domingo, 30 de noviembre de 2014

Para nuestros ojos




No me canso de verte.

En algún momento tus ojos se cruzarán con los míos en el espejo y te reirás, se que lo harás, siempre, cada día, cada noche sucede y aún así nada cambia en tus movimientos, el proceso sigue su curso, pausado y delicado, meticuloso... pero ya la magia es diferente, a partir de este punto lo haces para mí y no podría adorarte más por eso, por esa concesión complaciente que le haces a mis ojos. Te gusta que te mire en silencio y en la distancia, lo sé, y eso lo encuentro un poco perverso y me encanta.

Así ha sido siempre, desde aquel día que perdí el aliento y me quedé como de piedra cuando pasaste a mi lado en la calle. 

Estos pequeños y silenciosos momentos íntimos en que eres ajena a tí misma y a todo lo que te rodea; la mecánica pausada del movimiento inconsciente, el leve crujido del lino y los encajes y tu mirada perdida que delatan los viajes que emprende tu mente y que nunca has contado a nadie, ni siquiera a mí, el paciente cartógrafo de tu piel. 

Aquel hombre no sabía cuán afortunado era, caminaba distraído, con fastidio evidente y contigo del brazo como quien lleva un paquete y tú mirabas a todos lados tratando de seguirle el paso pero sin perder detalle de lo que te rodeaba, como quien busca algo que está bien oculto. 

Cuando nuestras miradas se cruzaron algo se rasgó en el universo y creo que tu lo escuchaste igual que yo, tus ojos se abrieron con sorpresa y tu expresión relajada trocó por una de intensa curiosidad. Nuestros ojos se sujetaron mutuamente y no se soltaron hasta que ya no podías girar más el cuello al alejarte calle abajo.

Tardé en reaccionar y tuve que correr un poco para alcanzarlos, decidido a seguirte a donde quiera que fueras, guiándome en la multitud que atestaba la acera por tu sombrero y tu cabello negro azabache.

Ese cabello que solo sueltas en la noche, ¿cuántas veces lo cepillas? sí, sí hasta que quede suelto y brillante pero ¿cuántas veces?, te encoges de hombros y te dedicas con parsimonia a cepillarlo, es el último paso antes de escurrirte graciosamente entre las sábanas. Tantas veces te he pedido que me permitas cepillarlo y nunca me has dejado, frunces los labios en un morrito y niegas con la cabeza arqueando las cejas. 

No te importa que poco después de tanto trabajo y atención esté revuelto, pegado a tus sienes, a tus labios, a tu espalda, te da igual que haya sido una parte, un juguete, un juguete en alguna de esas fantasías con las que podríamos llenar volúmenes de abigarrada antología, mañana será otro día y el cepillo está ahí… te da igual con una de esas sonrisas que llenan de pecado mi mundo y que hacen que esté bien que así sea. 

Cuando se sentaron en aquel café y él sacó uno de esos gruesos cigarros que tanto le gustan, cuando tiró de su leontina y ya el camarero diligente le acercaba la llama sin perder detalle de lo que tú le pedías, cuando miró distraído la hora y con gesto displicente despachaba al intruso, cuando él jugaba a aborrecer al mundo yo anidaba plácido en el fondo luminoso de tus ojos que no dejaban de mirarme. Llegó el café y las pastas, llegó el cenicero y la copa de cognac, llegó la hora de volver al mundo de los vivos y decidir de qué manera podría acercarme a tí; tu ya realizabas tu primer performance para mí, los movimientos gráciles y medidos al tomar la taza, al morder una galleta, al masticar cruzando las piernas y echando atrás los hombros con evidente deleite. 

Tal vez eso signó lo que serían los tiempos que ya se anunciaban, tú ejecutando tu delicado ballet a los pies de la cama mientras soy testigo privilegiado de tu belleza, del orden meticuloso de tu vida íntima donde todo tiene su sitio y su momento, incluso yo. 

Seguirlos a casa fue un corto paseo, encontrar la manera de abordarte en los días que siguieron fue otra historia, una historia y un tiempo que supiste llenar, con malicia de niña consentida, de brevísimas oportunidades que siempre me pillaban desprevenido. Aquel hombre te dejaba sola por horas y horas, a veces por días y me invitaste de mil maneras diferentes y yo no lo entendía; me limitaba al placer de mirarte, de escudriñar las muchas ventanas buscando aquella en la que aparecieras. 

Y me mirabas mirándote y te reías como te ries ahora que nuestros ojos se encontraron en el espejo. 

Ha pasado mucho tiempo; ya he descubierto todos tus lunares y tú llevas la contabilidad de los míos muy adelantada, sabemos mucho de lo que hay que saber y hemos probado más de lo que suponíamos había por probar. Todas estas noches se deslizan fuera del tiempo y las caricias se hacen indistinguibles, improbables; nuestros cuerpos se nos hacen ajenos, no son ellos la sustancia de nuestro mundo, éste habita y se nutre en nuestros ojos, en las preciosas imágenes que registran acuciosos. 

Ya la magia es diferente, el espejo me ha delatado. Con el misterioso contenido de todos esos frascos y pomos perfumas tu piel despacio, con largas y lentas caricias; le concedes ese valioso regalo a mis ojos que no se despegan de tí. 

Y es que no me canso de verte y a tí mi pequeña niña consentida y perversa te gusta que te vean. 

Por la ventana abierta la brisa de verano que mueve las delicadas cortinas se lleva el olor y el humo del grueso cigarro. Si hubiese sabido que a él también le gustaba mirar, si me lo hubieses dicho aquel primer día, todo habría sido menos, mucho menos complicado.




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