domingo, 6 de abril de 2014

Cosas, viajes, palabras.


Voy embarcado en un viaje sin retorno a un destino que desconozco. He estado ahí muchas veces ya, pero cada vez que he rozado sus fronteras todo ha cambiado, cada vez es otro lugar. Cada vez ha vuelto a ser una zona en blanco en el mapa de la experiencia.

El tiempo carece de lugar en esta historia y la geografía tiene el mismo valor que aquella canción que nunca aprendí porque nunca tuve la intención de escucharla completa. Da igual dónde esté ella o donde esté yo; nunca hemos compartido el mismo espacio y el tiempo es un foso insalvable, así que… ¿para qué mortificarse con esas precisiones?.

Las cosas nunca son como uno quiere que sean y uno pronto aprende a conformarse con ello porque la opción es aterradora. La vida, esta cosa extraña que es tan fácil de medir y de contar, está llena de falacias que se van aprendiendo y se van adoptando como propias en el perverso esfuerzo de preservar la cordura... como si una vida de cordura fuese la única opción. La vida de muchos se limita a eso, al falaz esquema de la natural insanía.

A veces uno descubre que el buen camino no es el camino correcto y hace falta mucho valor, mucha locura para cambiar de rumbo pero más aún para no cambiarlo. Es necesaria una fuerza extraordinaria para renunciar, para desviar la mirada, mantener la deriva. Para algunos esto se convierte en bandera de orgullo y brillo, para otros en la roca que tuvo que empujar Sísifo como castigo. Mi roca es enorme.

Era inevitable que supiera de su existencia; alguien va contando nuestra historia antes que esta suceda y nosotro nos limitamos a poner los acentos, los puntos y las comas mientras bajamos por el torrente que otro pensó para nosotros. Esas cosas hay que tenerlas claras. Los hilos se cruzan de acuerdo al capricho de otro. Era inevitable saber de ella. Era inevitable el lazo, el nudo que enriqueciera nuestras tramas.

Decir cómo sucedió sería extenderme en la parte fútil, en lo banal cotidiano, un rebote a tres bandas de principiante. Aquí también en el principio fue el verbo. Ella solo era unas palabras; una imagen diminuta de quien es en realidad, el sospechoso fulgor de un universo lejano y digo universo porque decir galaxia sería desmerecerla, disminuirla en brillo y omnipresencia.

Una breve frase cazada al vuelo en un cielo de palabras. La más esquiva, la más alejada, la menos esperada despegó mis pies del suelo. Una pregunta, un saludo, un comentario. Palabras, palabras. Son cosas que apilamos en almacenes sin orden ni concierto. Hoy nos sobran muchas; de verdad no necesitamos tantas, hoy necesitamos silencio. No tenemos respeto tenemos intenciones y las palabras son alas al mismo tiempo que escudos. Con ellas escalamos, sobre ellas nos desplomamos. Palabras, que cosas tan curiosas son. Tan comunes que olvidamos su valor, su poder.

Ella no, ella sabe, ella maneja las palabras y le bastaron tres o cuatro en el momento justo para sacarme de mi derrota y magnetizar mi brújula. Para proponerme un nuevo viaje, el camino correcto de la locura. Un viaje sin destino que realizo en solitario pues así deben ser estos viajes. Tal vez en algún punto la marea nos una, tal vez no; tal vez ella emprendió el mismo viaje, tal vez no. ¿Qué importancia puede tener?.

El viaje es lento pero inexorable, sin más equipaje que un sueño y una fantasía. Puras sustancias de la esperanza que derraman su color en la larga noche del hastío constelando el paisaje de memorias imborrables.

Solo hay palabras entre ella y yo, las que invitan, las que enseñan, las que atan. Las palabras que desnudan las cosas de sus infames disfraces, las que señalan los defectos, los propios que son los únicos importantes. Las palabras que derrotan las vergüenzas, los misterios y los secretos. Las que hablan solas del pasado y sus tristezas sin necesidad de boca que las pronuncie. Las que dibujan futuros rodando por sonrisas. Las que muestran las cumbres coronadas de carcajadas. Palabras, miles y miles desgranadas con paciencia en largas conversaciones. Así deben ser las cosas. Así son, muchas veces, estos viajes.

Ayer finalmente me reconocí cartografiando pacientemente su piel; señalando en cada poro una isla salvadora; nombrando continentes en sus lunares; esos lunares que ella no menciona pero que yo conozco bien por haber volado tantas veces sobre ellos. Ayer conocí de sus puertas y sus pilares; ayer supe de su arte y acepté sumiso mi papel de alumno; admitiendo la necesidad de guía ante semejante laberinto.

Palabras, que cosas tan poderosas, que vigorosas imágenes crean, que portentosas ataduras para marcar el alma.

Aún me faltan tantas cosas: el refugio de su cuello, el ansia de su abrazo, la vida de sus labios, el caudal inagotable de su voz. ¿Cuántas palabras serán necesarias?. La piel no escucha, la piel no quiere más palabras pero eso es lo que hay, de entre todas las cosas sólo las palabras..

Una de las pocas cosas que he aprendido es a tener paciencia. Los viajes duran lo que deben durar, ni más ni menos; tarde o temprano llegaré a destino sea lo que este sea, sea con ella o sin ella; este viaje, algún día terminará. 

Tal vez entonces mi roca aumente en peso, o tal vez no; tal vez se aligere y desaparezca. Tal vez logre reconocer ese lugar desde sus fronteras y logre saltar el foso del tiempo aunque ya no sea mucho el que me quede. Tal vez al final sean muy pocas cosas las que me queden pendientes.

Al final tal vez olvidemos las palabras, las cosas y los viajes y solo seamos silencio y piel. No lo sé.

