viernes, 2 de agosto de 2019
De Súcubos y Visitaciones
Invade mi noche embozada en la oscuridad densa de la luna nueva, silenciando grillos y espantando a los gatos pardos que se evaden presurosos de su estela. Anuncia su llegada deteniendo el viento, borrando el tiempo.
Los barrotes de mi ventana no son obstáculo. A su paso, como largas y vaporosas alas, alzan las silenciosas cortinas su infructuoso vuelo; hacen bucles, dibujan ondas, se rizan alrededor de su cuerpo impalpable como llamaradas blancas, como una explosión de espuma repelida por el núcleo ardiente de su presencia.
Me mira tendido en mi lecho, inclina su apetito sobre mí y colma mi sueño de ávidas uñas que recorren mi cuerpo con prisas, dibujando arcanos glifos que arden en la piel como quemaduras de cuchillos al rojo vivo; arañazos que abren surcos en mi pecho de arena donde siembra su semilla de lujuria salvaje, sentenciando a mi alma a ser abismo, a ser un pozo donde volcar su deseo antiguo e insaciable...
Y se ríe poniendo a la noche en suspenso.
Rechinan afilados y luminosos sus dientes junto a mi cuello. Sus labios brillantes desgranan en mi oído interminables retahílas de palabras soeces, de procaces amenazas. Su voz, con la aspereza de una llama que muere crepitando sobre rescoldos, me reclama en propiedad con palabras ininteligibles que imprimen en mis sentidos fantasmagóricos tatuajes de retorcidos rituales, holocaustos para la glorificación de su sexo.
La mujer primordial, la única, la definitiva
El peso de su cuerpo me paraliza, su perfume a profundidades me embriaga y me envenena dejándome inerme, indefenso ante sus caprichos. En el calor de su boca, en la firmeza brusca de su mano, en su cuerpo de niebla la erección es dolorosa y absoluta. Me toma sin contemplaciones y cabalga mis despojos con furia, con deliberada y calibrada violencia y se ríe. Sus nalgas golpean mis muslos, su pelvis machaca la mía hundiéndome con cada embestida un poco más en la locura... y se ríe. Curva su espalda hacia atrás y sus senos inalcanzables, inasibles, bailan ante mis ojos describiendo el infinito con sus pezones encendidos como brasas, como ojos de otro mundo que me marean y me dominan y de nuevo ríe como ninguna criatura ha reído jamás.
El orgasmo atenaza mis testículos, voy a morir dentro de ella, lo sé. Voy a terminar mi existencia expulsando la poca vida que me queda en una eyaculación brutal y definitiva... y ella lo sabe, eso es justamente lo que quiere. Lo siente venir y ya no ríe, se inclina sobre mí sin dejar de moverse, sus uñas se entierran en mi pecho, escarban profundo y se hincan en mi corazón desbocado; una sonrisa enorme se dibuja en su rostro y sus ojos se clavan en los míos, brillantes, expectantes, burlones...
Mi cuerpo se sacude en una violenta convulsión, me licuo, fluyo como un torrente impetuoso a través de mi mismo derramándome dentro de su bruma y, mientras el universo se borra para mí, en sus ojos encendidos alcanzo a ver reflejado mi mayor miedo...
Despertar de este sueño...
domingo, 12 de agosto de 2018
Una noche en el fin del mundo
El
amanecer era una esperanza lejana y por angustiosos momentos tenía
la impresión de ser el único consciente de ello.
El
limpiaparabrisas ante mis ojos se bate con desespero contra la masa
de agua que cubre el grueso cristal que milagrosamente aún mantiene
con entereza su estructura original.
El
piso bajo mis pies se alza inesperadamente empujando mi peso y
doblando mis rodillas, desequilibrándome para poco después
desplomarse lejos de mí dejándome colgado de la nada; muchas veces
golpeé mi frente contra el cristal, muchas veces estuve a punto de
caer y rodar y terminar así de perder la poca dignidad que había
podido conservar en esta noche que no parecía tener ganas de
terminar.
Al
otro extremo del ancho ventanal el capitán me mira con curiosidad,
hay un brillo burlón en esas huidizas pupilas grises que parecen
saberlo todo, unos ojos que muchas veces, da la impresión, le bastan
para decirlo todo; a veces dirige miradas cómplices a su segundo, a
veces incluso al piloto que a duras penas se mantiene erguido ante el
timón mientras se afana en mantener el rumbo señalado en el
brillante ámbar del fondo de una pantalla.
-
Viene otra – Articula en voz baja el capitán en la semi-penumbra
de pequeñas lucecitas rojas y verdes parpadeantes del puente, no
necesita añadir nada más, el segundo de inmediato pulsa el botón
que tiene a su lado y suena breve y aguda una sirena al tiempo que el
piso se inclina, la proa se levanta, los potentes faros en el
exterior registran la explosión de agua contra el casco e iluminan
la veloz arremetida de una montaña de agua y espuma contra los
cristales que finalmente se despejan más por efecto de la gravedad y
el viento que por el patético esfuerzo del tenaz limpiaparabrisas.
