y podría decirse que así mismo sucedió pues ella continuó caminando, subió de un salto los escalones y sin detenerse empujó con ambas manos el ataúd tirándolo al suelo, haciendo añicos todo lo podía romperse, quebrando, descolocando y sumiendo en el caos toda la parafernalia funeraria que tan primorosamente se había dispuesto.

El grito colectivo que apenas comenzaba a surgir murió en seco cuando ella se volteó rápidamente y encaró a la multitud. Una visión terrible en verdad, que afortunado fui de estar lejos de ella en ese momento. El Obispo miraba con la boca abierta el destrozo, aún sostenía en una mano temblorosa las cuartillas y ella de una zancada se acercó y de un certero zarpazo se las arrancó de la mano; la reacción del pobre fue dar dos prudentes pasos hacia atrás.

Ella apretó la mandíbula, endureció aún más la mirada y recorrió con ella toda la multitud boquiabierta; acto seguido y con la misma elástica elegancia que antes recorrió de nuevo la nave central rumbo a la puerta.

Yo la veía acercarse a mí a paso vivo, no parecía tener intención de detenerse, a unos metros de mí extendió la mano en un gesto imperioso reclamando su bolsito que tomó al vuelo cuando se lo tendí y con el mismo paso, el mismo compás de caderas, el mismo vuelo de su mano, acentuado por las cuartillas que sostenía, traspuso las puertas de la catedral hacia la calle.

Yo la seguí indeciso, (y francamente temeroso), hasta afuera, ella bajó los escalones y al llegar a la calle se detuvo, alzó su rostro al cielo y respiró profundamente, varias veces… entonces pareció percatarse de las cuartillas que llevaba en la mano y con un gesto desdeñoso las arrojó lejos de sí. Se giró hacia la catedral y me vió ahí, todavía en lo alto de la escalinata; entornó ligeramente los ojos y al cabo de un momento me preguntó - ¿Le apetece un café?- y sin esperar mi respuesta sonrió con picardía y ofreciéndome el brazo dijo - Venga conmigo, seguramente en “MI” ciudad encontraremos donde tomarnos uno-.

Para consternación de la compañía nunca llegué a cumplír el encargo y de la casa matriz no tardaron en emitir serios y contundentes telegramas reprendiéndome por mi falta y usándola como justificación para despedirme sin miramientos. Afortunadamente, pocos meses después de lo que acabo de relatarles ya no necesitaba aquel trabajo, de hecho, ya no necesitaba ningún trabajo.

Si señor, soy un hombre afortunado.