Mientras tanto… yo sigo viajando.

sábado, 5 de abril de 2014

K.



Como llegó se fué.

Discretamente.

En silencio.

Como si su presencia fuese lo más natural, como si siempre hubiese estado ahí espiando invisible a los que vivíamos tontamente, infantilmente los primeros brotes de una quimérica libertad.

Como si su ausencia fuese tan natural como el silencio que media entre un latido y el siguiente; como esa pequeña pausa de muerte ininterrumpida e imperceptible que es la auténtica prueba de la vida.

Así. Tan natural.

Otros guardan memoria de ella, se que no la inventé. En cualquier caso, sé que no habría sido capaz de inventarla.

Habría que estar delirando para inventar una piel así y desquiciado para dejar en ella la impertinente huella de la impaciencia, la imprudencia. La impericia.

Nunca lo intenté.

Su cuerpo, menudo, frágil, perturbadoramente andrógino a duras penas contenía todo lo salvaje femenino que bullía en ella y que se desbordaba a raudales por sus ojos, ardía en su voz, se derramaba en el suave balanceo de su cabeza, en el intrincado baile de sus caderas al andar.

En su mano, en su mirada. uno se sabía insecto pero uno era el más fascinante de los insectos, era la victoria y ella, la más acuciosa de las investigadoras, habría podido describirme en absoluto detalle.

Dibujarme.

Esculpirme.

K sabía mirar, sabía tocar, aprendiendo enseñaba.

Inventaba, concluía, patentaba.

El beso siempre secreto, oscuro, silencioso, perdido. Una promesa y una condena. Un impuesto a la vida que pagaba cada tarde. Un voto renovado de sacrificio inútil. La agonía del momento perfecto.

El primero, irrepetible, se remedaba a sí mismo día con día sin perder frescura pero creciendo en amenaza, cualquiera habría de ser el último.

Y aquel, sin aviso, fue el último.

Un pasillo estrecho de muerte. Abajo suena el invierno. Arriba bailan telas y cables. La boca abierta, la carcajada en silencio, los ojos enormes como nunca. La oferta: “ahora viene lo mejor”.

Nunca volvió.

La pausa entre latidos se ha hecho eterna, pero sé que estoy vivo.

Y sé que no la inventé. No habría sido capaz.

viernes, 4 de abril de 2014

Un hombre afortunado.

Hacía unos tres, no… cuatro meses que conseguí este trabajo. Si, cuatro porque recuerdo que apenas había pasado la navidad cuando me contrataron, imposible pensar en una mejor forma de empezar el año.

Y no es poca cosa este trabajo, en especial tomando en cuenta mi edad y la poca experiencia que podía acreditar en comparación con la competencia, en fin, supongo que todo se reduce a que soy un hombre afortunado y no exagero, soy tan afortunado que no solo obtuve el empleo que tantos otros querían sino que además... la zona que me asignaron... estos tres estados... el corazón industrial del país… se me hace agua la boca pensando en las comisiones. Sin duda soy afortunado.

Pasé lo que quedaba de invierno en la casa matriz, allá en el norte, aprendiendo, conociendo el producto, preparando listas de clientes, rutas e itinerarios, poniendo en orden las cobranzas, las cuentas… en fin, haciendo la parte ingrata de mi trabajo.

Apenas se anunciaba la entrada de la primavera y ya estaba yo dando saltitos por el frío (y la impaciencia) en el andén de la estación. Nada que merezca mencionar de ese largo trayecto hasta el extremo más lejano de mi zona, punto de partida para un viaje de regreso de casi 2 meses zigzagueando entre clientes, o al menos eso suponía.

Al llegar a mi destino y bajarme del tren escuché que alguien voceaba mi nombre, un muchachito venía recorriendo el andén llamándome; traía un telegrama para mi… de parte de la casa matriz… ¡Mierda! … me ordenaban tomar de inmediato el primer tren a X, el dueño de una importante corporación había fallecido, uno de los más apetitosos clientes en mi lista, ¡y yo debía presentar los respetos en nombre de la compañía!... ¡Mierda!... ¡eso estaba al final de mi recorrido!.

Me imagino que, como todo en la vida, también la buena fortuna tiene sus limitaciones.

No solo tenía que desandar todo el trayecto que recién había recorrido, ¡además debía presentarme en un funeral!, con lo que odio los funerales, siempre me siento completamente fuera de lugar, incómodo, torpe… aterrado vaya…. y eso que mi experiencia en funerales se limitaba a los de familiares y conocidos… ¿cómo iba yo a representar a una compañía a la que acabo de entrar ante una gente que ni conozco y además en un funeral donde todos estarán tan sensibles?, clientes importantes, gordas facturas, suculentas comisiones… iban a depender de mi incompetencia social… ¡Mierda!

Y cuando llueve... diluvia… literalmente.

Los últimos coletazos del invierno provocaron su buena cuota de caos, saturando, congestionando y retrasando todos los trenes y conexiones posibles hasta X de manera tal que cuando finalmente llegué a mi destino apenas tenía tiempo de presentarme en el funeral, imposible pensar siquiera en afeitarme, ducharme y cambiarme de ropa; de hacerlo me arriesgaba a llegar cuando ya todo hubiese terminado… había pasado las últimas 24 horas rebotando en trenes arriba y abajo por medio país y estaba francamente impresentable y agotado… pero así habría de presentarme, ni pensar por un instante fallarle a la compañía en la primera emergencia a mi cargo.

El funeral se realizaba en la catedral… en LA catedral… el muerto no era cualquier hijo de vecino; sus apellidos lucían en calles, plazas, bibliotecas, teatros, modernas alas de dos o tres hospitales… en fin, que parecía que solo faltaba ponerle su nombre a la ciudad. Así de importante era el hombre.