-
Parecía más grande – Añade buscando en el bolsillo de su
chaqueta el paquete de cigarrillos; lo dice tranquilo, convencido,
aún cuando yo, a su lado, he visto estrellarse frente a mis narices
esa barbaridad de agua, cuando todos mis sentidos están ya
gritándome que el enorme navío se precipita hacia la profunda sima
que invariablemente sucede a cada una de estas olas… una carrera
cuesta abajo que precede a la inevitable subida, la siguiente
embestida. Incrédulo lo miro casi con pánico y él siente que debe
explicarse.
-
Son veintisiete años navegando Doctor, y de ellos más de doce en
esta ruta – Hace una breve pausa sin dejar de mirarme mientras
señala hacia la noche que se extiende más allá de los cristales;
ahora la tosca geografía de su rostro se destaca en tonos rojos y
naranjas por el fogonazo del fósforo con que enciende el cigarrillo.
- Créame que no fue grande – Y casi sin mediar pausa y sin cambiar
de tono anuncia: - Viene otra – y de inmediato el segundo, en un
reflejo casi pavloviano pulsa el botón.
En
esta oportunidad, antes de la abrupta elevación de esta pequeña
burbuja de acero y cristal que habito accidentalmente mi cuerpo se
impulsa hacia adelante y de nuevo golpeo mi frente contra el marco de
la ventana, claramente la masa de agua es tal que ha logrado frenar
el barco; la fuerza con que nos ha embestido, o nosotros a ella, es
de tal magnitud que los dos enormes motores, lo último en ingeniería
alemana, resultan incapaces, insuficientes para propulsar el barco.
Rígido
y frío por el pánico atestiguo el anuncio de mi propia muerte. Ante
mis ojos, a la luz blanca y potente de los reflectores, la proa
hiende el vientre de un monstruo que prosigue su avance sin
inmutarse, una pared negra que avanza inexorable hacia nosotros los
pequeños, los insectos. Dentro de su negrura va desapareciendo el
casco a una velocidad de vértigo abandonando este mundo convulso,
precipitándose de regreso hacia la matriz de la nada.
Cuando
el agua alcanza la cabina esta se cimbra y mi frente se estrella con
un nuevo golpe contra la ventana que me hace rebotar para de
inmediato caer sentado; el tiempo parece hacer una odiosa pausa en la
que el agónico crujido de la estructura se extiende y multiplica en
un rumor quejumbroso de metal empujado al límite de su resistencia
y, mientras el piso comienza finalmente a elevarse haciéndome rodar,
veo por todas las ventanas el mar como una negra mortaja abrazando el
puente. Ruedo y resbalo como un objeto inútil y sin voluntad por el
piso de linóleo para finalmente ser detenido violentamente por la
pared de falsa madera al fondo de la cabina bajo el inmenso logo de
la naviera cuyas estudiadas luces azules parpadean repetidamente como
expresando perplejidad.
Los
enormes motores gemelos finalmente ven premiada su tenacidad; en
retrospectiva, vienen a mi mente imágenes de portentosos bueyes
mitológicos que contra toda esperanza vencen la resistencia del
agua. Ese par de máquinas de acero finamente calibrado empujan a una
con un esfuerzo tremendo que se transmite a toda la nave haciendo
vibrar la estructura en aguda tesitura y, (me los imagino bramando),
logran sacarnos al otro lado de la muerte.
Benditos
sean los ingenieros alemanes.
El
segundo, jadeando y con los ojos abiertos de par en par, las cejas
arqueadas y con la mandíbula tan apretada que desfigura su rostro
huesudo en un rictus que parece casi anunciar la inminencia de un
grito desesperado, a la vez que el mayor esfuerzo por contenerlo, me
ayuda a levantarme tirando de mi brazo o más bien de la manga de mi
chaqueta; el capitán, con las piernas separadas, las rodillas
dobladas, y su espalda lejos de la postura erguida y aplomada que
acostumbra, aún se sujeta con ambas manos a la barra metálica que
corre bajo la ventana; parece buscar fuera de los cristales restos de
la fatalidad que acaba de sacudirnos. El timonel tiene los nudillos
blancos por la fuerza con que se mantiene aferrado al escueto aro del
timón y tiene una expresión que dista mucho de la compostura
esperada en un prospecto de lobo de mar, su cabeza oscila casi
imperceptiblemente con un ligero temblor. La respiración de todos es
sonora, agitada y profunda; el capitán, con voz rápida y grave
exige a su segundo un informe de daños y que de inmediato se
verifique la posición y la ruta del buque porque – Cabalgamos esa
bestia un buen trecho y seguramente nos hizo retroceder y desviarnos
– Vuelve a respirar profundo un par de veces y finalmente se suelta
de la barra y se mira las manos como tratando de recordar o de
entender, girando la cabeza revisa el suelo a su alrededor y
suspirando, con gesto mecánico echa una mano temblorosa al bolsillo
de su pechera buscando otro cigarrillo.
