domingo, 7 de diciembre de 2014

Es solo cuestión de...

El tren sale del túnel con esa velocidad confiada del firme riel y la máquina afinada. Atrás queda la noche y sus incendios, las estudiadas luces del pasado; allá atrás, al otro lado de la montaña, otro país, otras historias que abandono, esperan la luz del día que ya despunta de este lado. Mucha tierra que escalar, muchas nubes que vencer tiene este sol joven y perezoso.

La ventana abierta, el cigarrillo, la botella vacía y despechada en el olvido de la redecilla sobre la cama de este minúsculo reducto de privacidad que decidí regalarme y el ruido ensordecedor del hierro que hace temblar el aire que entra a raudales dándole sentido a ese olor acre del humo que se niega a soltarse de todo asiéndose con desesperación a la nada por temor a perderse. No molesto a nadie.

Cabeceo involuntario y adormecedor, es mucho el cansancio y el movimiento del tren no ayuda. Hay tanto espacio en mis ojos que aun quiero llenar que me resisto a cerrarlos. No puedo.

El dorado inunda este amplio valle en fuga, la vista se pierde en un interminable mar de girasoles que se yerguen a la primera caricia del sol y estiran sus pétalos y sus coronas en esa pugna sin alborotos que es la llegada del día. Casi puedo verla sonreir como esas mañanas cuando el sol se cuela por las cortinas y se apresura por la sábana a tocar sus labios. Ella es un girasol, la radiante alegría del nuevo día.

Este cielo de la Toscana que me recibe me lleva una y otra vez a ella. Ella estaba aquí, de este lado y yo no lo sabía. Saboreaba la cadencia armoniosa de la voz antigua que quedó atrapada en esta lengua alegre y abría los brazos a la pasión y la vida que vuelan por las calles nuevas de la ciudad más vieja.

Doraba sus mejillas en el sol de aquellos cafés de recuerdos y añoranzas; toda una aventura la vida para ese corazón enorme y rebelde. Y yo aun no lo sabía, nada sabía de ella.

Que juegos retorcidos de la vida, si nos hubiésemos cruzado en alguna de esas calles entonces, en el rumor de las fuentes o en el desbarajuste de alas y plumas de aquellas plazas ... tal vez habríamos reconocido a nuestras almas pero habríamos seguido nuestro camino, habríamos terminado nuestro café, habríamos gastado un poco más aquellos adoquines y por unos minutos habríamos llevado con nosotros ese pequeño sobresalto del corazón pero no a la persona que lo produjo. Laberíntica sabiduría de la vida; no habría sido el momento, se habría perdido todo.

Viajo ligero de equipaje, aun a mis años un pequeño morral al hombro para dejar libres las manos y poder tocarlo todo, para sin soltar nada poder abrazarla a mi llegada. Ella es mi hogar, la irremediable emoción del retorno.

No quiero soltar nada. De la vida he ido llenando ese morral con todo lo que necesito y si algo suelto será solo el miedo y la vergüenza, las tristezas y los desencuentros pero no sus duras lecciones. Lo único que dejo atrás es esa imagen que me esperaba en los espejos que dejé de mirar; ese otro que me reclamaba con dureza el pertinaz olvido de la esperanza en algún recodo del oscuro camino de la rendición que pensé algún día era mi camino. Ya no lo rechazo, ya no lo necesito ahí con su reclamo, no lo reconozco, ya no temo a sus apremios. Ahora, senza fretta, viajo otros caminos .

Memorias y sueños, que fácil es definir la vida en dos palabras. Las definiciones incompletas pueblan nuestra existencia, llamamos amor a aquello que solo es una de sus facetas, a aquello que es solo una tímida idea del absoluto... non dimenticare... niente... memorias y sueños son nuestra personal colección, son los pasos marcados en este baile que piano, piano  nos ha ido trayendo hasta aquí, que nos han hecho, desbastado y pulido para ser quienes debemos ser, para cruzarnos y no dejarnos de lado, que los adoquines aguantan el desgaste de dos mejor que el de quien camina solo ... non dimenticare cara mia... niente.

Oriente generoso de luz en mi veloz ventana, besos de Matrioska que se multiplican infinitos al cerrar mis ojos agotado por su ausencia. La ensoñación cambia el campo a un océano de balsámica lavanda. Es solo cuestión de dejarse ir y rendir la sien en su cuello, los labios en su hombro y ser, tiernamente, en un abrazo el centro del universo.

El último destello de conciencia en mi retorno a la vida: estoy con ella, sigo sobre esta tierra... todo está bien.

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