Toda la manzana estaba rodeada por un verdadero rosario de limusinas estacionadas en doble y hasta triple fila frente a la puerta, era tal la cantidad de gente elegante en su riguroso negro que más parecía una función benéfica especial o el estreno más esperado de la temporada de ópera. En el interior el ambiente estaba caldeado por la gran cantidad de personas; las altas bóvedas devolvían el murmullo de discretas conversaciones convertido en un zumbido persistente y bastante molesto por cierto; la combinación de cientos de finas colonias y costosos perfumes hacían el aire pesado e irrespirable; la fila de gente que esperaba pacientemente para rendir el último respeto al difunto se alargaba interminable por el pasillo central del templo… por favor…. ¿por qué yo?... bueno… al menos tendría tiempo de identificar a la persona correcta para representar mi papel en nombre de la compañía y salir disparado de allí.

No hay mal que dure cien años,  para mi fortuna la fila se movía con relativa rapidez aunque no lo suficientemente rápido como para evitarme el ser testigo inocente de algunas conversaciones de muy mal gusto dadas las circunstancias.

- Mirala, es una zorra… ¿cómo se atreve?- Cuchicheaba una gruesa señora a mi derecha.- Qué asco me dá, ¿en que estaba pensando F?, ¿de dónde la sacó?-  Le respondía la vecina. Yo giraba los ojos de un lado al otro tratando de ubicar a quién se referían; caminó la fila un poco más adelante y escuché a mi izquierda - Y ahora ¿que vamos a hacer? ¡tú eras su abogado!- Preguntaba ansioso uno y el otro elevando los ojos al cielo respondía - No lo sé, ¡no lo se!, déjame en paz, el testamento es legal, ¡se lo dejó todo a ella!, ya déjenme en paz por favor-... pero... ¿de quién hablan?.

La fila se movía rápido porque la gente apenas subía la breve escalera y casi sin detenerse ante el ataúd daban media vuelta y se retiraban, y yo aún no tenía claro ante quién debía presentar mis respetos en nombre de la compañía, y tenía que hacerlo, de alguna manera debía quedar constancia, al menos en la memoria de la persona indicada, que yo había cumplido, que la compañía había cumplido y... entonces la vi.

A mano derecha, cerca del ataúd y en ángulo con la primera fila, se había dispuesto un grupo de sillas, solo una estaba ocupada. Era una mujer joven, impecable en su fino pero sencillo vestido negro; el cabello corto, cuidadosamente peinado a la moda; sin más joyas o adornos que un sencillo crucifijo de plata atado a su cuello con una cinta negra que solo servía para destacar la tersa blancura de su piel.

Permanecía sentada en su silla muy derechita con una expresión seria pero relajada, las piernas cruzadas con garbo y sobre sus rodillas sujetaba con ambas manos un pequeño bolso de mano a juego con sus zapatos, por la forma en que estaba sentada la línea de sus hombros estaba ligeramente desfasada de la línea de sus caderas lo que la obligaba a mantener la cabeza un poco girada para poder mirar hacia la gente congregada en el templo, a quienes, por cierto, miraba con cierta altivez, o así me lo parecía. Definitivamente alguien a quien valía la pena ver.

No había dudas, a ella era a quién debía presentar mis respetos y la muy sentida condolencia de la compañía y viendo que ya había muy pocas personas entre el ataúd y yo decidí confirmarlo y de la manera más torpe toqué el hombro del que tenía delante y le pregunté - Usted perdone caballero, aquella joven, será…¿la hija del difunto… tal vez?- El hombre levantó una ceja, me miró de arriba abajo y con una última mirada, como si estuviese en presencia de alguien con alguna ignota forma de retraso mental me dió la espalda sin decir palabra… qué torpe soy Dios, ¿la hija?, ella es la heredera necio… ¡la zorra asquerosa!... ¡la viuda!...(Mierda)...

Ya era mi turno y lo que ví al acercarme al ataúd terminó de descolocarme. Ese hombre más bien parecía haber muerto hacía varios años y no el día anterior. Solo huesos y pellejo, la piel cubierta de unas manchas escamosas bastante repugnantes que asomaban sobre el cuello de la camisa, la calva brillaba con el reflejo de los cirios cercanos mostrando pequeñas motas de ralo pelo blanco y la cara… Dios Bendito qué cara… la nariz tan gruesa como afilada estaba surcada de finas líneas oscuras por donde, sin duda, en tiempos mejores había circulado la sangre, los labios cruzados de profundas arrugas, que parecían los rastros de un pésimo trabajo de zurcido, no estaban completamente cerrados dejando entrever una oquedad cavernosa y reseca y el maquillaje… por favor… el intento de dar una mínima apariencia de vida a aquello había resultado en algo más parecido a una burla grotesca que a un gesto piadoso por suavizar la crudeza de la muerte a los ojos de los deudos. En conjunto algo que habría preferido no ver.

Pasmado por la bizarra visión había roto el protocolo, me había demorado ante el ataúd y al levantar la vista noté que todos me miraban; el maestro de ceremonias ya ocupaba su lugar a la izquierda, listo para dar inicio a los panegíricos, detrás de mí la gente se había desbandado, me imagino que aliviados, y nadie mas se disponía a acercarse al ataúd y yo no encontraba por donde hacer mutis con discreción. De manera instintiva giré a la derecha, ella también me miraba, sus ojos azules me escrutaban y recorrían cada detalle de mi desaliñado aspecto. Decidí que era ahora o nunca, me acercaría con rapidez, murmuraría las frases rituales pronunciando con claridad el nombre de la compañía y saldría corriendo de allí; pero en ese momento el orador comenzó su discurso y ella desvió la mirada y yo, que ya empezaba a extender la mano seguí de largo, caminando algo agachado hasta las columnas lamentando mi torpeza.