Una
tras otra las olas golpean el barco, la noche aún no termina. El
silencio que ostensiblemente se adueñó de nuestro espacio es
interrumpido a intervalos irregulares cada vez que el segundo repite
el ininteligible informe que eventualmente cada sección del barco
hace llegar al puente por el intercomunicador. Finalmente cesan las
voces ásperas que por el pequeño parlante carraspean escuetos
informes en los que declaran en qué condiciones ha quedado cada
sección del barco y sus tripulantes y con ellas calla también el
eco automático del segundo. Tras las breves instrucciones para la
necesaria corrección del rumbo, una pausa de espeso silencio se
instala entre nosotros.
Cada
nueva elevación de la nave revive en mí el temor a toparnos con
otra bestia, sin embargo todos a mi alrededor parecen haber recobrado
cierto grado de compostura, mis tres acompañantes tienen ahora un
aire profesional y circunspecto que a mí verdaderamente no me ayuda
gran cosa para disipar del alma el pesado manto de terror que nos
arropó unos minutos antes y cuyos jirones parecen permanecer pegados
a nuestro ánimo.
Momentos
antes de deslizarnos de nuevo hacia el vacío que deja tras de si una
ola, en ese brevísimo pero distinguible punto muerto al elevarse el
barco al cielo y justo antes de caer, puedo ver a la distancia, entre
la bruma y la cortina de lluvia que nos destaca en primer plano la
luz de los reflectores, un breve e inesperado parpadeo amarillento,
¿qué es eso?, ¿lo imaginé?, ¿es otro barco?.
Cada
vez que el navío alcanza la cúspide de una ola fijo mi atención
a mi izquierda, (“a estribor” me corregiría el capitán),
esperando volver a ver el breve destello, a veces lo logro; el
capitán nota mi interés en algún punto del vacío que se extiende
más allá de las breves fronteras de su agitado reino y tras una
breve reflexión consulta su reloj y como quien busca confirmación
solicita la posición al segundo quien rápidamente revisa, la
verifica y la anuncia con formalidad; el capitán recibe la respuesta
asintiendo y mirándome.
Mi
cuerpo insiste en el agotador esfuerzo de compensar el movimiento del
barco, aún me duele la frente y una rodilla por los golpes
recibidos, mis ojos siguen fijos al frente tratando de descifrar lo
que se nos viene encima a cada sacudida.
-
¿Ha leído a Verne, Doctor? - me pregunta el capitán; lo miro
dudando de haberle entendido, sin comprender el propósito de su
inesperada pregunta pienso que tal vez con tan extraña cuestión
solo intenta distraerme o aliviar el ambiente aún tenso de la
cabina. - Julio Verne, Doctor… ¿lo ha leído? -
Cuando
le contesto afirmativamente sonríe y extiende su dedo señalando
hacia el vacío oscuro que se extiende a la izquierda… “a
estribor” caramba.
-”El
Faro del Fin del Mundo” - declara satisfecho y como aún no doy
muestras de comprender cabalmente a qué se refiere añade: – El
libro… en su relato Verne lo ubica en la Isla de los Estados pero
en realidad es ese -, hace una pausa mirando hacia la noche y
concluye - Más allá no hay nada…-, vaya, ahora caigo, el capitán
se refiere al destello amarillento.
-
¿Se imagina? -, me pregunta vivamente, y luego añade en un tono
casi reflexivo - Vivir ahí seis meses al año… Yo no podría. -
Ahora
soy yo quien mira hacia la oscuridad casi envidioso de la seguridad
que debe brindar el estar bien asentado en suelo de roca firme, tras
gruesas paredes de concreto, bien abrigado. - No sabría decirle
Capitán, yo creo que en noches como esta...- aventuro hablando casi
para mí mismo, enganchado en la tibia y serena imagen que se ha
formado en mi mente.
-
Viene otra – anuncia el capitán mecánicamente y mecánicamente el
segundo pulsa el botón de la sirena. -No Doctor, se equivoca -,
argumenta agitando de lado a lado la cabeza mientras nuestros cuerpos
acusan la nueva embestida, - Justamente en noches como esta es que
prefiero estar aquí y no allá -.
-
Se burla de mí – le gruño torciendo el gesto.
-
En absoluto Doctor, verá usted, aquí “abajo” - acompaña la
frase señalando al oscilante suelo con el pulgar, - un huracán como
este puede durar semanas enteras, para mí, si es que no puedo
eludirlo, representa un par de días terribles, de angustia y sin
duda de peligro; pero son dos días, tres días…. Y tengo la
seguridad que esta máquina me sacará al otro lado o, en el peor de
los casos, me hundiré con ella y santo remedio, se acabó la
angustia, el miedo, el peligro…-
-
Y la vida – tercio malintencionadamente en su enumeración.