Más tranquilo y reafirmado en la voluntad de cumplir mi misión decidí quedarme cerca, a un lado de la columna, desde donde podía verla para aprovechar la primera oportunidad que se me presentase de terminar con esta pesadilla de una vez.

Los discursos se fueron sucediendo, uno tras otro con mecánica sincronía, cada uno cubría una parte de la vida del prohombre y destacaba alguna de sus virtudes, cuando se ensalzó su carácter pacífico y bondadoso ella arqueó las cejas sin disimulo, al hablar de su estatura moral ella torció los labios desviando la mirada, cuando el viejo amigo alabó su valor a toda prueba  ella apenas logró contener la carcajada, cuando se relató el especial cuidado que había puesto en el hospicio de niñas huérfanas podría jurar que su pálida piel se había tornado aún más blanca y que la mano con que aferró el crucifijo temblaba ligeramente.

Finalmente tomó la palabra el sacerdote, el Señor Obispo nada menos, y antes de empezar a hablar, calzándose bien los dorados anteojos, le dirigió una mirada fulminante a la joven viuda que se mantenía hierática en su silla. Ella no se quedó atrás y le devolvió una mirada que habría podido congelar el infierno y cuando el hombre inspiraba profundamente para comenzar su discurso ella, con un gesto desdeñoso y de profundo fastidio, se levantó, se sacudió unas motitas inexistentes de su vestido y sujetando su pequeño bolso debajo del brazo echó a andar hacia la salida.

No, no, no, ¿qué es esto?, no se puede ir, tengo que hablar con ella, transmitirle el sincero mensaje de la compañía… Tengo que hablar con ella.  A empujones me fuí abriendo paso entre la gente por el ala lateral del templo mientras ella con largos y elásticos pasos recorría el ancho pasillo central, el bolso bien sujeto, la mirada fija al frente y la mano libre volando acompasada al movimiento de sus caderas.

Yo ya corría, apartando sin miramientos a quien se me atravesara, tenía que llegar antes que ella a la puerta… y afortunadamente lo logré, por muy poco, pero lo logre. En mi carrera no había prestado la más mínima atención a lo que decía el sacerdote pero por lo visto ella si. Justo cuando llegó a mi lado se detuvo en seco, giró su cabeza con lentitud mirando sobre su hombro con expresión furibunda y con un solo gesto, en un brusco movimiento estampó su pequeño bolso contra mi pecho y sin esperar a que yo lo sujetara dió media vuelta y recorrió de regreso el camino hacia el altar.

Como si fuese un poderoso buque de guerra que va empujando el mar en su singladura la gente se iba levantando y apartando a su paso formando una ola que amenazaba con estrellarse contra la costa del altar y podría decirse que así mismo sucedió pues ella continuó caminando, subió de un salto los escalones y sin detenerse empujó con ambas manos el ataúd tirándolo al suelo, haciendo añicos todo lo podía romperse, quebrando, descolocando y sumiendo en el caos toda la parafernalia funeraria que tan primorosamente se había dispuesto.

El grito colectivo que apenas comenzaba a surgir murió en seco cuando ella se volteó rápidamente y encaró a la multitud. Una visión terrible en verdad, que afortunado fui de estar lejos de ella en ese momento. El Obispo miraba con la boca abierta el destrozo, aún sostenía en una mano temblorosa las cuartillas y ella de una zancada se acercó y de un certero zarpazo se las arrancó de la mano; la reacción del pobre fue dar dos prudentes pasos hacia atrás.

Ella apretó la mandíbula, endureció aún más la mirada y recorrió con ella toda la multitud boquiabierta; acto seguido y con la misma elástica elegancia que antes recorrió de nuevo la nave central rumbo a la puerta.

Yo la veía acercarse a mí a paso vivo, no parecía tener intención de detenerse, a unos metros de mí extendió la mano en un gesto imperioso reclamando su bolsito que tomó al vuelo cuando se lo tendí y con el mismo paso, el mismo compás de caderas, el mismo vuelo de su mano, acentuado por las cuartillas que sostenía, traspuso las puertas de la catedral hacia la calle.

Yo la seguí indeciso, (y francamente temeroso), hasta afuera, ella bajó los escalones y al llegar a la calle se detuvo, alzó su rostro al cielo y respiró profundamente, varias veces… entonces pareció percatarse de las cuartillas que llevaba en la mano y con un gesto desdeñoso las arrojó lejos de sí. Se giró hacia la catedral y me vió ahí, todavía en lo alto de la escalinata; entornó ligeramente los ojos y al cabo de un momento me preguntó - ¿Le apetece un café?- y sin esperar mi respuesta sonrió con picardía y ofreciéndome el brazo dijo - Venga conmigo, seguramente en “MI” ciudad encontraremos donde tomarnos uno-.

Para consternación de la compañía nunca llegué a cumplír el encargo y de la casa matriz no tardaron en emitir serios y contundentes telegramas reprendiéndome por mi falta y usándola como justificación para despedirme sin miramientos. Afortunadamente, pocos meses después de lo que acabo de relatarles ya no necesitaba aquel trabajo, de hecho, ya no necesitaba ningún trabajo.

Si señor, soy un hombre afortunado.

jueves, 3 de abril de 2014

Uno de los Héroes de Cuba

Conocí a Maud pocas semanas después de mi décimo cumpleaños. Hacía menos de un año que mi madre había muerto y mi padre estaba demasiado ocupado buscando y probando posibles sustitutas como para encargarse de mí. Me imagino que un día su búsqueda lo llevó demasiado lejos y ya no regresó. Tras muchas gestiones y averiguaciones el párroco de nuestra congregación logró dar con la dirección de mi abuelo materno y a su cuidado me encomendaron.

Así que ahí estaba yo, en el medio de la nada, más allá del lindero de la granja de mi abuelo en la cima de una de las muy escasas colinas del “gran estado de Kansas” mirando a esa niña desgarbada cabalgando un tronco caído, balanceándose de un lado a otro con los ojos cerrados.

Era el otoño de 1886.

Debo haber hecho algún ruido pues se detuvo repentinamente y girando su cabeza hacia mí abrió los ojos entornándolos un poco pues el sol estaba a mi espalda.

-Niño estúpido, te vas a ahogar- me dijo y me imagino que la cara de extrañeza con que miré alrededor y luego a ella ablandó un poco su corazón porque enseguida me tendió su mano y agregó -¡rápido!, ¡sube!, ¡estamos a punto de caer!- y aún extrañado pero ya francamente preocupado tomé su mano y salté a horcajadas sobre el tronco detrás de ella. Y caímos, vaya que caímos, cientos de veces, durante todo lo que quedaba de tarde. Fuimos los primeros en caer por las cataratas del Niágara, sentados en un barril, que vivieron para contarlo. Fuimos recibidos por una multitud que nos llevó en hombros aclamándonos. Éramos héroes.

Mucho tiempo después ella negó que nos hubiésemos conocido así, cada vez que el tema surgía en una conversación ella contaba una historia distinta, cada vez más elaborada, cada vez más exagerada e inverosímil. Ella era así. Con ella todo era así.

Maud era la insolencia y la desmesura, la imaginación y la brutal franqueza, ella era el ansia de probar, de vivir, de volar.

Crecimos atrapados en la vastedad de las llanuras interminables de Kansas. Es difícil imaginar lo estrecho que nos resultaba todo aquel enorme espacio. Mi primera infancia había transcurrido a una calle del frenético puerto de Boston; lo primero que veía al levantarme eran las grúas bailando de un lado a otro, los barcos entrando a la bahía, carros, mulas, caballos, marinos. Aquí sólo había maíz y esos grandes e impávidos cuervos.

El circo plantó su carpa la primera semana del verano de 1892, Maud estaba fascinada. Llegaba horas antes de comenzar la función y se iba de última y a regañadientes cuando ya todos los artistas habían apagado sus lámparas y se preparaban para dormir agotados después de las funciones. Todas las noches la esperaba en el recodo del camino para que no caminara sola hasta su casa.

Creo que lo esperaba, o tal vez ya la conocía bastante como para no extrañarme. Una noche atravesábamos los campos de camino a su casa y ella se detuvo en seco, agarró con fuerza mi brazo y me miró directo a los ojos con esa mirada intensa de ella, la luna iluminaba su rostro y la determinación enmarcada entre sus gruesas cejas y sus labios apretados hacía innecesaria cualquier palabra. Al cabo de un momento siguió caminando con pasos firmes y tuve que correr para alcanzarla, la sujeté del brazo obligándola a volverse y con lo que me pareció la mayor firmeza de que fui capaz le dije - Ni se te ocurra irte sin mí- . Me miró un momento, largó una sonora carcajada, me pellizcó ambas mejillas y echó a correr el resto del camino hasta su casa.

Un mes más tarde habíamos alcanzado al circo a una distancia segura de nuestras familias. No fue un viaje fácil, como tampoco fue fácil que nos aceptaran como nuevos miembros del grupo; mentir sobre nuestras edades sólo arrancó carcajadas y exagerar nuestras “habilidades” solo nos produjo miradas mordaces y suspicacia; manos tendidas hacia la explanada entre los carros y la orden muda -”Demuéstralo”-.

Maud, larga y desgarbada, ensayó con cierta habilidad y no poca impudicia algunas poses, saltos y maromas que hacían de ella, a criterio de la concurrencia, una contorsionista aceptable y con potencial, material en bruto que habría que pulir. Yo, a mis 16 años ya era alto como un pino y bastante robusto por el trabajo en la granja pero, sin habilidades conocidas, sólo era bueno para echar una mano con las cuerdas y los postes, levantando y recogiendo la carpa y atendiendo a los animales.

Cuatro años recorrimos pueblos y caminos con ese circo y al cabo de ese tiempo ya Maud, literalmente, volaba. No sólo había sabido perfeccionar su acto de contorsionismo interpretando a “La Asombrosa Mujer de Goma” en la feria que se montaba alrededor de la gran carpa antes de las funciones sino que además había sabido ganarse su lugar en uno de los principales actos de cada función; era parte esencial de “Los Intrépidos Barsinni”... los trapecistas.

En la primavera de 1896 llegamos a St. Louis, a ganarnos nuestra tajada de la Gran Feria Mundial. No fuimos la única troupe que tuvo la misma idea. Una tarde recorríamos la inmensa explanada llena de maravillas cuando algo llamó la atención de Maud. Un hombre se retorcía y se esforzaba por contener las lágrimas mientras otro, inclinado sobre él grababa líneas y dibujos con una curiosa maquinita en su piel.

¡Pero por supuesto que ya habíamos visto tatuajes!, en los circos era cosa bastante común encontrar personas cubiertas de pies a cabeza con ellos pero… nunca habíamos visto como se hacían. No pasó mucho antes que Maud estuviese inclinada viendo de cerca el trabajo que iba trazando aquel hombre sobre la piel del otro. Ahí la dejé, no hubo manera de apartarla.