-
Y la vida, si, esa es siempre una posibilidad – concede el capitán,
- Pero aquí me tiene tras doce años de recorrer esta ruta y sabe
Dios después de cuántos huracanes como este; yo siempre voy de paso
por este infierno Doctor, en cambio el farero está allí atrapado en
su cajón de ladrillos sufriendo cada huracán y cada temporal por el
tiempo que sea que estos duren, conviviendo con el aullido constante
del viento, con el mar barriendo su parcela una y otra vez … viene
otra… y si es verdad que uno aquí se juega la vida pero ese hombre
allá, - señala a la noche mientras la enésima ola nos eleva
nuevamente, y por enésima vez nuestros cuerpos se balancean con
porfía, - ese se juega la cordura -
-
Y por un sueldo de mierda – interviene el segundo con el dedo sobre
el botón.
El
capitán perdona el asertivo exabrupto del segundo con una breve
carcajada, - Pues si, además eso – concede. -Aún en el peor
escenario nuestra agonía duraría escasos minutos, la de él en
cambio puede durar meses; nosotros tenemos esta máquina y un rumbo;
él tiene ladrillos y un calendario, ¿entiende el punto Doctor?; el
continente está muy lejos de este impreciso lugar del “Fin del
Mundo” y con este tiempo no hay ayuda posible para ninguno, ni para
nosotros ni para él.-
La
proa se levanta poniendo un acento siniestro al silencio que sigue a
la última aseveración del capitán, el segundo pulsa el botón sin
que la ola haya sido anunciada por su superior que está distraído
dando innecesaria protección al fósforo con que enciende otro
cigarrillo; yo cambio mi peso a la otra pierna mientras lo miro
envuelto en su halo de luz y humo.
-Creame
Doctor-, añade con el ceño fruncido, agitando el fósforo hasta
extinguirlo y expulsando el humo por la nariz -Usted está en el
lugar correcto aunque ahora no lo crea, aunque para creerlo tenga que
esperar a que lleguemos allá,- señalando hacia la proa con los dos
dedos que sostienen el cigarrillo, - de regreso al mundo.-
Y
asomando una sonrisa confiada y sin dejar de mirarme anuncia
lacónicamente -Viene otra…-
“De
regreso al mundo”… Lo miro sintiéndome aún más fuera de lugar
de lo que realmente estoy, a la luz de lo dicho, envidio su
naturaleza “verniana”, tan confiado en que el hombre en su
capacidad creadora y por la pura voluntad es la medida del universo,
con su fe en que la ciencia y la tecnología que materializaron este
navío bastan para atravesar el infierno desatado en el fin del mundo
sin importar cuántos monstruos haya que cabalgar..
Y
yo solo puedo aferrarme a la barra metálica, mirar hacia la noche
terrible mientras el piso huye de nuevo bajo mis pies, y el amanecer
aún no es más que una esperanza lejana.
Fin.
domingo, 25 de febrero de 2018
La abuela M.
La
abuela M. llevaba una vida sencilla y tranquila, vivía en una
callejuela retirada a las afueras de Tokio; una casa modesta y
pequeña adosada a la de sus vecinos, una casa como cualquier otra
del barrio, con una entrada principal y una discreta entrada lateral
que daba a la boca de un callejón estrecho por el que no pasaba mas
que algún que otro gato. La robusta puerta de madera al frente de la
casa casi nunca se abría, solo cuando ella salía al mercado o a
hacer alguna diligencia un par de veces por semana.
La
entrada lateral daba a un pequeño patio en el que languidecía un
viejo cerezo en una esquina; en el centro un aljibe y algunos
porrones con flores mal cuidadas a un lado del lavadero. El empedrado
del patio estaba siempre húmedo y limpio, la abuela M. era obsesiva
con eso, detestaba el polvo en su pequeña morada, por eso se afanaba
a diario con un balde a echar agua por todo el recinto barriendo las
hojas y cepillando las piedras.
La
casa no tenía nada de especial que la distinguiera de las demás
casas del barrio, la madera negra de sus paredes contrastaba con el
brillante color crema del papel de sus puertas, una pequeña terraza
frente a la ancha puerta corrediza y el empinado techo por el que
escurría el agua de las torrenciales lluvias estacionales. Adentro,
la casa se dividía en dos grandes espacios; frente a la puerta un
salón que lo mismo servía de sala, que de comedor o dormitorio,
todo dependía de la hora del día. A un costado un pequeño fogón
que lo mismo servía para cocinar que para calentar el recinto en
invierno y por aquí y por allá un mínimo inventario de muebles y
utensilios simples y prácticos.
A
la derecha, cerca de la entrada, una hermosa puerta corrediza de
intrincada celosía kumiko separaba esta pieza de otra contigua donde
la abuela M. tenía su “taller”.
La
abuela M. se había mudado a esta casa hacía ya unos cuantos años,
había sido viuda por algún
tiempo y como
tal la conocían sus vecinos;
antes había vivido en la isla de Hokkaidō,
de
donde era natural, donde se había casado y traído
al mundo
a su única hija que había muerto muy joven de unas fiebres y
donde, finalmente,
había enviudado.