Más tarde me crucé con ella mientras nos preparábamos para dar la función; acicalándose apresurada me puso al tanto. El “artista” se llamaba Gus, Gus Wagner, era parte de la troupe de otro circo; ella le había pedido que le enseñara a tatuar pero él se había negado, ella insistió e insistió hasta que el hombre -Hasta que Gus- dijo ella, finalmente aceptó pero a condición de darle la lección después de una cita, -Por cada cita una lección- dijo, mientras durase la Feria Mundial. Y esa loca había aceptado…

Cada día desde entonces “Gus” tuvo su cita y Maud su lección. El cuarto día la vi regresar corriendo radiante, llegó hasta mí y saltando y palmeándome el pecho como una colegiala descubrió su hombro derecho y me mostró orgullosa una colorida mariposa, el primer tatuaje que había hecho Gus en su piel.

En octubre de ese año se casaron y a lo largo del año que siguió Gus fue explorando los mundos que Maud había creado en su imaginación y los fue plasmando sobre su piel, otro tanto hizo ella con la piel de él dibujándose mutuamente el vínculo que les unía.

Yo veía desaparecer a Maud bajo capas y capas de tinta y el día que ví que los tatuajes comenzaron a subir por su cuello no me pude contener y se lo dije, le recordé aquel lejano día en que me salvó de morir ahogado en las cataratas del Niágara, y ella sonrió, le hable de quien había sido mi compañera de aventuras desde entonces y cómo poco a poco se iba convirtiendo en una extraña y sin dejar de sonreír me dijo que eso no lo olvidaría jamás, que estaba equivocado.- Fuimos heroes Maud… y ahora solo somos gente, de circo, si… pero solo gente-. La sonrisa poco a poco se fue apagando en su rostro mientras yo daba media vuelta y me alejaba.

Ese mismo día abandoné el circo y en el primer tren que pude tomar bajé hasta Galveston donde me enrolé en la marina.

Una noche calurosa de marzo, 1898, Gus trabaja en silencio y con extrema delicadeza sobre el brazo derecho de Maud, de vez en cuando levanta la vista y escudriña en su rostro buscando alguna emoción, alguna señal, algo… pero no encuentra nada, solo el ceño fruncido y la expresión adusta, el brillo de una lágrima rebelde aun bailando en sus ojos, nada más…

Maud yace medio sentada medio acostada en el sillón de la sala mirando al vacío, cerca de ella una mesita baja donde reposa la botella de ginebra y el vaso que se sirvió más temprano, en la mañana, y que aún no ha tocado. Gus está preocupado pero no dice nada, solo trabaja, el tatuaje está casi listo, solo falta terminar las letras.

A media mañana tocaron a la puerta, al principio ninguno de los dos quiso moverse de la cama, cada uno haciéndose el dormido con la esperanza que fuese el otro a ver quién venía a molestar una mañana de sábado. Finalmente Maud se cansó de la insistencia del ruido y con desgana se cubrió con su bata y fue arrastrando los pies hasta la puerta. Gus escuchó un breve intercambio de palabras en tono quedo y la puerta cerrarse suavemente y… ¿qué fué eso?, le pareció escuchar un sollozo, sólo por eso se levantó.

Maud estaba sentada en el sillón, apretaba un papel en su mano, cuando lo vió acercarse parpadeó varias veces y le pidió una pluma y tinta. Gus se las trajo y ella le dió la vuelta al papel, lo estiró contra su muslo y comenzó a dibujar. Cuando terminó sus labios temblaban y con la voz quebrada le dijo -Quiero esto...aquí- señalando un espacio vacío en su brazo derecho.

Mientras Gus preparaba todo Maud se levantó y se sirvió un vaso de ginebra y a medio camino regresó, tomó la botella y se la llevó con ella, dejó ambas cosas sobre la mesita donde Gus iba preparando los colores.

No fué fácil, Maud no soltó el papel y Gus tenía que doblar el cuello en un ángulo bastante incómodo para captar los detalles y después transferirlos a mano alzada sobre la piel. Le llevó muchas horas pero el resultado era más que satisfactorio, Gus sabía que había hecho un buen trabajo pero no le correspondía a él decidirlo.

Apagó la máquina y poniendo una mano sobre la rodilla de Maud le dijo - Está listo- ella giró lentamente la cabeza hacia él como si en ese momento se diese cuenta que estaba ahí, luego miró su brazo y buscando en las paredes dónde estaba el espejo se levantó para ir a mirar el tatuaje, solo entonces soltó el papel que cayó junto a la pata del sillón.

Gus lo tomó y lo leyó, era un telegrama del Departamento de Marina. En tres líneas decía que el marino de primera clase Alexander V. Stevens, parte de la dotación del USS Maine, se encontraba a bordo cuando el barco había estallado y se había hundido en el puerto de La Habana, Cuba. Su cuerpo no había sido recuperado. Dejó el telegrama sobre la mesita y levantó la vista hacia Maud que aún estaba frente el espejo.

Aun miraba su tatuaje. pero no veía el águila y la bandera, veía la cara de aquel niño tonto sobre una colina en Kansas, de aquel muchacho loco que corrió con ella por los maizales tratando de alcanzar un tren que los llevara lejos, tan lejos como estuviese el circo, del hombre que la siguió y la cuidó y se aseguró que todos los arneses, escalas y trapecios estuviesen bien montados y fuesen seguros para ella. 

El nombre era para los demás, para que los demás, “la gente”, supiera quién era uno de los primeros héroes de Cuba.

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NOTA: Como escribo este cuento basado en una historia real me veo obligado a incluir esta nota. Tengo esta fotografía desde hace tiempo, desde que la ví quedé enganchado a ella y no es común que lo logre pero finalmente pude descubrir quién era esta mujer; me pareció que había que contar su historia, (aunque sin duda merecía algo mejor que esto), forzosamente me tuve que tomar un par de "libertades".

La mujer en la fotografía se llamaba Maud Stevens, nació en Kansas en 1877 y muy joven abandonó su casa y se unió a un circo ambulante donde trabajó como contorsionista y trapecista.   Efectivamente en la Feria Mundial de St. Louis conoció a Gus Wagner con quien hizo el trato descrito para que la enseñara a tatuar y con quien se casó pocos meses después. Maud es considerada la primera mujer tatuadora en los Estados Unidos. Murió el 30 de enero de 1961 en Oklahoma. Esta foto fue tomada cerca de 1911.

En el ambiente circense de finales del siglo XIX y comienzos del XX eran muy comunes los cuerpos tatuados, tanto de hombres como de mujeres y abundan fotografías que lo prueban. Esos cuerpos, en especial los femeninos eran exhibidos como "Maravillas" en las ferias ambulantes. De aquella época no se tienen registros de mujeres dedicadas a tatuar antes que Maud se iniciara de la mano de su esposo.

Una de las "libertades" anotadas es que la Feria Mundial de St. Louis se llevó a cabo en 1904 y no en 1896; la razón de "adelantar" la feria 8 años es que bajo el tatuaje del águila y la bandera parece leerse la palabra "Cuba". El águila y la bandera es el símbolo que adoptaron los Marines cuyo germen son los Rough Riders que lucharon en la guerra entre España y USA y que comenzó con el hundimiento del USS. Maine el 15 de febrero de 1898 donde murieron 256 miembros de la tripulación, (muchos de esos cuerpos nunca fueron recuperados), en el puerto de La Habana y terminó con el tratado llamado "Acuerdos de París" firmado en diciembre de ese mismo año.

El nombre "Stevens" sobre ese tatuaje obviamente es el apellido de soltera de Maud pero como no se ve el nombre lo tomé prestado para mi personaje.

miércoles, 2 de abril de 2014

Diana

Aquí todos nos conocemos. No hay lugar para engaños... no… aquí no... aquí cada quien sabe qué lugar ocupa en el grupo; todos sabemos, o al menos intuimos, cómo llegó cada uno, no hay que contar la historia, no hace falta. Entre nosotros no hay necesidad de códigos, normas, ni títulos ni etiquetas...no, aquí no.

No cualquiera puede estar aquí, la barrera de entrada es tan alta como larga puede ser una vida y la puerta tan estrecha como esquiva puede ser la fortuna. Los que estamos aquí estamos en la cúspide, si estamos aquí es porque nuestros enemigos son historia, porque nuestros adversarios fueron finamente molidos y arrastrados por el viento y la lluvia a los albañales, a las cunetas, a los oscuros bajos de algún puente… de eso se trata la vida, nuestra vida… a eso la dedicamos y este es el premio.

Pero aquí, a cientos de metros sobre los demás mortales, muy por encima del ganado del que nos servimos para satisfacer nuestros apetitos, inaccesibles para aquellos que usamos a placer para cumplir nuestros caprichos. Aquí en la acolchada atmósfera que nos hemos hecho, en este espeso silencio de espejos velados, tabaco y whisky no estamos solos, no estamos exentos de peligro.

No hay lugar para engaños… no.

Se llama Diana. Ninguno de nosotros podría afirmar que ese sea en verdad su nombre pero, en honor a la verdad, cuando entra aquí esa es la menor de nuestras preocupaciones.

Se siente en la piel, como una descarga que salta de uno al otro transmitiéndose como una ola, imponiendo silencio, imponiendo temblores. A veces, no siempre, igual que sucede en las tormentas eléctricas en las que uno puede oler el ozono antes que caiga el rayo, a veces, al abrirse la puerta ese impreciso pero inconfundible aroma a dulces cítricos y exóticas especias se desliza sinuoso imponiendo su presencia, disparando la adrenalina.

Siempre llega sin aviso, siempre provoca esa conmoción mal disimulada, esa agitación agónica de quienes se saben mal ubicados, entre aquellos que preferirían estar en otro lugar, al centro del grupo tal vez y no en la periferia; entre aquellos que ya se sienten demasiado viejos, débiles o enfermos como para emprender la lucha por su supervivencia, la vital resistencia; entre los que se saben demasiado jóvenes e inexpertos como para enfrentarse a ella y salir airosos.

Ella sabe, mejor que cualquiera de nosotros, qué lugar ocupamos en el grupo.

Y lo disfruta.

Diana no tiene prisa, nunca tiene prisa, ella es dueña de su tiempo y mientras baja la breve escalinata de la entrada va recorriendo la sala con esos ojos de insólito color dorado, esa mirada serena y el gesto displicente de sus dedos deslizándose, acariciando la delgada barandilla. Sus elegantes zapatos no hacen ruido sobre la gruesa alfombra, su delicado vestido parece inmóvil, suspendido, seda muda que se confunde, se pierde de vista, resbalando contra su piel como una ola que comienza a retirarse. Se está adueñando del espacio, de nuestro tiempo. Está escogiendo su presa.

No necesito verla, hace mucho tiempo que me gané mi lugar aquí y ya lo he visto suceder muchas veces. En el centro de la sala se elevan las voces, seguro también se gesticula con vehemencia. Si, es todo un despliegue de autoritaria virilidad, la seguridad que da el grupo, la fuerza colectiva en un frente común de exagerada, y fingida, indiferencia.

Seguro ella sonríe con sus dientes perfectos apenas asomados entre sus labios, sonríe con ese hoyuelo cínico mientras mira en dirección contraria a la bravata, Diana sabe que es cuestión de tiempo. Aún no están en su punto. Ella nunca tiene prisa.

Nunca nadie ha escuchado la voz de Diana, ella no la necesita aquí, ella solo camina lentamente entre las mesas y mientras lo hace los que pueden se van apartando de su camino, algunos con más discreción que otros, algunos con más fortuna que otros. Ella solo camina, acechando, buscando con más sentidos de los que uno pueda imaginar aquel que cometa un error, aquel que no sea lo suficientemente rápido, lo suficientemente listo, lo suficientemente fuerte... y siempre encuentra alguno.