Su
marido había sido un próspero comerciante que había sabido
aprovechar la apertura de Japón a los productos y viajeros de
occidente y
que, gracias a su sagacidad, buenos contactos y escasos escrúpulos
había levantado una pequeña fortuna que sirvió para mantener con
relativa dignidad la vida sencilla de su viuda.
La
Abuela M. no era tonta, no había sido una de esas jóvenes
atolondradas a las que se podía engatusar con cuentos e historias;
muy pronto había podido calar el alma de su difunto marido y se
había dado cuenta de su casi ilimitada ambición, de la tenacidad
con que perseguía sus metas y de su ambigua e inescrupulosa
moralidad. El pobre era feo como un demonio y algo mayor que ella,
aun así no le fue difícil convencer a sus padres que tal espécimen
era sin duda el mejor partido al que una joven de campo y sin dotes
como ella podría aspirar, en especial siendo evidente que aquel
hombre tenía una particular debilidad por aquella pequeña y
voluptuosa campesinita…
Pero
en la vida nada es tan sencillo como aparenta y la vida de la abuela
M. se había extendido mas allá de la vida de su marido e incluso
mas de lo que ella misma había pensado que sería posible y pronto
fue evidente que la bendición de su longevidad representaba a la vez
una real amenaza a su tranquilidad. Aún llevando una vida sosegada y
sencilla la fortuna del difunto marido iba mermando un poquito cada
día y esa realidad evidente fue durante un tiempo un verdadero
problema y fuente de constante preocupación para la abuela M.
Decidida
a buscar una solución la buena señora comenzó por deshacerse de
todo aquello que le pareció superfluo, de todo lo que había quedado
en su casa al morir su marido y que ella en verdad no necesitaba y,
por supuesto, de toda la mercancía que había quedado almacenada y
que solo le servía para ocupar un espacio cuyo alquiler le resultaba
oneroso y absurdo pagar, tanto como la gran casa en la que de pronto
se encontró viviendo sola.
Todo
salió; el almacén quedó vacío, la casa pareció agrandar sus
solitarios espacios y la vida de la abuela M. se simplificó
significativamente. Todo se vendió, hasta la casa finalmente, bien o
mal pero se vendió… bueno, no todo, no era tonta. En una de las
habitaciones habían quedado algunas valiosas posesiones de su marido
que ella inteligentemente decidió conservar, sabía como sacarles
provecho.
Mudarse
a las cercanías de Tokio era un plan que abrigaba aún antes de
quedar viuda y ya finalmente podía realizarlo. No tardó mucho en
encontrar una casa en este barrio tranquilo y discreto donde todos
los vecinos le mostraban consideración y respeto en razón de su
edad y de la dignidad y honorabilidad con que se relacionaba con
todos.
No
le fue difícil retomar contacto con algunos de los antiguos
proveedores de su marido y conseguir los materiales que necesitaba,
no le fue difícil armar con paciencia su taller; telas, pinturas,
algunos pequeños muebles y una variedad de utillajes que conseguía
a buenos precios en los mercados.
Fondos,
paisajes, escenarios simples pero efectivos, alguna ropa, maquillaje
esencial… no fueron problema, con trabajo y paciencia fueron
sumándose y acumulándose.
Tampoco
le fue difícil establecer contactos entre sus discretos vecinos y
sus clientes.
Lámparas,
trípodes, cables, poleas, tarimas y andamiajes...eso si estuvo un
poco mas difícil, una verdadera inversión imposible de evitar pero
pronto comenzaron a llegar los trabajos y pudo compensar los gastos.
Recordaba
su timidez inicial, recién casada y de pronto objeto de tan
minuciosa atención; recordaba la ansiosa mirada del marido justo un
instante antes de esconderse bajo la tela negra y escrutarla tras el
lente, sus indicaciones, los gestos de sus manos que eran señales
que tuvo que aprender a descifrar; recordaba la sonrisa plácida del
buen hombre tras el complejo, largo y costoso proceso de revelado
mientras admiraba aquellas láminas brillantes, luminosas que él
guardaba y cuidaba como auténticos tesoros.
La
apertura a occidente también había traído consigo soluciones a
antiguas necesidades; su marido, aún siendo tan sagaz para los
negocios no lo había comprendido ni mucho menos aprovechado, pero
ella no era tonta, desde el otro lado de la cámara podía ver todo
el panorama y no solo el precioso pero limitado encuadre que
hipnotizaba a su difunto esposo… esos pequeños y luminosos
tesoros, debidamente manejados, podían ser un buen negocio.
Los
discretos vecinos la visitaban dos o tres veces por semana, entraban
por la puerta lateral y se tomaban un té al frescor del patio o al
amor de la lumbre mientras las chicas se cambiaban, se maquillaban y
posaban para la abuela M.
Muchachas
de campo, de pueblo, delicadas e inocentes bellezas de pies anchos y
sonrisa exagerada, chicas de mirada triste, de expresión ausente,
niñas rabiosas apenas domesticadas que habían llegado a ese barrio
a las afueras de Tokio transadas como mercancías o simplemente
abandonadas y recogidas. Muchachitas que iniciaban su entrenamiento
en el oficio mas viejo del mundo; chicas que, no había razón para
engañarse, jamás alcanzarían la respetable posición de una geisha
y que, ya marcadas por la vida, por el oficio y por la fatiga del
maquillaje jamás serían objeto de pretendientes con nobles
intenciones.
La
abuela M. las animaba, les contaba historias para distraerlas y
relajarlas, les daba indicaciones y las retrataba una y otra vez con
diferentes fondos, diferentes atuendos, solas, en parejas, en grupos.
Revelaba
y pacientemente tintaba los negativos con clara de huevo y colorantes
de cocina logrando imágenes mas impactantes que las de la
competencia, puntualmente entregaba los trabajos y escrupulosamente
cobraba su dinero…
Las
chicas iban y venían, a algunas las traían varias veces, a otras no
las volvía a ver; la voz se corría, los clientes aumentaban y
pagaban gustosos los costos y honorarios pues aquella era una manera
muy eficaz de promocionar sus establecimientos. La abuela M.
conservaba los negativos y aquellos que mas le gustaban los copiaba
una y otra vez y hacía que unos muchachitos llevaran las coloridas
copias a la bahía, al puerto, donde las vendían a los marineros
llegados de otras tierras que pagaban gustosos de tener, al menos,
esa luminosa compañía en sus largas travesías.
La
abuela M. no paraba de pensar nuevas maneras de expandir su negocio;
tal vez podría convencer al prefecto, sería estupendo poder vender
su producto en la cárcel o entre la tropa del recién formado
ejército, y la abuela M. caminando despacio y dignamente hacia el
mercado se devanaba los sesos intentando recordar a quién conocía
en el ejército.
La
abuela M. llevaba una vida sencilla y tranquila… y amaba su
trabajo.
domingo, 2 de julio de 2017
Vuelvo a empezar
Rescato
los clavos de tus cruces para colgar cuadros decentes
que
pueblen con pudor la desnudez de los recuerdos que nos separan
porque
tú buscaste abrigo
en la distancia
Blindo
con arena mi corazón y sus deslices al anuncio de la tormenta;
al
asomo de la ola salvaje de la rabia y con
tu perdón
al
levantarse inmutable la marea de las certezas.
Tatúo
en mi casa mandalas de amor caribe
con
el azul tesalónica que sembraste y
aún florece
en
la cabeza de la gorgona que renunció a convertirme en piedra.
Pierdo
miserable el pulso con la carne y reverdece la mandrágora
en mis
universos
y
me alzo del ansia para ser hambre
para
ser ausencia, para ser dolor.
Es
la luz... en el sueño, en la ilusión
es
tu casa... en la mía, en la nada
y me voy
Huyo
de mi y me dejo atrás para encontrarme
sin
confusión, sin muletas, sin tiempo ya.
Y
vuelvo a empezar.
sábado, 24 de junio de 2017
Lejos
Y pasa tu tiempo y pasa el mío.
El día escurre su miseria de lluvia y se despereza en la luz de la tarde que nace a destiempo.
El sol se desliza discreto por detrás de unas nubes cansadas este sábado cualquiera y el leve peso de tus yemas en mis labios no es para imponerme silencio sino para incitarme a hablar, tu rostro tan cerca, tus ojos fijos en mi boca mientras la acaricias, quieres descubrir las palabras antes de que broten, adivinar la palabra futura antes de pasar la pagina de la vida que registra este momento.
Tus dientes son piedras preciosas al reflejo de algún mediodía perfecto y se asoman entre tus labios que se mueven como recitando sonidos que aun no he producido; mudas muchas veces tu expresión, abriendo los ojos, arqueando las cejas, apenas mueves tu cabeza como la madre que enseña a hablar con la expectativa del éxito gratificante.
Y yo no puedo hablar.
Y yo solo existo en el hipnótico roce de tus dedos.
En el desvarío de tu perfume que sube a mi desde tu cuello, desde tu pecho, en el fulgor de tus ojos amables, en la pálida eternidad de tu piel.
Afuera los pájaros se desperezan, sacuden las últimas gotas de agua en sus plumas y cantan su reclamo a sus vecinos que responden con la ligera algarabía del sobreviviente.
Tu índice limpia las filigranas que tus besos tatuaron en mi boca, tu cabello negro, liso, brillante, impecable, cae a un costado y acaricia mi mejilla y tu corazón late contra mi pecho como si fuese el último pájaro en sacudirse la lluvia.
Y en silencio me pierdo en tus ojos, en tus labios, en el dulce roce de tu piel, en una caricia larga desde tus hombros hasta tus muslos.
En la ventana los perros ladran, alguien ofende al mundo con su música estridente, un avión anuncia que ha dibujado su estela en el cielo...
Y yo sigo mudo fijando en lo mas profundo de mi alma la levedad de tu cuerpo sobre el mío, el abrazo de tu pierna en mi cadera, la alegre curva de tu cintura y todos sus destinos, el perfumado beso de tus pechos en el mio.