Hoy he sido yo.

Me he quedado colgado de los hielos en mi vaso, me distraje, le dí la espalda a la puerta y me dejé llevar repitiendo en mi memoria esa escena que he visto tantas veces desde lugares más seguros de la sala. Sin darme cuenta la barra se ha ido quedando sola mientras ella venía caminando, me he quedado embriagado en el ensueño de su perfume que ya me rodea y me sujeta. Un aroma irrepetible, nadie en el mundo huele como ella, bien lo sé yo.

Y ahí me he quedado, solo en la barra y ya ella está a mi lado con una sonrisa que en otra mujer podría tenerse por dulce, su mirada imperturbable y serena, su cuello elegante y su piel perfecta. En este punto nada más existe en el mundo, solo ella. Solo Diana y mi destino. Una sola y misma cosa.

Cierro los ojos y me aferro al vaso como si eso pudiese salvarme. Ella posa suavemente su mano en la mía para que suelte ese inútil pedazo de cristal, acerca su cuerpo al mío rozando el más íntimo de sus huesos contra mi pierna, explora mi cuello con sus labios buscando el punto exacto donde podrá aferrarme y llevarme de aquí.

Diana tiene secretos. Ese misterio es parte de su poder y no seré yo quien los desvele, ya no tendría sentido, ya no me importa. Nada les debo a los que quedaron allá en la cúspide de su falso poder. Diana es discreta, no le gusta que otros vean lo que hace con sus presas. Nadie ha regresado jamás para contarlo y así debe ser.

La dulce firmeza de sus dientes en mi cuerpo, los rápidos y certeros arabescos que dibujaron en mi sus uñas, el imperceptible peso de su cuerpo oscilando en decididas embestidas, la mirada salvaje…

Para alguien como yo, con la vida que he llevado… ¡a mi edad!... puedo entender que la muerte con Diana es la única muerte que merece la pena ser vivida. Ya no hay miedo. Pero no me permito equivocarme, otra vez no. Para Diana no soy nada, no soy más que un entremés, un abreboca para el festín del fin de semana.


No hay lugar para engaños... no… aquí no... yo soy la presa y Diana la cazadora.

martes, 1 de abril de 2014

Purgatorio

No sé cuánto tiempo hace que estoy aquí, objetivamente hablando no tendría forma de saberlo pues para mí no hubo mayor transición si es que en verdad hubo algo antes que esto y no son vanas mis sospechas

En algún momento mientras estuve viva, o mientras creí estarlo pues ya ni de eso puedo estar segura, lo que entendía y asumía como rutina cambió para siempre, de un momento a otro el mundo se transformó en esto… sea lo que esto sea.

No hay forma de describir este lugar, una está aquí sin estar, una es sin ser, no hay luz ni oscuridad, todo está en la más absoluta inmovilidad, hasta el tiempo. No tengo siquiera forma de saber si el tiempo existe aquí, si avanza a un ritmo tan lento que es imperceptible o si vuela a velocidad de vértigo tragándose eones en cuestión de segundos... no lo sé.

Ni siquiera sé si en efecto aún estoy viva en algún plano de existencia ajeno a este silencio o si, como sospecho, estoy muerta y mi alma, mi yo eterno e incorruptible, flota desapercibida y temporalmente olvidada en el purgatorio.

Creo que eso es, cada vez que lo pienso, ¿cuántas veces lo he pensado?, ahora que lo pienso... creo que eso es; he muerto y mi alma vaga inmóvil en el purgatorio esperando ser presentada ante el Salvador que sopesará mis pecados y mis méritos y decidirá mi destino, eso debe ser… (creo).

Y de repente la voz… LA VOZ estalló dentro y fuera de mí, esa voz que era mi voz y todas las voces a la vez, la voz única se hizo el todo en esta nada infinita e inmutable.


- ¿QUIÉN ERES? - ¿POR QUÉ ESTÁS AQUÍ?

Y con el susto y la sorpresa atenazándome yo luchaba por articular alguna palabra pero no lo lograba.
- Yo...yo…


-¡CONTESTA!, ¡NO VOLVERÉ A PREGUNTAR!
- Yo…


- ¡HABLA DE UNA VEZ!, ¿CUÁLES SON TUS MÉRITOS PARA ESTAR AQUÍ?
- Yo… yo… yo bailé con Dalí…

El silencio puede haber durado un instante o una eternidad, ¿cómo saberlo? y el miedo y la tristeza fueron acumulándose en mí; la oportunidad, mi única oportunidad y en lo que había logrado pensar fue en eso, lo único que logré articular fue eso…"yo bailé con Dalí"... estoy condenada.


Finalmente la voz volvió, ¿se había ido alguna vez? y dijo:


- Es verdad, no me acordaba

Lo dijo alegremente mezclando la última sílaba con una carcajada socarrona que aún reverbera, se deshace, se escurre, se multiplica y se incendia llenando el vacío, borrando el silencio, condenando todo lo demás al olvido.

No he vuelto a escuchar la voz, solo me queda el eco persistente de su risa y me ha costado mucho comprender y mucho más aceptar que si bien es muy probable que en algún momento ese alguien que creí ser yo estuvo viva, en realidad nunca fuí ese alguien, es más, finalmente me parece entender que ni siquiera soy un alma en el purgatorio como llegué a creer; tal vez sólo soy un recuerdo en la memoria de un artista anciano que lucha por recuperar los universos que poblaron su mente.

Universos en los que yo fui... nada... aunque hoy soy todo lo que queda de ellos.