Mis ojos se reflejan en los tuyos, me miras con mi mirada, me integras en ti con un suspiro, tus dedos separan mis labios y tu hermoso rostro se desenfoca cuando lo acercas, desaparece cuando me besas y yo cierro los ojos y solo existo en la húmeda magia de tus besos, en la dulce impertinencia de tu lengua, en la suave presión de tu pelvis.
Y pasa tu tiempo y pasa el mío, en el abrazo perfecto, en el beso justo, anulando el tiempo y las distancias, desterrando al mundo afuera, ajeno a esta fantasía...
...lejos de tu piel y de la mía.
martes, 20 de junio de 2017
Moribundo
Deja
que caiga la luna si ya no quieres sostenerla; deja que repose tu
aliento en el cuello descarnado de la muerte, como un amante rendido
que esconde su desamparo en un tierno pliegue de piel perfumada de
tiempo.
Como un eco del vacío trémulo del fondo del mar en un
recuerdo alucinado, deja que el silencio insondable desmadeje sus
ruinosos rizos de algodón mojado en tu mente, deja que este viaje
concluya y que te llene y te complete esta última, esta única
certeza y... por lo que mas quieras... deja ya de escarbarte las
heridas... que nada bueno saldrá de ellas, sabes que no hay remedio.
Deja
que las estrellas rueden por el cielo, que las constelaciones sigan
su curso, pues nada va a cambiar sea que las sostengas o las liberes...créeme...
nadie está notando tu esfuerzo; el tiempo es ya tu enemigo y no hay
manera de vencerlo. Se acaba la vida y sus afanes, sus carreras, sus
estruendos. El sol llegará, no puedes evitarlo, y tal vez aun logre
sacar algún destello de este charco rojo que tus dedos no pueden
contener. Son dos tajos limpios, profundos… mueres, entiéndelo…
y estás solo, ahora si es verdad que estás solo. Eres un moribundo.
Carajo...
No
hay tal cosa,... un hombre “moribundo” … eso no existe, uno
está vivo hasta el momento en que muere; un hombre que se ahoga no
está muriendo, no es un moribundo, es solo un hombre vivo que se
aferra con desesperación a su último aliento y lucha por contener
un diafragma convulso que parece querer desprenderse en terroríficas
sacudidas que se extienden por el cuerpo, dislocando el último
atisbo de cordura, de conciencia, expandiendo inmisericorde la
certeza de la muerte inevitable… un hombre que cae al vacío, un
hombre que se desangra por dos tajos certeros, aun ahí, aun así,
aun en ese momento irrepetible de total espanto ante lo inminente uno
todavía está vivo, es tal vez el momento en que uno tiene mayor
conciencia de la vida y su fragilidad, de su breve y azarosa
temporalidad, de su impertinente banalidad.
Caminabas
con prisa entre los caobos, de vez en cuando sonaba un seco chasquido
en las alturas y decenas de semillas bajaban girando a tu alrededor
como pequeñas galaxias gravitando en tu perfumada estela. No
volteaste ni una sola vez, no cambiaste tu paso ni un instante, nada
detuvo, ni demoró ni desvió tu decidido avance hacia tu hipotético
futuro. Avanzabas como si la estúpida sombrillita blanca te
impulsara al girar sobre tu hombro con estudiada y malintencionada
coquetería.
Podía
verte cada vez mas harta y exasperada por la larga discusión, hasta
que aquello que tenías atravesado en la garganta irrumpió feroz y
descarnado -No tienes donde caerte muerto- dijiste con evidente
desdén justo antes de darte la vuelta y echar a andar, lo escupiste
entre dientes, como quien dicta una sentencia incontrovertible e
inapelable, pero por todos esperada, como quien destaca una realidad
palmaria por lo evidente que surge a la luz del mundo reafirmada por
unos ojos opacos y huidizos, tan lejanos de aquellos luminosos
luceros que iluminaban mi mundo unos meses atrás; tan lejanos como
está este humedal de aquel parque del mal recuerdo; lejanos como tu
corazón lo estuvo del mío desde el momento en que empeñé todo lo
que poseía en esta aventura que me cuesta la vida.
Mírame
ahora mi niña bonita, aquí he caído… que gran tontería...
¿quién lo diría?. Ahora se me hace obvio que todos tenemos donde
caernos muertos y puestos a ello, ¿qué diferencia puede haber?,
basta con caer y morir; cualquier lugar sirve para el caso y una vez
muerto ¿a quién puede importarle el sitio? ya el problema, si
acaso, es de otro aunque al final ese “otro” resulte ser una
parvada de gaviotas en una costa rota, árida e ingrata como esta.
Maldita
sea esta “patria” y sus falsedades, maldita la vanidad y la
fantasía, maldito el sueño romántico que nos venden de niños y
maldita la voracidad con que nos atracamos con él como si fuese una
montaña de pudin, malditas las prisas por crecer tan grandes y
fuertes como imaginamos que otros nos imaginarán cuando sepan de nuestra existencia, la prisa por ceñirnos cada
día la espada de nuestras opiniones sobre libertad, razón y
justicia por la “patria” creyendo como imbéciles en sus luces
fatuas y en sus sonoros cornos.
Es una gran diferencia cuando esas
luces son disparos a tus espaldas en una interminable noche de
espanto, piedras y barrancos; cuando esos cornos idealizados se tornan en los clarines del
enemigo que te pisa los talones en tu vergonzosa y desesperada huida.
Que pequeños nos volvemos cuando el acero corta la carne y marca un
rubicón en nuestro cuero; cuando el estruendo del fin del mundo te
abandona entre la niebla y se vuelve tan lejano que bien podrían ser las olas
desmenuzando pacientemente las rocas de la costa un grano a la vez;
cuando el viento amenaza con hacerte desaparecer de todas las
memorias y la arena fría te arropa como una premonición cumplida.
Casi aciertas mi niña, aunque el verdadero problema no era dónde
podría caer sino que inevitablemente caería.
Las
tristes nubes alargadas se pintan de rosado y naranja… amanece y no
acierto a recordar en qué momento dejé caer la luna.
Tarda
mas la muerte que los cangrejos en encontrarme… no tengo suerte, no tengo remedio.
domingo, 12 de junio de 2016
La rabia.
Hoy me habita la rabia y yo la habito a ella.
Hoy ya no soy y es definitivo, hace tiempo que dejé de ser; con lentitud, inadvertidamente, mi yo descascarillado, oxidado y salitroso se descompuso de manera irremediable y se mezcló con la hiel, con la bilis, con el fétido fango que cubre hoy mi universo.
Ya no me conozco y ya no me importa; cuando estoy desprevenido me agreden memorias que me resultan ajenas, inventadas, manifestaciones de un subconsciente imposible. Recuerdos acusadores, burlones, insidiosos y vergonzosos...ridículos en su levedad, en su banalidad.
Hoy soy la rabia carajo atrapada en el pantano interior de un sujeto universal que, maldita sea la hora, se descompone en lentos siglos, en los pozos negros donde no se atreven las alimañas, los sentimientos, las emociones, solo el nuevo-viejo yo dando vueltas y vueltas en la oscuridad y el silencio buscando esa línea de negros fundidos que haga la semblanza de un horizonte.
La rabia de no poder gritar, la rabia de no poder golpear, la rabia de no poder soñar.
La rabia del final, del poco tiempo, del cansancio. La rabia del cómo carajo se empieza de nuevo.
La..."cállate la boca", la ... "aguanta y sigue", la ... "vuelve a levantarte", la ... "paciencia hijo, paciencia".
¡La rabia carajo! llenando todos los espacios; tiñendo el pensamiento de sombras y dolores. Convertido en el grito roto e incontrolado del testigo inútil, del trabajo inútil, de la esperanza inútil.
La rabia de la hecatombe y el holocausto, la de la llave perdida, la del no va mas cabrones hasta aquí nos trajo el puto rio.
Quiera esta tierra que me vaya y nunca regrese a ella porque si lo hago ya no habrá dique que me contenga... a mi... a la rabia.
Hoy ya no soy y es definitivo, hace tiempo que dejé de ser; con lentitud, inadvertidamente, mi yo descascarillado, oxidado y salitroso se descompuso de manera irremediable y se mezcló con la hiel, con la bilis, con el fétido fango que cubre hoy mi universo.
Ya no me conozco y ya no me importa; cuando estoy desprevenido me agreden memorias que me resultan ajenas, inventadas, manifestaciones de un subconsciente imposible. Recuerdos acusadores, burlones, insidiosos y vergonzosos...ridículos en su levedad, en su banalidad.
Hoy soy la rabia carajo atrapada en el pantano interior de un sujeto universal que, maldita sea la hora, se descompone en lentos siglos, en los pozos negros donde no se atreven las alimañas, los sentimientos, las emociones, solo el nuevo-viejo yo dando vueltas y vueltas en la oscuridad y el silencio buscando esa línea de negros fundidos que haga la semblanza de un horizonte.
La rabia de no poder gritar, la rabia de no poder golpear, la rabia de no poder soñar.
La rabia del final, del poco tiempo, del cansancio. La rabia del cómo carajo se empieza de nuevo.
La..."cállate la boca", la ... "aguanta y sigue", la ... "vuelve a levantarte", la ... "paciencia hijo, paciencia".
¡La rabia carajo! llenando todos los espacios; tiñendo el pensamiento de sombras y dolores. Convertido en el grito roto e incontrolado del testigo inútil, del trabajo inútil, de la esperanza inútil.
La rabia de la hecatombe y el holocausto, la de la llave perdida, la del no va mas cabrones hasta aquí nos trajo el puto rio.
Quiera esta tierra que me vaya y nunca regrese a ella porque si lo hago ya no habrá dique que me contenga... a mi... a la rabia.
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